
VII
Leire
Sentada junto a la ventana de una pequeña habitación de hotel, Leire daba el pecho a Andrés mientras vigilaba la carretera.
Era de noche. La habitación escogida estaba cerca de la entrada, lo que le permitía no perder de vista ni esta ni el coche de alquiler que había adquirido para poder desplazarse de forma más eficaz.
Pasaban la noche en un pequeño hotel de carretera, a las afueras de Madrid. Al día siguiente, cambiarían de lugar. Aquella era la clave que Leire había establecido para tratar de sobrevivir: no dejar de moverse.
Ser siempre un blanco en movimiento.
El niño acabó de comer. Leire se vistió y lo llevó a la cama que compartían. En el lado donde dormía Andrés había colocado la almohada de forma que bloqueara su movimiento si se giraba al dormir, e impidiera que cayese.
Después de comer solía dormirse rápidamente. Le observó sentada en el borde de la cama. Había apagado las luces de la habitación para que no resultara tan obvio que estaban allí ante cualquier potencial intruso.
Escuchó el sonido del tráfico de la carretera que pasaba junto al hotel, por la que circulaban principalmente camiones.
Pensó en el libro que le habían dejado, «el viejo y el mar´´, que se había quedado en su casa de Madrid cuando tuvo que salir de ella precipitadamente. Era gracioso que fuera un libro de Hemingway. Uno de sus personajes le había cambiado la vida.
«Fiesta´´ había sido una experiencia muy diferente al otro libro. Lo absorbió por completo, o, mejor dicho, el libro la absorbió a ella.
Brett, la coprotagonista, era uno de los mejores personajes femeninos que había leído. Independiente, libre. Era ella quien seducía y luego rechazaba a los hombres. Quiso ser ella, al principio porque pensaba que quería libertad.
Así fue desde su adolescencia hasta que empezó a vivir sola. Descubrió que la libertad tenía un precio.
Nunca llegó a tener verdaderos amigos. Ni conexiones reales. No las quería, o eso pensaba. Le bastaba con vivir el placer, sin implicarse.
Por eso, cuando se quedó embarazada, no intentó reclamar nada al posible padre. Ni siquiera sabía quién era de los muchos candidatos. Solo eran nombres apuntados en sus contactos del móvil. Nombres a los que podía acudir para el sexo, pero no para aquello.
Ella misma había desaparecido sin explicaciones de la vida de muchos. No era lo más correcto, pero sí lo más fácil.
Miró al niño, que se iba quedando dormido.
Le gustaría poder decir que tenerlo fue una experiencia reveladora. Una epifanía, como se decía en los libros. Que desde ese momento su vida dejó de ser suya para ser la de otro. Pero esa no era la verdad.
Si lo tuvo, se debió principalmente al egoísmo. Deseaba demostrar algo, empezando por ella misma.
Deseaba demostrar que podía hacerse cargo de algo por una vez.
El coche interrumpió sus pensamientos. Cuando lo vio, se preguntó cuánto tiempo llevaba allí. Tenía las luces encendidas y estaba aparcado justo frente a la ventana de la habitación. Las luces del exterior no alcanzaban a iluminar si había alguien dentro.
Se puso de pie. Sobre la cama, Andrés aún se movía.
Abrió el cajón de la mesita, y sacó un juego de llaves. Una de ellas era la del coche de alquiler. Cerró el puño en torno a ellas, colocando la punta de varias de forma que pudieran funcionar como arma improvisada.
Lanzó otra mirada al niño, y se colocó junto a la ventana.
Desde la oscuridad de la habitación, observó un rato más el coche, que tenía el motor en marcha. El silencio se fue cargando de tensión conforme pasaban los minutos.
Apareció un hombre. Abría una lata de cerveza. Leire recordó que había una máquina de bebidas junto a la entrada del hotel.
Se subió al coche, y arrancó. Lo observó un rato más, hasta que entró en la carretera y se perdió de vista.
Entonces, respiró.
Andrés ya se había dormido. Decidió acostarse a su lado y quedarse despierta un rato más. Dejó las llaves sobre la mesita.
Notó de pronto su cuerpo más húmedo. Al principio creyó que era debido a los nervios, pero se notó las manchas a la altura del pecho, que le había echado leche.
