
Prólogo
Madrid, diciembre 1995
Lucía encendió las luces del árbol.
Faltaban unas horas para la cena de nochebuena, que disfrutaría como venía siendo habitual desde hacía años con su único hijo en el apartamento de la Gran Vía que compartían. El padre había dimitido de su puesto, y no volvería a casa por navidad.
Rebuscó en la caja de los adornos algo con lo que poder rematar el árbol. Un adorno final que colocar en lo alto de este. Mientras, el pequeño se entretenía colocando bolas en las puntas de las ramas de este.
Sentado de rodillas frente al árbol, demostraba tener sentido de la estética y proporcionalidad pese a tener solo cinco años.
Lucía dio con lo que buscaba. No sabía lo que era, pero nada más que sus dedos lo rozaron en la caja, lo supo. Levantó con la mano una estrella roja, y la colocó a la altura de lo alto del árbol para imaginar cómo quedaba.
Quedó satisfecha, y se levantó para colocarla en el sitio que ya había elegido. Después, dio unos pasos atrás para observar todo el dibujo con más perspectiva.
Sonrió, dando por zanjado el episodio de los adornos y acordándose del cordero que se asaba en el horno.
Ese fue el pensamiento que le cruzó la mente cuando la bala atravesó limpiamente el cristal, y luego su cuello.
A través del pequeño agujero abierto en la ventana tras el árbol, el sonido del tráfico en la Gran Vía se filtró junto con el aire de diciembre, que soplaba a través del cristal como un silbido filtrándose en una armónica.
Lucía retrocedió mientras se llevaba la mano al cuello. Sus uñas, de rojo lacado, se fundían con la sangre que brotaba del agujero en su cuello. Dio solo dos pasos antes de perder el equilibrio, y cayó al suelo.
El niño no gritó. La bola que sostenía en la mano, y que no había llegado a colgar de la rama, se deslizó entre sus dedos, y chocó contra el suelo, rebotando varias veces hasta quedar cerca de los pies de la madre muerta.
Su mirada se posó en el agujero por el que había entrado la bala. A su alrededor, se habían producido una serie de grietas.
Parecía una tela de araña.
I
Arturo
Eran las dos y siete minutos de la madrugada, treinta años después.
Un coche atravesaba sin rumbo las calles de Madrid. Su ocupante, Arturo Salvatierra, era policía. Sus manos nudosas aferraban el volante. Su mirada, dura, no se desviaba de la carretera.
El rostro estaba surcado por arrugas. Tenía sesenta y cuatro años, y en el cuello, oculta en parte por su abrigo, lucía una cicatriz profunda.
A su lado, en el asiento del copiloto, un sombrero de ala ancha azul oscuro estaba colocado sobre el libro «El viejo y el mar´´ de Hemingway. Un marcapáginas indicaba que estaba a punto de completar su lectura.
Sin embargo, en lo que no podía dejar de pensar era en lo que llevaba en la guantera.
Llevaba media hora conduciendo. Sabía lo que quería hacer, pero aún no había encontrado el sitio idóneo. En realidad, ni siquiera sabía lo que buscaba. Solo tenía un presentimiento que le acompañaba desde que salió de casa.
Cuando encontrara el sitio, lo sabría.
Se detuvo a la altura de una cafetería en Marqués de Vadillo. Nunca había estado allí. En otras circunstancias, ni siquiera se habría fijado en ella. Sin embargo, le recordaba a un cuadro de Hopper. Incluso había un hombre solitario sentado a la barra, como en ese cuadro.
Paró el motor y bajó del coche, pensando que era un sitio tan bueno como cualquier otro.
Sonaba música en el interior. La mitad de las mesas tenían las sillas dadas la vuelta, y el suelo estaba fregado bajo ellas. Todo transmitía una sensación de cierre inminente.
Arturo leía en silencio frente a un café cortado con leche que acababan de traerle. Se había colocado cerca de la ventana, y desde allí veía su coche. El hombre que estaba sentado a la barra acababa de marcharse.
Desde fuera, daba la impresión de que nunca había estado allí.
Leire, la camarera, limpiaba la barra. Tenía el pelo negro rizado, los ojos negros y expresivos como dos tizones ardientes. Era joven, no aparentaba mucho más de treinta. Pero sus manos no lo eran. Reflejaban años de trabajo.
