
X
Arturo
Cuando llegó la siguiente llamada de Leire, sintió que había estado días esperándola.
-Creo que esta historia empieza a cobrar sentido para mí- dijo Arturo- Pero aún faltan huecos que usted puede rellenar.
Dudó antes de continuar, pero decidió lanzarse.
-Ha llegado el momento de que nos veamos.
Silencio al otro lado. Aquellos segundos, lo supo, eran cruciales para el caso.
-A las diez en el corte inglés de nuevos ministerios. Estaré en la zona de moda masculina, con una sudadera roja. Venga solo, o me iré.
Sin más, colgó. Arturo se quedó pensativo en su despacho. Reunió toda la información que tenía sobre el caso, y apuntó la hora y el lugar de la cita.
Había llegado el momento de hablar con su jefe.
-¿Te fías de ella? – preguntó este cuando se reunieron en su despacho, y Arturo acabó su relato. Fuera, había caído la noche. La comisaría estaba semi vacía.
Faltaban dos horas para la cita.
-Hasta ahora, toda la información que ha aportado es buena.
-Comprendo. ¿Lo has hablado con alguien más?
-No.
Ricardo, el jefe, se sumió en un silencio elocuente, dando a entender que era justo la respuesta que esperaba.
-Está bien, sigue esta pista. Parece que vas por buen camino.
Arturo asintió, dando por cerrada la conversación. Sin embargo, antes de que pudiera levantarse, el otro sacó una carpeta de un cajón y la dejó sobre la mesa.
-Me gustaría que echaras un vistazo a esto antes de irte.
– ¿Qué es?
-Un dilema que tengo. Quizá me puedas ayudar.
Intrigado, Arturo abrió la carpeta. Se quedó de piedra al ver que era la ficha del delincuente que mató en el aparcamiento.
Trató de descifrar la expresión de Ricardo, pero no lo logró. Siguió leyendo.
El informe hacía referencia a la bala usada en el crimen, y al informe de balística sobre esta. Había sido identificada como procedente de un arma registrada.
La suya.
Sin más, cerró la carpeta y la dejó sobre la mesa con expresión ambigua.
– ¿Quién más lo sabe?
-Nosotros. Aparte de los de balística, claro.
– ¿Por qué no estoy detenido?
-Como te dije, tengo un dilema. No sé lo que debe pasar ahora.
Arturo le miró, extrañado. Lentamente, Ricardo comenzó a retirarse un trozo de piel de la mano derecha que resultó ser maquillaje.
Bajo este, llevaba tatuada una telaraña.
El silencio cayó, pesado, sobre el despacho. Los dos hombres se miraron como oponentes en una partida de ajedrez.
Sin romper el contacto visual con el otro, el policía pensó en el arma que había dejado en un cajón del despacho.
Maldijo sin palabras su propia estupidez.
-Bueno- comentó Ricardo- supongo que esto nos da otra perspectiva.
– ¿Por qué no me has matado? Has podido hacerlo.
-Lo pensé. Pero me temo que no me es posible. De ahí este callejón sin salida.
Ricardo sonrió. Se había hecho policía a la vez que asesino a sueldo. Le resultaba inconcebible llevar a cabo una carrera criminal de éxito sin acceso al cuerpo y su información.
Se había aplicado duro, como hacía con las materias en el colegio, o con Blanca cuando decidió convertirla en su novia, para escalar puestos y llegar a jefe.
Lo había conseguido, pese a su juventud.
-La verdad- añadió- es que pedí este destino por ti.
Arturo le mantuvo la mirada, sopesando sus opciones.
-Dime, ¿a qué debo el honor?
-Me interesaba tenerte cerca, estudiarte. Saber cómo piensa otro asesino. Por eso te di el caso.
-Siento discrepar.
-Yo también lo siento. Te seguí en tu última salida, ¿no te diste cuenta? Debiste sentirla también. La adrenalina antes de matar.