Sacó otra camiseta de la maleta, y se cambió.
El resto de la noche fue tranquilo. Andrés dormía con la cara vuelta hacia ella. Lo atrajo con suavidad hacía sí, y lo abrazó.
Sintió su corazón latiendo cerca del suyo, y su nariz respirándole sobre la piel.
Al día siguiente, hizo los preparativos para marcharse. Había consultado mapas de la zona, y ya tenía localizado un nuevo motel igual de discreto.
Cambió a Andrés, y bajaron a desayunar. El restaurante del hotel era pequeño, aunque acogedor. Solo había una camarera, y una familia de franceses.
Tras asegurarse de que nadie la veía, se guardó un cuchillo bajo la falda.
Hacía un sol engañoso que enmascaraba el frío. Con Andrés ya colocado en su asiento de bebé, Leire marcó un número en el móvil antes de arrancar el coche.
Mientras esperaba, observó al niño por el espejo retrovisor. Le había comprado un gorro en la tienda que le quedaba un poco grande, pero el color le favorecía y le quedaba entrañable.
Sonrió.
-Usted de nuevo- dijo Arturo al otro lado de la línea. Se le notaba más duro, cansado.
Leire decidió ir directa al grano, igual que la otra vez.
-Ya investigó a Valeria, ¿verdad?
-Sí. Muerta.
-Tengo algo más para usted.
Silencio al otro lado.
-¿Quién es el hombre de la silla de ruedas?
Por segunda vez, Leire sonrió. No era habitual desde que había empezado aquello.
-Ya veo que hace los deberes.
-Es mi trabajo.
-Investigue el pez de piedra.
Nuevo silencio.
– ¿Qué es?
-La clave de todo. Volveré a llamarle.
Colgó, y arrancó el motor.
Atravesó estrechas carreteras. Por la noche, había helado y el terreno estaba un poco resbaladizo, pero el coche tenía buenos neumáticos.
Consultó el GPS. De seguir avanzando a ese ritmo, llegarían al nuevo destino en menos de una hora.
Sin embargó, el motor murió en una carretera secundaria bajo un puente.
-Mierda- exclamó. Trató de arrancar varias veces el coche, sin éxito.
Bajó. Se habían parado justo debajo de un puente. Sobre este, cruzaban camiones. Podía oír el sonido del tráfico.
Abrió el capó. No tenía muchos conocimientos en mecánica, pero intentó hacer lo que pudo para arrancar.
No lo logró.
Miró a Andrés, que seguía dentro del coche, y luego a la carretera. Se dio cuenta de que no estaban solos.
Un camión se acercaba.
No te pares, pensó Leire mientras intentaba arrancar, una vez más sin éxito.
Recordó el cuchillo oculto bajo la falda.
No te pares.
Pero lo hizo.
-¿El coche no va? – preguntó el conductor, bajando la ventanilla. Era un hombre corpulento, con sobrepeso y poco pelo. Llevaba calada una gorra.
Leire trató de arrancarlo una vez más. Por un momento, el sonido del motor le hizo recobrar la esperanza. Pero volvió a apagarse.
Esa vez, supo que no había nada que hacer.
Mierda, pensó.
-A veces se calan- dijo el conductor- Si quiere, puedo llevarla.
Era justo lo último que esperaba decirle oír.
Sin embargo, no tenía más opciones. Estaba sola en una carretera secundaria, con un niño, una maleta y un coche inservible.
Allí, serían un blanco fácil.
-Si no me tengo que desviar mucho, no me importa- insistió el del camión.
Leire sopesó sus opciones en silencio. Miró a su hijo, y recordó que un blanco en movimiento era más difícil.
Aceptó. Le dio la dirección.
-Me llamo Iñaki- dijo el camionero cuando se pusieron en marcha.
-Teresa- contestó Leire, ocultando su identidad. Llevaba a Andrés en brazos, y la maleta entre las piernas.
-Y, ¿qué te trae por aquí, Teresa?
-Por favor, sin preguntas.
-Está bien, está bien.
Continuaron en silencio por una carretera donde apenas había coches. Los rodeaban kilómetros y kilómetros de campo abierto.