-¿Desea algo más? – preguntó, y Arturo negó con la cabeza. Se dio cuenta de que era una forma sutil de indicarle que cerrarían pronto, y se dio prisa en beber su café.
Acabó de leer el libro, y guardó el marcapáginas. Pensó en todas las veces que había intentado leerlo, sin éxito. Hasta esa noche. Su obsesión por acabarlo podría compararse con la que el protagonista de la historia desarrollaba hacia el pez.
-¿Al final lo pesca? – preguntó Leire, cuyo nombre podía leerse en una placa del uniforme de trabajo que llevaba. Era de corte clásico. Camisa blanca, con botones, y falda negra.
-Nunca pude acabarlo- continuó mientras Arturo pagaba la consumición en la barra- Me hicieron leerlo en el instituto, pero no me enganchó.
Mientras la música sonaba de fondo, Arturo tamborileó con sus dedos en las tapas del libro, que llevaba bajo el brazo. Lo dejó sobre la barra.
-Quédeselo.
– ¿Seguro?
-Yo ya terminé.
Salió. Leire le observó mientras subía al coche, y arrancaba. Tuvo una sensación extraña. Había algo en aquel hombre que no le gustó. No parecía perdido, como muchos de los que acababan allí a esas horas.
Una determinación oscura se asomaba a su mirada.
Arturo condujo durante otros veinte minutos. Se detuvo frente a una zona de aparcamientos abandonada. La iluminaba una farola que parpadeaba levemente. En apariencia, no tenía nada especial. Pero transmitía una sensación de vacío y soledad.
Supo que había dado con lo que buscaba.
Aparcó justo debajo de la farola. Tras apagar el motor, sus manos agarraron el volante un momento más. Miró lo que tenía delante: un bloque de edificios de aspecto frío. Miró las ventanas con luz, y se preguntó si alguien le miraba.
Retiró las manos del volante, y miró las luces navideñas que ya adornaban algunas calles. Pensó que cada vez las colocaban antes.
Cogió el sombrero, y se preguntó si debía colocárselo o no. Finalmente lo hizo. No estaba mal que lo encontrasen llevándolo puesto, pensó. Alguien diría: una de las pocas personas que siguen usando sombrero.
Abrió un poco la ventanilla. El aire frio de las madrugadas de noviembre le mordió la piel arrugada.
No vio la silueta que se reflejaba en el espejo lateral, acercándose al coche.
Abrió la guantera. Dentro había un arma reglamentaria con seis balas en el tambor. Él solo necesitaba una.
La mano le tembló ligeramente mientras la sostenía. Decidió esperar un momento más, y respirar hondo. Cuando pasara, se metería el cañón en la boca y apuntaría al cielo de esta. Sin miedo. Sin pensar.
Era la única forma de hacerlo.
-Bájate del coche- dijo una voz al otro lado de la ventanilla. Arturo, al que acababan de sacar de su propio ensimismamiento, giró la cabeza y vio un rostro mal afeitado que le observaba desde debajo de una capucha.
El cañón de un arma le apuntaba a través de la ventanilla.
De forma extraña, la adrenalina le devolvió la serenidad. Tenía ante sí un problema que podía resolver, y se centró en ello. Mantuvo baja la mano con la que sostenía el arma, y metió con cuidado la otra bajo su abrigo.
-Acabas de meter la pata hasta el fondo- dijo mientras le mostraba al hombre de la capucha la placa que acreditaba su pertenencia al cuerpo de policía.
El otro lanzó una maldición por lo bajo, pero no bajó el arma. Cuando habló, se mostró más dubitativo. Pero también más imprevisible.
-Solo quiero el coche. Bájate.
Arturo guardó la placa bajo el abrigo. Recordó el arma, aún con las seis balas en el tambor, y recordó las viejas películas del oeste en las que el tiempo se dilataba justo antes de producirse un estallido de violencia.
Con cuidado, abrió la puerta. El otro se apartó, lo justo para dejarle salir. Siguió apuntándole, esperando a que bajara.
Arturo, sin embargo, abrió de golpe y le dio de lleno con la puerta, haciendo que su frente chocara contra el cristal de la ventanilla y cayera al suelo. Habiendo recuperado la iniciativa, sacó el arma y se dispuso a arrestarle.
El hombre de la capucha, no obstante, se recompuso antes de lo que esperaba. Aún en el suelo, le apuntó con el arma justo entre los ojos. Solo duró unos segundos, pero en la mente de Arturo fue mucho más tiempo.