Arturo no llegó a responder. El otro sacó un arma del cajón, pero, en vez de apuntarle con ella, se quedó mirando el cañón como si la negrura de este contuviera algún secreto que solo él podía descifrar, y la dejó sobre la mesa, entre ambos.
-Hay policías abajo- se atrevió finalmente Arturo- Podría denunciarte.
-Y yo dispararte.
-Eso no me impediría exponerte.
-No es el modelo de mi pistola el que está en un informe de balística. Quizás no sea tu versión la que crean.
-Me arriesgaré.
Ricardo soltó una carcajada.
-Te lo crees, ¿verdad? En tu mente, todo debe tener un sentido. Un tipo de justicia. Te asusta pensar en todas las cosas que podrían escapar a tu control.
Mientras hablaba, se puso de pie y cogió la pistola. No le apuntó con ella, pero la mantuvo en la mano para recordarle su presencia.
-La verdad es que no hay justicia. La gente no lo reconoce porque teme admitir la importancia del azar.
– ¿Por qué no me disparas, y te ahorras el discurso?
Ricardo hizo una pausa. Parecía haber llegado al momento clave de la charla.
-Porque tengo un motivo. Nunca mato a gente si tengo motivos.
Volvió a hacer una pausa, disfrutando del desconcierto del policía.
-No tenía nada contra esas mujeres. Ni contra nadie a quien he matado. Los motivos los tienen otros, yo solo ejecuto. Soy un agente del azar.
-Eres un psicópata.
-Como tú. Pero tú llevas una placa.
-Y, ¿qué motivo podrías tener para matarme? Ni siquiera sospechaba quién eras.
-Aquí es donde entra en juego tu pistola. La que sale en ese informe.
Golpeó la carpeta con la punta del arma.
-No es la primera vez que se dispara cuando no debe, ¿verdad?
Al principio, Arturo no supo a qué se refería. Hasta que un recuerdo largo tiempo olvidado cruzó su mente.
Era nochebuena. Él y Alba, su mujer, discutían.
Sus peleas aún no eran tan frecuentes como antes de que la asesinaran, pero aquella fue una de las fuertes. Un presagio de lo que vendría después.
Estaba limpiando su arma frente a la ventana. Nunca se le había disparado.
Hasta esa noche.
La bala atravesó limpiamente el cristal, dejando entrar el frío de diciembre y el tráfico de la Gran Vía.
En el apartamento de enfrente, Lucía moría.
Arturo miró a la araña con una nueva perspectiva. Sabía que había matado a su mujer. Recordaba haber visto en el informe que tenía un hijo, y que este se fue a vivir con sus tíos.
Como era uno de los agentes con más proyección y estaba bien relacionado, todo se tapó.
Le dijeron que olvidara, y olvidó.
-Aquello fue un accidente- contraatacó Arturo cuando acabó de procesarlo- Pero entiendo que me odies. Así que dispara. Me queda poco, y lo que me queda es dolor.
-Ya te he dicho que nunca mato si tengo un motivo.
– ¿Entonces?
-Estamos igual. Yo he matado, y tú también. Por eso dije que no sabía lo que debía pasar ahora.
Para sorpresa de Arturo, el asesino desplazó el cañón de su pistola hacia su sien.
-Hay tres balas en el tambor- dijo- Y tres espacios huecos. Con lo que he hecho, si hubiese justicia, debería volarme los sesos aquí mismo.
Apretó el gatillo, sobresaltando a Arturo. Sonó un chasquido, pero no salió ninguna bala.
Ricardo estalló en una carcajada.
-¿Sigue creyendo en la justicia, agente?
-Estás enfermo.
Volvió a apuntarle con el cañón del arma.
-Ahora veremos tu suerte. Según la justicia tradicional, tú también merecerías morir. Pero antes.
Se sentó en la silla, quedando de nuevo frente a Arturo como al inicio de la conversación. Estaba excitado, y la mano le temblaba. Parecía un niño representando una obra de teatro, y pasándoselo en grande.
-Tengo una última cosa que confesar.
-Dispara de una vez. Me aburres.