Al niño le dio un acceso de tos. Leire le palmeó la espalda, y acabó echando un poco del zumo que había desayunado.
-Tengo un trapo en la guantera- comentó Iñaki.
Mientras sujetaba bien a Andrés con un brazo, Leire la abrió. Se quedó helada.
Había una pistola dentro.
-No está cargada- se apresuró a aclarar Iñaki al ver como a su pasajera le cambiaba la expresión- La llevo por si tengo que darle un susto a alguno. No sabe la de veces que han intentado atracarme.
Leire no dijo nada. Cogió el arma y, con cuidado, le extrajo el cargador.
Estaba vacío.
-¿Lo ve?- dijo Iñaki, mientras ella volvía a respirar y guardaba el arma- No soy un psicópata, tranquila.
Leire no dijo nada. Cogió el trapo, y limpió al niño.
Cuarenta minutos después, vio un cartel que indicaba un desvío al hotel.
Pero el camión pasó de largo.
-¿Qué hace?- preguntó. Andrés gimió y empezó a moverse, inquieto, en sus brazos. Se contagiaba de la tensión creciente de su madre- Era esa salida.
Iñaki siguió conduciendo, sin decir nada. Observó su rostro, de perfil. Cuando se giró hacia ella, no logró interpretar su expresión.
-Acabo de acordarme. Un amigo tiene un taller por aquí cerca. Podrían mirar lo de su coche.
-No, gracias. Dé la vuelta.
No tuvo respuesta. Siguieron avanzando mientras la salida quedaba atrás. Andrés volvió a gemir.
-Por favor, pare. Dé la vuelta.
Sintió la fría hoja del cuchillo rozando contra su piel. Se llevó la mano a la falda, y agarró el mango con dedos blanquecinos.
Fríos como la cuchilla.
-MALDITA SEA, PARE- explotó.
Andrés se echó a llorar. Su llanto ahogó el sonido del freno. El camión se había detenido en medio de la carretera.
Iñaki la miraba, desconcertado.
Leire, olvidando el cuchillo, abrió la puerta y bajó sin mediar palabra, llevándose consigo la maleta.
Cuando el camión arrancó finalmente y comenzó a alejarse, pudo abandonar en parte su estado de alerta y recordó que el niño lloraba.
Dejó la maleta en el suelo. Permaneció un momento allí, en el arcén, con Andrés en brazos. Lo acunó hasta que se quedó tranquilo, y lo besó en la cabeza.
Volvió a coger la maleta, y caminó en dirección al desvío del hotel.
VIII
Arturo
Todo bajo el cielo.
Recordaba cuando oyó a su mujer, Alba, decir aquello. Habían ido a pasar un domingo a Méndez Álvaro, y se sentaron en un banco. Desde allí, se veía toda la zona y parte de la carretera.
Entonces, no le dio más importancia. Alba a veces decía cosas por decir.
Le sorprendía que fuera uno de los recuerdos más vívidos que tenía de los últimos años que pasaron juntos.
El otro era, como no podía ser de otra forma, la imagen de su cuerpo sobre una cama, en la habitación de hotel donde había decidido pasar la noche tras discutir con él. Sus peleas se habían vuelto muy frecuentes en los últimos años.
Aquella noche, la llamó y le dejó varios mensajes, esperando saber al menos dónde estaba. Recibió la llamada que se lo dijo, pero no de ella.
Lo que más le impresionó al llegar a la escena del crimen fue que la habitación, decorada con colores pastel, estaba manchada de sangre, así como las sábanas. Mientras, ella permanecía limpia. Ni una gota.
Recordaba también las baldosas de la habitación. Negras y blancas, parecían un tablero de ajedrez sobre el que yacía la reina caída.
Le hicieron pensar en el tablero que tenía justo delante.
Recuperado de su última hospitalización, había decidido pasar aquella mañana de domingo en el parque del oeste. Frente a él, sentado en el otro extremo del tablero donde jugaban al ajedrez, estaba un policía jubilado, Gonzalo.
Había sido lo más parecido que Arturo tuvo a un amigo cuando ambos estaban en el cuerpo. Conservaba su mente analítica y su peculiar tono de voz, a medio camino entre un sacerdote benevolente y un policía.