Su dedo fue más rápido.
El otro cayó muerto con un agujero en el pecho, y la mano de Arturo volvió a temblar mientras sostenía el arma. El aire frío de noviembre caía sobre él, como una lluvia fina, mientras asimilaba lo sucedido.
Cuando el mundo volvió a ponerse en marcha, lo hizo a mayor velocidad.
Arrancó el coche y abandonó el aparcamiento, dejando tras de sí un bulto en el suelo que iba haciéndose más pequeño en el espejo retrovisor. Las manos volvieron a temblarle, esta vez al volante. Repasó la situación.
No había cámaras de seguridad en el aparcamiento. Estaba seguro de ello.
Sin embargo, al abandonarlo había visto como las luces se encendían en las casas del bloque de pisos. No importaba, se dijo. En el peor de los casos, solo habrían visto un coche abandonando el lugar. Ni matrícula, ni modelo.
La línea discontinua de la autopista que tomó para volver a casa pasó ante él como una serie de fogonazos de color blanco. Siguió conduciendo a velocidad normal. Sin acelerones. Sin llamar la atención de los radares.
Debía mantener la calma.
Se dio cuenta de que la voluntad de dispararse se había evaporado. Como el vaho que salía de la boca en noches frías como aquella. En su lugar, una nueva sensación le golpeaba las sienes. No era miedo. Ni siquiera culpa.
Era una extraña adrenalina.
Se sintió vivo.
II
La araña
Beatriz vio la rosa blanca al bajar las escaleras.
La habían dejado en su buzón. La sacó, y abrió este para ver si iba acompañada de alguna nota. Nada.
La tiró a la papelera, creyendo que para alguien ese año se había adelantado el 28 de diciembre.
Salió a la calle, bien abrigada. La temperatura estaba por debajo de los diez grados, y el frio caía como un peso muerto sobre la calle. Los tacones de sus botas resonaron en el asfalto.
Alcanzó su coche pensando que aún tenía más de una hora para entrar al trabajo. Le daría tiempo de ir a la peluquería. El motor, que parecía haberse contagiado de las frías temperaturas, no reaccionó a la primera. Tampoco a la segunda.
Finalmente, arrancó.
El hombre la observó desde una esquina mientras se alejaba por la calle. Fumaba, lanzando después bocanadas de humo. En la mano con la que sostenía el cigarro tenía el único rasgo por el que dejaba un recuerdo en quien se cruzaba con él.
Un tatuaje en forma de telaraña.
La chica que atendió a Beatriz se llamaba Marta. Aquel día, era la única que trabajaba porque la dueña se había puesto enferma. Abrió el grifo del agua caliente, y comenzó a lavar el pelo rubio y ondulado de su clienta mientras charlaba de forma animada.
Estaban en una pequeña peluquería de barrio, en Tetuán. No había más clientas a esa hora de la mañana.
La peluquería estaba decorada de forma aséptica. Predominaban el blanco, negro y gris, con leves toques de rojo que podían encontrarse en los frascos de algunos productos de las estanterías y en los uniformes de las peluqueras.
Beatriz se relajó mientras escuchaba hablar a Marta sobre un programa de televisión que seguía, y lo que había ocurrido en la última gala. Aunque no lo seguía, oír la pasión con la que lo contaba era contagioso. Contribuyó con breves comentarios para mostrar interés.
En cierto punto, su atención se desplazó hacia la música que sonaba desde que entró. No lograba identificarla, aunque recordaba haberla oído. Estuvo a punto de preguntarle a Marta, que terminaba de lavarla.
Mezclada con el jabón, el agua se deslizaba por el desagüe en forma de espiral.
El teléfono empezó a sonar cuando Marta cerró el grifo. Beatriz, con el pelo lavado, accedió a esperar allí antes de pasar al corte. Escuchó el sonido de las zapatillas de la otra mientras se alejaba para atender la llamada.
Notaba el pelo húmedo, goteante. Pero no era una sensación desagradable. Marta había usado agua caliente, lo que contribuía a la sensación reconfortante del interior en contraposición a la calle.
Se relajó, escuchando la música. Recordó que quería preguntarle a Marta por la canción. Estaba segura de haberla oído.
La puerta de entrada se abrió, empujada suavemente por la mano con el tatuaje de la telaraña. Mientras atendía el teléfono, Marta hizo una señal indicando la puerta, donde se especificaba que era una peluquería solo para mujeres.