-Si lo hago, puede que no tenga ocasión de ver tu reacción. Créeme que te interesa.
Arturo no respondió. Ambos sabían que no podía moverse mientras él tuviera el arma.
-Hace unos años me llegó un encargo de una red de policías corruptos que fraccionaron el pago. Me dijeron que alguien del cuerpo se estaba acercando mucho a ellos. Alguien incorruptible, decían.
La excitación empezaba a hacerle sudar. Se desabrochó el botón superior de la camisa.
-Solo cabía darle un susto. A través de su mujer.
Lo que siguió fue un silencio cargado de electricidad.
Arturo volvió a ver, nítida, la imagen del hotel. Las paredes, muebles y sábanas manchadas de sangre. Su mujer sobre la cama, limpia.
Sus dedos aferraron el borde de la mesa, apretando hasta quedar lívidos.
-Hijo de puta. Ella no te hizo nada.
-Por eso era perfecto. ¿Lo comprendes ya? Tú me hiciste, yo te hice. El azar.
-Reza porque salga una bala de ahí, maldito enfermo. Porque como me dejes vivo, te juro que no lo cuentas.
La pistola temblaba en la mano del asesino a causa de la excitación. Había llegado el momento de la verdad.
Apretó el gatillo. Nada pasó.
Se echó a reír.
-Vaya. Vive para ver una noche más, agente.
Arturo trató de abalanzarse sobre la araña, pero este le asestó un golpe seco en la cabeza con la culata del arma.
Perdió el conocimiento.
XI
Lorena
Madrid, cinco meses antes
La música de la radio escapaba por las ventanas de un apartamento en la calle Eduardo Benot, cerca de Príncipe Pío.
Era un día soleado.
Una enfermera llamada Lorena, de 28 años, auscultaba el pecho de un hombre en silla de ruedas, Pablo.
El mismo hombre que, meses después, amenazaría veladamente a Valeria Gascón.
No detectó ninguna anomalía. Aquellas breves visitas antes de ir al hospital se habían convertido en una tónica habitual desde el accidente que lo dejó paralítico.
Pablo no era mal enfermo. Se dejaba atender. No obstante, Lorena lo había conocido antes de estar en silla de ruedas, y sabía de su orgullo. No debía ser fácil para él, intuía, la idea de depender de otros.
Especialmente de ella.
Lorena, que tenía el pelo negro recogido en un moño y la piel aceitunada, vestía un uniforme verde de enfermera con el que iría después al trabajo. Aún no entendía bien por qué le visitaba, ni por qué él se dejaba visitar.
Su historia, iniciada tres meses antes, había sido muy tensa. Comenzaba con una mujer llamada Leire.
En esa época, Lorena y otras cinco chicas formaban un grupo sindicalista, «las seis de la rosa´´. Tenían sus oficinas cerca del metro de Colombia.
Leire llegó puntual a la cita que habían concertado por la mañana. Lorena, líder del grupo, la recibió en su pequeño despacho, lleno de plantas y carteles que hacían referencia a la lucha sindical.
Parecía fuerte y decidida, pero saltaba a la vista que algo le preocupaba.
-Tú dirás- comenzó Lorena, rompiendo el hielo.
-Estoy embarazada. Lo he sabido hace un mes.
-Vaya, enhorabuena.
-También me han despedido. Hace menos de un mes.
Sin retirarle la mirada, Lorena se encendió un cigarrillo. Dejó salir el humo mientras se recostaba en el asiento. Hizo un gesto para saber si a Leire le molestaba, pero ella negó con la cabeza.
-Entiendo. ¿Dónde trabajaba?
-De camarera en «el pez de piedra´´. Es un restaurante que está por Embajadores.
-Y, ¿te dieron alguna explicación?
-Reducción de plantilla. Han echado hace poco a otras dos.
-Pero tú no te lo crees, ¿verdad? Si no, no estarías aquí.
Leire asintió sin pronunciar palabra.
– ¿Te has podido buscar algún abogado?