Sin embargo, otros detalles, como las arrugas en torno a los ojos y las gafas que usaba para la vista cansada, revelaban su edad.
-Te toca mover- dijo tras comerle uno de sus peones.
Arturo meditó en silencio la próxima jugada. Hacía un día soleado, pero el frío se filtraba entre las hojas amarillentas. Se habían sentado en un banco, y de vez en cuando se sorprendían viendo su propia respiración ascender en forma de vapor.
– ¿Cómo va el trabajo?
– ¿Es un intento de distraerme?
-Curiosidad. A veces me paso por allí. Supongo que la cabra tira al monte.
Arturo se decidió finalmente. Movió un caballo, y logró derribar otro peón.
-Inteligente- exclamó Gonzalo- Siempre me sorprendes.
Esa vez, fue él quien meditó la jugada. Sus dedos, alargados, se debatían entre dos piezas. Dos movimientos posibles.
-Difícil. Digo lo del trabajo.
– ¿Ahora intentas tú distraerme?
-Tómalo como quieras.
Gonzalo sonrió. Siguió observando el tablero mientras se acariciaba el mentón.
-Claro que es difícil. Siempre lo ha sido.
-Pero los años pesan.
-Tú siempre fuiste un cínico, Arturo. No le eches la culpa a la edad.
Se decidió finalmente. Movió otro peón, y derribó uno de los de su contrincante. Se acercaba al rey.
-¿Cómo es la jubilación?
Gonzalo meditó mientras Arturo estudiaba su próxima jugada.
-Es sentarte a comer, y recordar que no tienes prisa ni horarios. Tomártelo con calma.
-Suena bien.
-Da igual cómo suene. Supongo que, incluso sin la enfermedad, nunca te habrías jubilado del todo. No te veo poniendo esa cabecita a descansar.
Arturo se comió uno de los alfiles. La presión pasó al otro lado del tablero.
-Oye, el jefe ese que tenéis ahora- insistió Gonzalo- Menudo yogurín, ¿no? Cada vez los ponen más jóvenes.
-Los he tenido peores.
Gonzalo derribó uno de los caballos de su rival. El rey era el próximo objetivo.
-Ayer salió por televisión un conocido mío- empezó Arturo antes de mover- Lo detuve por maltrato a su mujer. Su abogado lo sacó apoyándose en un tecnicismo. Cuando lo volvieron a detener, ayer, estaba con ella. Le había pegado diecisiete puñaladas.
Gonzalo guardó silencio. Arturo hizo su siguiente movimiento, y se comió otro peón.
-Este trabajo es así, Arturo.
-Los buenos dicen eso.
-Incluso ellos abusan algunas veces. Por eso debe haber contrapesos.
-Dime una cosa. Si un policía le pegara un tiro a uno de esos hijos de puta, ¿cuántos estarían hablando de derechos y cuántos se lo agradecerían?
-Si eso ocurriera, viviríamos en un estado policial. Mandaría el policía, no la ley.
Gonzalo se quitó las gafas, estudió el tablero y luego al hombre que tenía delante. Se veía más cansado que antes.
-Jaque mate- dijo, y con su último movimiento se comió al rey.
Todo bajo el cielo.
Volvió a recordar la frase esa noche, frente al espejo. Mientras se afeitaba, escuchaba el sonido de la cuchilla deslizándose sobre su piel reseca.
De fondo, sonaba el televisor. Estaban retransmitiendo un discurso de Donald Trump.
Volvió a conducir de noche. Volvió a llevar un arma en la guantera. Pero esa vez, no era para él.
Mientras atravesaba las calles sin rumbo definido y las luces de navidad se reflejaban en el parabrisas, trataba de imaginar el rostro del destinatario de aquella bala.
Al hacerlo, volvió a sentirse atravesado por aquella adrenalina ya familiar.
Su mujer no solo se refería a la vista que podía ver desde aquel banco, y que estaba, como ellos, bajo el cielo.
Había expresado un anhelo.
Solo alguien poderoso, alguien con fuerza, podía traer el orden unificando todo bajo el cielo. Arturo imaginó que, para su mujer, debido a su mentalidad religiosa, ese alguien solo era Dios.