El aire frío del exterior se coló por la puerta. La sensación cálida descendió.
La música subió repentinamente de volumen, sorprendiendo a Beatriz, que seguía en el lava cabezas con los ojos cerrados. Se preguntó si Marta habría detectado por algún gesto suyo que la canción le gustaba, y había decidido amenizarle la espera.
Pensó en agradecérselo luego, sin saber que la música alta le impedía oír como, en ese momento, la peluquera estaba siendo estrangulada con el cable del teléfono junto al mostrador.
Un cartel de cerrado colgaba en la puerta.
Mientras su cabello terminaba de secarse, Beatriz escuchó pasos. Aunque la música seguía alta, ya no se oía el teléfono, por lo que dedujo que Marta había vuelto. Sin embargo, hubo un detalle que llamó su atención. Las pisadas se sentían diferentes, más pesadas.
No le dio importancia. De haberlo hecho, podría haber salvado su vida.
Tras el lava cabezas había un mueble. Una puerta entornada permitía ver que dentro guardaban toallas. La mano con la telaraña sacó una, de color blanco.
Beatriz abrió los ojos. Sin mover la cabeza, levantó la mano y miró la hora en su reloj de muñeca. Quiso preguntar cuánto tardaría, pues, aunque iba bien de tiempo, a veces el tráfico se complicaba a esa hora.
Pero la pregunta murió antes de ser formulada.
El hombre de la telaraña usó la toalla para taparle la cara, y presionó con la mano sobre ella, aplicando la suficiente fuerza para que no pudiera moverse. Con la otra mano, la apuñaló repetidamente a través de la blanca toalla, que se tiñó de rojo.
Cuando acabó el trabajo, no retiró la toalla. Abrió el grifo, y se quedó un momento observando cómo la sangre, mezclada con el agua y los últimos restos de jabón, era tragada por el desagüe.
Le pareció una imagen hermosa.
III
Arturo
Desayunó igual que había pasado la noche: escuchando la radio para ver si decían algo sobre el infeliz al que había liquidado.
La adrenalina que sintió en el momento posterior ya había bajado. En su lugar, sentía un enfriamiento. Los huesos le crujieron al levantarse, las manos le temblaron al tomar la medicación que le había recetado el médico para la fase final.
Cuidados paliativos, se dijo. Cuando te mandaban a casa, ya nada había que hacer.
Era en esos momentos, a solas en casa, cuando sentía una punzada de pánico y volvía a acordarse de la pistola.
Se recordó a sí mismo, con dieciocho años, parapetado tras un escudo de plástico en los inicios de la democracia. A solo unos metros, unos manifestantes gritaban.
Era la primera vez que pisaba la calle. Las rodillas le temblaban mientras iba con los demás en el furgón, con dirección a los disturbios.
Venga, chaval, sin miedo, le había dicho su jefe. Esta es la única manera decente de morir.
Era 1979. La democracia estaba naciendo. El país, y él, eran jóvenes. Más de cuarenta años después, se morían.
-A la vuelta de publicidad- decían en la radio- Hablaremos en la tertulia de en qué momento se jodió España.
Fue entonces cuando Arturo acabó tranquilo de desayunar. Si iban a pasar a la tertulia sin haber tocado la noticia, era que poco se sabía aún.
-Hablaremos de ese señor, José Luis Rodríguez Zapatero- continuó el locutor, con tono polémico y provocador- Y de cómo todo empezó a torcerse cuando decidió desenterrar odios guerra civilistas.
Arturo apagó la radio. España se moría, pensó. Ahogada por la burocracia, los políticos inoperantes y un sistema que protegía más a los delincuentes que a la policía. Se veía en todas partes, pero en su oficio era donde más.
España y él morirían igual. Languideciendo, enganchados a un balón de oxígeno y sin dignidad.
-Tengo un caso- dijo Ricardo, su jefe, cuando lo llamó a su despacho nada más llegó a comisaria. Arturo se mostró receloso al principio, pero los tiros no parecían ir por donde había temido- No pensaba dártelo, pero eres el mejor que tengo en homicidios.
Puso una carpeta sobre la mesa del despacho, entre Arturo y él. Sobre esta había también una taza de té humeante.