-El novio de una amiga me ha gestionado algunas cosas. Pero no sé si quiero ir a juicio.
– ¿Lo has pensado bien?
-Sí.
– ¿Te dieron alguna explicación sobre la reducción de plantilla?
-Dijo que los ingresos habían descendido. El novio de mi amiga comprobó los gráficos, y bueno, coincidían con su relato.
Lorena golpeó el cigarro contra un cenicero, para dejar caer la ceniza.
-También dijo que podían estar inflados, pero que no sería fácil de demostrar si íbamos a juicio y la otra parte podría agarrarse a un vacío legal.
-Comprendo.
-No quiero sonar desesperada, pero vivo sola y no tengo parientes cerca. Necesito trabajar.
– ¿Has decidido tener el niño?
-Sí.
La voz le salió firme, segura.
-Bueno, Leire- respondió Lorena. Le gustaba que las visitas supieran que recordaba sus nombres, para sonarles más cercana- No te voy a engañar. Tu situación no es fácil.
-Lo sé. Gracias.
-Si has venido supongo que sabes quiénes somos y lo que hacemos, ¿verdad?
-Así es.
-Quiero que entiendas algo. No te podemos garantizar que esto acabe bien, pero sí que no estarás sola mientras dure.
-Gracias.
Lorena se puso de pie, sentándose en el borde de la mesa. Miró a Leire mientras dejaba salir una bocanada de humo.
Alargó la mano hacia ella, y la otra la recogió.
Todo se puso en marcha a partir de ahí. Leire, a petición de Lorena, le llevó la documentación de la que ella disponía, incluidos la carta de despido y el gráfico de ventas que vio su abogado. Cuando lo hubieron comprobado todo para evitar fraudes, supieron que podían actuar.
Pablo, jefe de Leire, no iba aún en silla de ruedas, pero tenía su orgullo intacto. Se negó a recibirlas cuando intentaron concertar una reunión.
Las seis de la rosa comenzaron a aparecer frente al restaurante un jueves a las once, la hora de la apertura.
No hablaban, ni gritaban. Tampoco insultaban, ni gritaban consignas.
Solo estaban allí con sus rosas blancas. A veces, le regalaban alguna a los clientes que llegaban, y a un drogadicto que iba por allí.
Al verlas, Pablo pensó que solo eran unas niñatas con una rabieta, y decidió ignorarlas. Ya se cansarían, se dijo.
Pero no lo hicieron.
Cada día, al ir a abrir, se las encontraba allí. Constantes. Sonrientes. Le ofrecieron una rosa, pero no la aceptó.
Los días se convirtieron en semanas. Las semanas fueron dando paso al mes.
Sucedió lo que Pablo no creía: comenzó a perder clientes. Algunos, simplemente, se incomodaron por la presencia de las mujeres. Otros, hicieron caso a los rumores que empezaban a propagarse, apuntando mucho más que a un posible despido por embarazo.
Llegó a decirse, aunque no se confirmó, que el dueño se propasaba con las camareras.
Cuando las pérdidas fueron a más, decidió tomarse el problema en serio. Llamó a la policía.
Para su asombro, se limitaron a ir, tomar declaración a las sindicalistas e identificar a una de ellas, Beatriz, que tenía antecedentes por partir una ceja a un policía en una manifestación años antes.
Nada más.
-Por favor, comprenda que, si no ha habido violencia ni amenazas, no podemos intervenir- intentó explicar a Pablo uno de los agentes.
-Cojonudo. ¿Me quiere explicar para qué pago impuestos?
-Por favor, cálmese.
-No, agente, no me calmo, esto es una puta vergüenza. ¿Quién me va a devolver lo que he perdido?
De nada le sirvió alterarse. Los policías insistieron en lo que ya habían dicho, y se marcharon.
Al ver que las medidas de presión empezaban a dar resultado, las sindicalistas se pusieron en contacto con Leire y volvieron a ofrecerle una reunión al dueño, pero nuevamente se negó.