Pero mientras conducía en aquella fría noche, observando el termómetro desplomarse por debajo de los cuatro grados, supo que Dios había muerto.
Solo quedaban las armas.
El coche que llamó su atención estaba aparcado en una calle secundaria. Era de color azul oscuro. Un coche familiar.
De por sí solo, no parecía tener interés. Pero la persona que bajó de él le hizo cambiar su opinión.
Era una chica. No aparentaba más de dieciséis. Llevaba abrigo, y bajo este un vestido algo corto, con medias y tacones. Tenía el pelo negro alisado, y pendientes de aro.
Le costaba caminar. Eso, unido al maquillaje que llevaba descorrido, indicaba que estaba ebria.
El coche arrancó. La chica tuvo que apoyarse en una pared para seguir caminando. Se ajustó el vestido, cuyo escote llevaba bajado. Aunque no tenía mucho pecho, estaba a punto de salírsele.
Fue el siguiente gesto que hizo, llevándose el dorso de la mano a la boca para limpiarse algo, entre lágrimas, el que le dio una pista de lo que había pasado.
Siguió al coche.
Acababa de encontrar al dueño del disparo.
Condujo tras él durante casi diez minutos. Se mantuvo a una distancia prudencial, lo suficiente para no levantar sospechas.
Lo vio aparcar en la calle Silvano. Cuando bajó del coche, comprobó que el retrato mental que había hecho de él era bastante acertado: mediana edad, físico llamativo, ropa elegante. El típico hombre que no levantaba sospechas.
Dejó su coche aparcado en doble fila, y bajó tras él. Llevaba el arma guardada bajo el abrigo.
Bajó el ala de su sombrero y caminó algo alejado de las farolas. Sería un trabajo rápido. Un único tiro, y huiría. A nadie le daría tiempo a procesarlo.
El día siguiente, habría una chica de dieciséis años que le daría las gracias. Tal vez no fuera la única.
Se colocó a distancia suficiente, con su objetivo caminando delante de forma distraída, y metió la mano bajo el abrigo.
La adrenalina se abrió paso hasta su cerebro.
-¡¡¡PAPI!!!- gritó una niña de tirabuzones rubios, y fue directa a los brazos del hombre. Este se agachó para recibirla.
Mientras se abrazaban, una mujer con varias bolsas de la compra llegó caminando por la acera. El hombre se puso en pie, con la niña en brazos, y la besó.
Arturo los observó un momento, escuchando el tráfico mientras descendía la adrenalina. Sus dedos agarraron el mango del arma bajo el abrigo, hasta quedarse lívidos.
Solo fue un momento. Se subió al coche, y arrancó.
Hacía frío.
En todo el trayecto, centrado como estaba en su presa, no se dio cuenta de que otro coche le seguía a él.
Fue al día siguiente, lunes, cuando Arturo dio con el pez de piedra.
Estaba por la zona de Embajadores. Allí habían construido unas oficinas muy modernas junto a un corte inglés. Una lona gigante colgaba en la fachada de este, anunciando las rebajas del próximo Black Friday.
Sin embargo, lo que había por debajo distaba mucho de aquel aspecto respetable y de negocios.
Unas escaleras llevaban a un nivel inferior. Allí había una galería donde años antes se abrieron varios establecimientos, pero habían cerrado. Las paredes estaban cubiertas de grafitis, y un carro de la compra abandonado decoraba una esquina.
El pez de piedra era el nombre de un restaurante que llevaba años cerrado. A través de una puerta de cristal podía verse el interior, destartalado y sin muebles.
-Dijeron que lo iban a vender- dijo una voz a espaldas de Arturo, que hasta ese momento había creído estar solo- Pero supongo que nadie lo quiso. No es raro, con la movida que hubo.
Héctor, un hombre de mediana edad delgado y de aspecto pálido, estaba apoyado contra una pared. Se agarraba los brazos con las manos como si tuviera frío, aunque Arturo sospechó enseguida que esa sensación no se debía al tiempo.
Vestía un chándal gris, y unas zapatillas de aspecto caro que le quedaban grandes.
Parecían robadas.
– ¿Qué pasó? – preguntó el policía.
-Si te lo digo, ¿me das diez euros para el bus?
Arturo sonrió irónicamente.