Ricardo no llegaba a los cuarenta años. Era el jefe más joven que había tenido. Moreno, con aspecto de funcionario. Llevaba abierto el cuello de la camisa, donde había intentado sin éxito anudarse una corbata.
-Además, por lo que sea, te resistes a jubilarte.
-Esta es la única forma decente de morir.
Su jefe asintió. Empujó suavemente la carpeta en dirección al policía.
-Doble homicidio- dijo- Sin móvil aparente.
Arturo hojeó los documentos de la carpeta en silencio. Observó la dirección de la peluquería, y las fotos de las víctimas. Le llamó la atención una que tenía el rostro cubierto con una toalla blanca manchada de sangre.
-Veré qué puedo hacer- dijo, cerrando la carpeta.
Ricardo guardó silencio. Su expresión revelaba algo que no sabía cómo abordar.
-Por cierto, ¿qué tal lo tuyo? ¿Te operan al final?
-No se atreven.
-Joder. ¿Cuánto?
-Un año. Dos a lo sumo.
Ricardo le lanzó una mirada de admiración.
-Eres una roca, Arturo. Yo estaría acojonado.
-La procesión va por dentro- dijo, poniéndose de pie.
A la hora de la comida, fue a su bar favorito. Era un bar de barrio, sencillo. Al entrar escuchó el sonido de la máquina de juegos.
-Buenas, Arturo- dijo Vicente, el dueño, al verle- ¿Qué te pongo?
-Un bocadillo y una cerveza sin alcohol.
-Marchando.
Se quedó de pie junto a la barra mientras esperaba. El bar estaba en la esquina de una calle, por la zona de Legazpi. El sonido del tráfico se colaba por la puerta.
En una mesa, unas mujeres rieron de forma ruidosa. Eran extranjeras, y llevaban hiyab.
Vicente las miró mientras traía el bocata.
-Estamos invadidos, Arturo- comentó, y dejó el plato sobre la barra.
Mientras comía en una esquina, junto a la máquina de juegos, sacó la carpeta y revisó los documentos.
Había algo raro en ese caso, y lo supo antes incluso de terminar la lectura. Normalmente, los informes de un caso revelaban cosas sobre el asesino y su móvil. Llevaban, como un borrador mal presentado y lleno de tachones, la firma del autor por todas partes.
Aquel, sin embargo, solo le transmitió frialdad. Eso lo inquietó, pero no sabía por qué.
Volvió a leer una de las hojas, la que hacía mención a la rosa blanca. Apareció en la basura, pero algunos vecinos del edificio aseguraban haberla visto en el buzón de una de las víctimas. Lo más probable era que ella misma la hubiese tirado.
La hoja estaba acompañada de un informe donde se especificaba la procedencia de la flor. Decidió tirar de ese hilo. Era lo único del informe que delataba personalidad, aunque fuera una fría y metódica.
Había algo más. La víctima que vivía en el edificio, Beatriz Palomera, le parecía la clave del asunto. El otro crimen parecía ser colateral.
Subió al coche, y por un momento pensó en pasar por el aparcamiento donde disparó al ladrón. Decidió no hacerlo. Los asesinos solían volver al lugar del crimen, y él no lo era. Había matado, pero eso no le convertía en asesino.
Entonces, ¿por qué seguía teniendo aquella sensación de adrenalina cuando pensaba en el disparo?
Según el informe, la flor había salido de un invernadero a las afueras de Madrid. Condujo hacia allí. El frío de noviembre se cebó con sus huesos, que crujieron en cuanto salió del coche.
Dentro del invernadero, interminables hileras de rosas blancas recibían la luz del sol a través de los cristales. Junto a ellas, columnas y lámparas se extendían hacia el horizonte, produciendo una sensación de punto de fuga.
Arturo se acercó a hablar con uno de los empleados, vestido con un uniforme blanco que le mimetizaba con el entorno.
Decidió no mencionar el crimen, temiendo que la impresión le hiciera cerrarse en banda.
-Investigo un caso- dijo, tras identificarse como policía- Quiero saber si le llamó la atención alguien, un cliente reciente.
El empleado, de nombre Guillermo, no entendió a qué se refería. Decidió ser más específico.
-Alguien compró aquí una rosa. Busco a ese alguien.
-Viene mucha gente.
-Intente recordar si alguno le llamó la atención. Si tenía prisa, o actuó extraño. Si estaba nervioso.
El sol se filtraba por los ventanales del invernadero. Guillermo guardó silencio.