Decidió explorar vías legales. Tampoco tuvo éxito.
-Entonces- dijo, alterado, a su abogado durante una llamada telefónica- ¿Alguien puede simplemente plantarse delante de tu negocio, y arruinarte? ¿Así quieren que la gente sea emprendedora?
-Se llama derecho de reunión- trató de explicar el abogado al otro lado de la línea- Lo recoge la constitución. Artículo 21. Lo siento.
Colgó.
Lejos de rendirse, Pablo puso una denuncia, pero las sindicalistas sabían que no prosperaría. Otros ya lo habían intentado. Su forma de protestar, pacífica y sin coacciones, las blindaba legalmente y ataba a la otra parte de pies y manos.
Si intentaba cualquier cosa, podrían denunciarlo con la excusa de que vulneraba su derecho a la reunión.
El resto de la historia tuvieron que reconstruirlo de oídas, y con recortes de periódico. Todo lo que supieron es que Pablo cogió su coche, posiblemente en un estado de nervios bastante acusado. Intentó coger la a-4, y chocó contra otro vehículo.
Su coche dio dos vueltas de campana, y quedó volcado. El suelo de la autopista se llenó de cristales alrededor, y uno de los neumáticos siguió girando.
Los médicos le salvaron la vida, pero no la movilidad en las piernas.
Desde ese día, quedó recluido en su piso de Eduardo Benot. Pasaba las tardes mirando por la ventana mientras rumiaba su amargura.
Como una araña en su madriguera.
El pez de piedra cerró poco después. Para terminar de completar la humillación de Pablo, le comunicaron que su denuncia había sido desestimada porque, al tratarse de un sindicato, no necesitaban comunicar previamente sus reuniones.
Cuando pensaba que ya no podía ocurrir nada más, Lorena comenzó a visitarle.
Las seis de la rosa se disolvieron tras aquel asunto. No todas estaban satisfechas por la resolución, aunque la mayoría tampoco se culpaba del accidente.
Leire consiguió otro trabajo meses después, en la cafetería donde conoció a Arturo. Tuvo a su hijo. Nunca supo si se sentía mal o no por Pablo.
Decidió que simplemente no sabía qué sentir.
El resto de las sindicalistas siguieron caminos diferentes. Beatriz se quedó en Madrid. Valeria se marchó a Burgos y trató de dejar atrás aquel asunto bajo el nombre ficticio de Azucena.
Las otras tres, llamadas Marina, Alicia y Azucena, tan solo siguieron con sus vidas.
Lorena volvió a su trabajo en el hospital. Siguió visitando a Pablo.
Se dio cuenta de lo paradójico de aquella situación: lo hacía a causa de una culpa que no se apoyaba en hechos objetivos, pero de la que tampoco conseguía librarse, y a la vez terminaba de humillarlo haciéndolo depender de alguien a quien odiaba.
Porque, y esto lo sabía bien, lo que había quedado grabado en la mente de aquel hombre era que siete mujeres le habían arruinado la vida. Además, una de ellas le cambiaba la bolsa del pis, lo llevaba al baño y le ayudaba a ponerse los pantalones.
Muchas veces, Lorena se preguntó si no había algo sádico mezclado con esa supuesta culpa que creía sentir.
Si en el fondo no lo estaba hundiendo más, y lo sabía.
El timbre sonó el mismo día en que le auscultó el pecho. Abrió la puerta, y acompañó al recién llegado al salón mientras ella preparaba las cosas para irse.
No pudo evitar lanzar miradas de curiosidad al recién llegado. Sobre todo, a un tatuaje muy curioso que llevaba en la mano.
Parecía una telaraña.
-Quiero que mate a alguien- soltó Pablo con su áspera voz- La víctima está detrás de usted.
Lorena sintió que el corazón se le paraba, pero no tuvo tiempo de reaccionar.
El hombre del tatuaje empezó a estrangularla con el estetoscopio que había usado para auscultar. Soló duró unos minutos. Pablo mantuvo fija en ella la mirada hasta que empezó a quedarse sin aire. Entonces, la bajó.