– ¿Cuánto hace que no te chutas?
-Desde esta mañana.
Sacó la placa de debajo del abrigo, y a Héctor le cambió la expresión.
-Me cago en mi puta suerte.
-Cuéntame lo que sepas de este sitio.
-Pues nada. Lo chaparon.
-Dime por qué.
-Había unas tías manifestándose en la puerta todos los días. Llevaban flores.
– ¿Por qué venían?
-No me acuerdo. Pero, cuando aparecieron, los clientes dejaron de venir.
Arturo sacó una foto de Valeria Gascón que había sacado de internet, y se la enseñó.
-¿Una era esta?
Héctor, que había empezado a experimentar ligeros temblores, observó la foto con atención.
-No sé. Podría ser. Ahora, el hijo de la gran puta ese no me da ninguna pena.
– ¿Quién?
-El dueño. Me pilló un día con una papelina, y me quiso denunciar. Que se joda.
Arturo guardó la fotografía, y lanzó un último vistazo al local cerrado.
Su mente trabajaba en silencio.
-Has dicho que esas mujeres llevaban flores. ¿Eran rosas blancas?
-Sí. Me quiere sonar.
Arturo dio por terminada la conversación, y caminó hacia las escaleras.
Se detuvo.
-Toma, para que te quites el mono- dijo, entregándole a Héctor dos billetes de cinco.
-Joder, tío, gracias.
Arturo comenzó a subir las escaleras. Uno de los escalones crujió a su paso.
Se detuvo al escuchar a Héctor.
-Mira, tío, no te lo iba a decir, pero te has portado. Pasó una cosa más.
Arturo se giró hacia él, sin palabras.
-Fue cuando ya había chapado el negocio. Vino la policía a sacar un cadáver.
– ¿De quién?
-No lo sé, pero me acuerdo porque lo tuvieron que sacar a trozos. Los oí decir que le habían metido una flor en la boca.
Arturo no dijo nada. Se quedó escuchando el tráfico de la calle.
Cuando volvió a comisaría, el veterano policía se sentó ante el ordenador de su despacho. Le acompañaba un vaso de plástico con café caliente, de máquina.
Buscó información sobre el crimen que le habían descrito. Encontró varios artículos, y comprobó que los detalles mencionados por Héctor eran ciertos, incluido lo de la flor.
Una rosa blanca. Otra vez.
Revisó varias veces los artículos, anotando mentalmente un detalle: no se mencionaba el nombre de la víctima. Algo anómalo.
Recordó lo que le había dicho su colega de Burgos: en ese caso faltaba información. Se mostraba como una línea de puntos que alguien, deliberadamente, no deseaba que unieran.
Decidió probar otro ángulo.
Buscó información relacionada con protestas de mujeres, añadiendo la palabra flores. No encontró nada útil, solo menciones a protestas por la democracia en países de oriente.
Añadió las palabras pez de piedra, y rosas blancas.
Todo cambió.
Ante él, apareció el enlace a un artículo que hablaba sobre «las seis de la rosa´´, un grupo sindicalista.
Su modus operandi, según leyó, era llevar rosas blancas a sus actos reivindicativos. De ahí el nombre.
Una foto acompañaba al artículo. En ella, se veía a las seis componentes del grupo durante una de sus protestas.
Las dos mujeres muertas, Valeria y Beatriz, estaban entre ellas. La primera llevaba el pelo de otro color.
Recordó las palabras de Leire sobre que el pez de piedra era la clave, y anotó los nombres de todas las integrantes, que venían en el pie de foto.
Entró en los archivos de la policía, y metió sus datos. Lo que vio casi le hizo derramar el café.
Fallecida.
Fallecida.
Fallecida.
Así hasta seis.
Volvió a mirar la foto del artículo. Seis cadáveres le devolvieron la mirada.
IX
La araña
Madrid, noviembre 2006
Blanca se convirtió en su primera y única novia.
Empezaron a salir al comienzo del bachillerato. No habría sido posible tan solo tres años antes, pero la araña había cambiado.
O, mejor dicho, había aprendido a fingir.
Descubrió que no era tan difícil. Bastaba con sonreír de vez en cuando, reír, aunque no tuviera ganas, e interesarse un poco por la vida de sus compañeros y luego poner cara de que los escuchaba cuando hablaban.