Lorena murió poco después.
-Abra el cajón de ese mueble- añadió Pablo. El otro le obedeció, encontrando dentro una fotografía recortada de un periódico donde aparecían las seis sindicalistas, y otra imagen de Leire sacada de la antigua ficha de personal.
Junto a todo esto había un sobre con dinero. Lo abrió y empezó a contar, quedando satisfecho.
Pablo desplazó la silla hasta la ventana desde la que observaba la calle, quedando de espaldas al asesino y al cadáver.
– ¿Podrá hacerlo?
-Claro. Pero siete objetivos y con una relación directa…habrá que controlar la información de la policía y de los medios, para que no salte la liebre antes de tiempo.
La araña dobló el sobre con el dinero, y se lo guardó en el bolsillo. Comenzaba a bajarle la adrenalina que siempre sentía al matar.
-Puedo encargarme de la policía. ¿Tiene contactos en los medios?
-Digamos que tengo conocidos, y me deben favores- respondió Pablo, sin girarse.
-Perfecto.
La araña golpeó con el pie el cuerpo de Lorena.
– ¿Y con ella qué hago?
-Sáquela de aquí.
-Un poco difícil sin que lo vean.
-Hágalo a trozos. Hay una sierra en el armario. Le traeré una sábana vieja. Tírela después.
El asesino le miró un momento, incrédulo. Después, soltó una carcajada.
Le gustaba su estilo.
-Cuando termine- añadió Pablo, desplazándose con la silla lejos de la ventana, en dirección a la puerta del salón- Le daré una dirección. Quiero que la lleve allí.
El ruido que hacía en el suelo la goma con la que estaban forradas las ruedas de la silla se detuvo. Pablo estaba parado justo ante la puerta.
-Una cosa más.
-Usted dirá.
-Quiero que la encuentren con una rosa blanca.
XII
Leire
El corte inglés de Nuevos Ministerios estaba decorado con adornos navideños pese a que faltaba un mes.
Sonaban villancicos por megafonía.
Leire acudió puntual a la sección de moda masculina. Llevaba en brazos a Andrés, y llevaba la sudadera roja que le había indicado a Arturo.
Se asomó por la barandilla de la tercera planta, donde estaba la sección. Una escalera descendía en espiral, y abajo, justo en el centro, había un grupo de regalos apilados, envueltos en papeles rojos y verdes.
Del techo colgaba una estrella amarilla a la que los fluorescentes del centro comercial arrancaban brillos.
El sitio estaba lleno a reventar.
Leire miró su reloj: pasaba un minuto de la hora de la cita. Andrés se agitó en sus brazos, y lo acunó para calmarlo.
Miraba a su alrededor, vigilante. Decidió conceder tres minutos más de cortesía, y, si no acudía, desaparecería.
Esa vez, además, para siempre.
Arturo
Hacía un frío cortante.
Aparcó justo frente a la entrada del centro comercial, en doble fila. Había tráfico, pero no le importaba que le pitasen.
Seguía doliéndole la cabeza. Cuando se reanimó en el despacho, ayudado por otro policía, le costaba fijar la vista en un objeto concreto.
Pero el tiempo corría. Había perdido veinte minutos, y salió sin dar más explicaciones. Ya habría tiempo, dijo al policía. O no.
Tal vez esa noche acabase todo. No le importaba.
Sintió su arma bajo el abrigo cuando descendió del coche. Notó el contraste entre el frío grisáceo de la calle, y el amarillo cálido y acondicionado del interior. Apenas se fijó en la gente que pasaba a su alrededor.
Consultó dónde estaba la sección de moda masculina, y cogió un ascensor. Sintió la adrenalina subir a medida que ascendía.
Tal vez fuera el final, se dijo, pero algo tenía claro.
Ricardo, donde quiera que estuviese, tampoco saldría de allí.
Leire
Estaba a punto de marcharse cuando un policía se identificó.