Uno de los recuerdos más vívidos que tenía de aquella época era cuando ensayaba sonrisas frente al espejo antes de ir a clase.
Acabó haciéndolo de forma natural.
Blanca fue como una de las materias que debía estudiar para clase. Aprendió a leerla, descubrir sus inseguridades y necesidades. Luego, aprendió a satisfacerlas.
En realidad, no era tan inalcanzable como la había imaginado en aquella ya lejana fiesta de Halloween. Solo era una chica con los típicos miedos y preocupaciones: estudios, un hermano con el que todo el mundo la comparaba y necesidad de un hombro en el que apoyarse.
La araña fue ese hombro.
Aprendió a escucharla, aconsejarla y ayudarla con los estudios. Empezaron a quedar por las tardes a estudiar en casa de ella, y su relación fue poco a poco estrechándose.
Ella salía con un chico de un curso superior por aquel entonces, pero la araña sabía que acabaría dejándole. Bastaba con verlos juntos dos minutos para saber que era una relación superficial.
No entendía a Blanca. Ella quería que la vieran.
Así que sucedió lo que él esperaba: le dejó. Cuando empezaron a salir, fue una sorpresa entre sus compañeros, pero no tanto como lo habría sido unos años antes. La araña había pasado de bicho raro a raro tolerable.
Incluso había conseguido llevarse más o menos bien con Almudena, la hermana de Jorge. Tras la muerte de este, abandonó su altivez y empezó a tratar a todos de otra forma, incluida la araña. Era sorprendente cómo las tragedias cambiaban a las personas.
También hizo algo parecido a un amigo. Alejandro, un chico rubio y con el pelo largo, que solía llevar recogido en una coleta y vestía de negro, pero era muy agradable, se convirtió en alguien con quien charlaba en clase sobre cómics y películas de terror.
Era, como él, un inadaptado tolerable.
Los primeros días a Blanca le daba vergüenza besarle delante de sus amigas, que soltaban risas nerviosas. La araña lo atribuyó a que a esa edad las relaciones todavía eran algo parecido a un juego. Lo llevaban a cabo sin estar seguros de lo que hacían.
Luego, poco a poco, se fue normalizando. Incluso le cogía de la mano en el pasillo.
Sus amigas fueron un reto algo más complicado. Le costaba pasar tiempo con ellas en los recreos y a la salida de clase, oyéndolas hablar de cosas superficiales. Sin embargo, sabía que era un trámite necesario, así que se aplicó a ello.
Descubrió que podía tolerar ese tipo de conversación, e incluso participar en ella con uno o más detalles sobre programas de televisión, o famosos.
Hasta llegó a divertirse con ello.
En lo referente al sexo, sabían que algunos de sus compañeros ya lo habían hecho, pero no tenían prisa. No habían ido más allá de liarse con ropa. Muchas veces, ella se echaba una crema en los labios que olía a frambuesa, y le quedaba ese olor tras estar con ella.
Un olor que llegó a gustarle.
A veces, iban al cine. Sobre todo, a ver películas de terror. Cuando las veían juntos, ella solía asustarle y le cogía del brazo. A veces, incluso giraba la cara y la enterraba en su hombro. Le gustaba cuando lo hacía.
Después de las películas, iban a comer pizza y la acompañaba a casa. A veces, se liaban en el portal.
En esa época, casi fue feliz.
No duró mucho.
Al echar la vista atrás, nunca llegó a saber en qué momento pensó por primera vez en matarla.
Quizá no hubo un momento concreto. Quizá solo fue una emoción soterrada que había ido creciendo en él desde el momento del rayo.
No sabía si la amaba. Tal vez, a esa edad, era pronto para saber lo que eso significaba. Pero sí sabía que le agradaba su compañía. Le hacía feliz. Quizás solo por costumbre, pero el sentimiento era real.
Por eso era perfecto. No logró matar a alguien a quien odiaba, pero, si lograba hacerlo con alguien a quien amaba, sería como aquel rayo.
Azar en su estado más puro.
Decidió hacerlo el fin de semana del cumpleaños de Blanca.