Moreno, delgado, aspecto anodino. Le observó tratando de descubrir si se correspondía con la imagen mental que se había hecho del hombre con el que habló. Al hacerlo, se fijó en el único detalle de él que llamaba la atención.
Un tatuaje en la mano con forma de telaraña.
-Me alegro de encontrarla aún aquí- dijo- Hay un coche abajo esperando. No se preocupe, esta cubierta.
Leire trató de aparentar normalidad. Aquella voz no era la que recordaba del teléfono.
– ¿Puedo ver su placa? – dijo, apretando más al niño contra su cuerpo.
– ¿Cómo?
-Su placa.
El otro lo pensó un momento. Finalmente, la sacó. Tan solo fue un momento, sin darle tiempo a fijarse en el nombre. Visto y no visto.
-Bueno, ya ve que soy policía.
Leire asintió.
Se dejó acompañar por él a las escaleras mientras tanteaba el cuchillo que llevaba bajo el pantalón.
La araña
Era el momento. Había conseguido que confiase en él.
Mientras caminaban, observó a los clientes y empleados. Estaban rodeados de gente, pero nadie los miraba. Atendían otros asuntos.
Dejó que Leire caminara un poco por delante suya, y sacó discretamente su arma, a la que había acoplado un silenciador.
Estaban en un punto ciego donde no había cámaras. Dos tiros serían suficientes, y después se acercaría fingiendo atenderla, armando el ruido suficiente para llamar la atención de los de alrededor.
Después, aprovechando la confusión, desaparecería. Visto y no visto.
-Agente- dijo de pronto Leire- ¿Recuerda la primera chica que le nombré?
Ricardo guardó silencio. Zorra, pensó. La había subestimado.
Lo siguiente que notó fue un dolor a la altura de la rodilla. Leire echó a correr con el niño en brazos.
Se miró la herida, donde tenía clavado un cuchillo.
Arturo
Las puertas del ascensor se abrieron.
Salió de allí con la mano bajo el abrigo, justo encima del arma. La escena que ocurrió a continuación pasó ante sus ojos como una imagen en cámara lenta.
Una mujer corría en dirección a las escaleras. Llevaba un niño. Se detuvo, mirándole, antes de alcanzarlas.
El también la miraba. Era la camarera de aquella noche. A la que regaló el viejo y el mar. Se reconocieron mutuamente mientras, a su espalda, una dependienta gritaba.
Lo hizo al ver como el hombre que cojeaba e iba dejando un reguero de gotas de sangre por el pasillo en dirección a ellos llevaba un cuchillo en la rodilla.
-Apártese- dijo Arturo, y sacó el arma.
Su mirada se cruzó con la del policía apenas segundos antes de que las balas empezaran a volar.
Andrés se echó a llorar.
Ricardo recibió dos balazos en el pecho, pero le metió tres tiros al policía en el pecho y estómago, aunque este tuvo tiempo de empatar disparándole una última vez, justo debajo de la garganta.
El cuerpo de Arturo se dobló, empujado por el peso de los disparos, y cayó por la barandilla. Su cuerpo descendió en caída libre los tres pisos, acompañado de un coro de gritos.
Se mató al estrellarse contra los regalos que decoraban la última planta.
La araña
El cuerpo del asesino también cayó hacia atrás, chocando contra un maniquí al que habían colocado un chándal para hacer senderismo.
Mientras caía, su dedo, por pura inercia, empujó el gatillo una última vez.
La bala salió, atravesando el cuello de Leire.
Andrés empezó a llorar con más fuerza. Un hombre lo cogió en brazos antes de que su madre se desplomara.
Mientras se desangraba en el suelo y moría, el asesino sonrió una última vez.
Era mejor así, se dijo. A él nunca se le habría ocurrido.
Andrés siguió llorando. A los pies del hombre que lo había recogido, su madre se ahogaba en su propia sangre, que formaba un pequeño charco en torno al agujero que le había hecho la bala.
El niño observaba, entre lágrimas.
Observaba.
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