Volvían a casa tras una de sus citas. No habían podido verse el viernes, día del cumpleaños, porque ella ya había quedado con unas amigas. Pero se vieron el sábado.
Caminaban por una calle tranquila. Empezaba a hacer frío, y anochecía. Se habían encendido las farolas.
A lo lejos, ladraba un perro. Oyeron cerrarse la puerta de un coche.
No había un alma.
-Feliz cumpleaños- dijo, y le entregó una bufanda de seda blanca. Se había gastado en ella todo el dinero que ganó trabajando ese verano en una tienda. A ella le favorecía ese color.
-Joder, tío, muchas gracias- dijo, y le abrazó.
Aquel fue el único momento en el que sintió algo parecido al remordimiento.
-Póntela. Quiero ver cómo te queda.
No tuvo que insistir. Blanca se giró, y empezó a colocársela, mirando su reflejo en el cristal de un coche. Se entretuvo en hacerlo, buscando verse bien.
La araña contaba con eso. No le dio tiempo a girarse.
Agarró los dos extremos de la bufanda, y tiró de ellos para estrangularla.
Mientras lo hacía, intentó descifrar la expresión de ella. Había sorpresa. También terror. Pero sobre todo dolor.
La araña no supo cuánto duró aquello. La luz de las farolas era gris. La cara de ella se iba poniendo roja.
Empezó a preguntarse cuánto tardaría en asfixiarse cuando Blanca le golpeó.
Fue un golpe brusco, una patada directa al estómago. Se llevó la mano allí, dolorido, mientras ella echaba a correr.
Su cara iba recuperando el color según se alejaba.
La araña fue tras ella. La vio atravesando un puente bajo el que cruzaba el cercanías. Supo que, si llegaba al otro lado, la perdería.
Nunca fue un buen corredor, se cansaba rápido. Pero esa noche, tal vez espoleado por el dolor y la adrenalina, recuperó terreno muy rápido. La bufanda cayó del cuello de Blanca, y quedó tirada en el suelo del puente.
La chica iba delante de él. Escuchó sus pasos mientras bajaba las escaleras por el otro lado. No le dio tregua, y la siguió a corta distancia, acompañado por el sonido de sus propios jadeos.
Su mano se cerró en el aire, cerca de la camiseta de ella.
Cuando ocurrió, no pudo procesar lo que había sido. ¿Tropezó? ¿Trato de saltar hacia la calle para escapar de él, y no calculó bien?
Todo lo que supo es que ella gritaba. Su cuerpo cayó, a plomo, sobre el techo del cercanías. Cuando este pasó de largo, quedó destrozada a un lado de la vía.
Se quedó mirándola. Sus manos, lívidas, se agarraban a la barandilla. Aquella imagen se le quedó grabada.
Recordó la bufanda, tirada en el puente. Decidió no recogerla.
Al volver a casa, se fue directo a su habitación. Su tío había ido al fútbol. Intentó que a él le gustara e incluso le llegó alguna vez para intentar crear vínculo, sin éxito.
Su tía veía la televisión. Daba igual. Ella siempre parecía estar ocupada para que no le hablase.
Una vez a solas, se dejó caer sobre la cama. Trató de procesar lo ocurrido, y saber cómo se sentía.
No lo lamentaba. Al fin y al cabo, lo había planeado. Tampoco estaba feliz.
Se dio cuenta de por qué no había recogido la bufanda.
Cabía la posibilidad, pensó, de que alguien la encontrara. Tal vez la policía. Era probable. Si la encontraban, tal vez podrían seguir su rastro hasta él.
Las amigas de Blanca sabían que iba a verse esa tarde con él. Estaba seguro, les contaba todo. Quizá sus padres también lo sabían.
Imaginó a la policía llamando a su puerta. Lo detendrían, se lo llevarían esposado mientras su tía observaría todo con el alivio de saber que por fin había hecho aquello horrible que siempre supo que iba a hacer, y por fin se lo llevaban.
No quedaría como un accidente. Le culparían, él la había perseguido y asustado. Era responsable, aunque no de la forma que había planeado.
Si eso ocurría, se dijo, replantearía toda su visión de las cosas. Significaría que aún quedaba una esperanza. Justicia. Una mínima posibilidad de sentido.
Pero nada ocurrió.
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