Una araña tejía su tela en una de las lámparas del techo. El sol le arrancó brillos dorados.
-Hubo un hombre. Él no me llamó la atención, pero tenía un tatuaje en una mano.
Mientras el empleado hablaba, la araña descendió lentamente de la lámpara, colgada de un hilo.
-Dígame cómo era- insistió Arturo.
Media hora después, cuando regresó a Madrid, supo que ya tenía algo que buscar.
Condujo hasta Nuevos Ministerios. Cerca del Corte Inglés había una calle poco transitada. Aparcó allí.
La persona a la que esperaba no tardó en hacer acto de aparición. Bajó del coche, y le siguió. No estaba solo.
Se llamaba Iván. Tenía algunos kilos de más, y vestía una chaqueta negra gruesa cuyo aspecto desentonaba con el resto de su ropa, compuesta por un chándal. Bajó con otro hombre por unas escaleras.
Arturo se mantuvo a una distancia prudente, dejándolo trabajar.
El otro hombre volvió poco después. Cruzó la calle con cierta cautela, algo desconfiado. El policía esperó a que se perdiera de vista, y bajó.
Lo primero que le llamó la atención fueron los neones en la puerta de un sex shop. Era el único negocio abierto allí. Los demás habían cerrado.
El lugar tenía un aspecto decadente, con las paredes cubiertas de grafitis. El contraste con el nivel superior era bastante acusado.
Iván aún contaba dinero tras las escaleras cuando lo encontró. Carraspeó, llamando su atención.
-¿Cómo va el negocio, Iván?
El otro no se alteró. Acabó de contar el dinero, y se lo guardó.
-No me quejo.
-Busco algo. Más bien a alguien. Lleva un tatuaje en una mano. Con forma de telaraña.
El otro se subió la cremallera de la chaqueta hasta arriba, y metió las manos en los bolsillos.
-No sé nada de eso.
-Pero podrías enterarte.
-Podría.
Un hombre salió del sex shop con una bolsa en la mano. Les lanzó una rápida mirada y, como si temiera que alguien le viese allí, se alejó andando en la dirección opuesta.
-Cuéntame- soltó Arturo cuando volvieron a estar solos.
-Últimamente hay más gente vendiendo por esta zona. Demasiada.
Sobre ellos, rellenando el silencio que siguió, se escuchaba el tráfico de la calle.
Arturo fue el siguiente en hablar.
-¿Quién?
Más de una hora después, sonó el timbre de una puerta.
Tomás, un padre soltero, cocinaba espaguetis con tomate. Junto a él, en la cocina, su hija Carlota, de ocho años, miraba una Tablet.
El timbre volvió a sonar, y Tomás fue a abrir con el delantal puesto.
Arturo estaba al otro lado.
– ¿Tomás González? – preguntó nada más verle.
-Sí, soy yo.
Sin prisa, Arturo sacó su placa identificadora del abrigo. Los dedos con los que Tomás sostenía la puerta se tensaron.
– ¿Pasa algo?
-Depende de ti.
El sonido de la Tablet llegaba de la cocina.
-Está mi hija.
-Seguro que hay algún sitio donde podemos hablar.
Tomás sopesó sus opciones en silencio. Finalmente, se apartó para que el otro entrara, resignado.
-Carlota- dijo antes de dirigirse con el recién llegado a una habitación al final del pasillo- Espera aquí, ¿vale? Ahora vengo.
La niña asintió.
Una vez sola, miró hipnotizada la Tablet. De la olla donde se cocían los espaguetis empezaba a salir humo, empañando la mampara de la cocina.
La niña seguía atentamente el recorrido del motorista de un videojuego, que avanzaba por una autopista en plena noche mientras esquivaba todo tipo de obstáculos. Desde vallas de señalización hasta coches de policía, pasando por ovnis.
Era muy entretenido.
Levantó la cabeza al oír cerrarse la puerta. Absorta en el juego, no había visto cómo Arturo se marchaba sin su padre.
El policía bajó las escaleras en dirección a la calle mientras limpiaba pequeñas manchas de sangre en la culata de su pistola.
Unos días después, recibió la llamada de Iván.
Quedaron en el barrio de Prosperidad, en una calle poco concurrida y alejada de la plaza. El cielo, cargado, amenazaba lluvia.
Iván le esperaba en un coche. Había otro hombre con él en la parte de atrás. Rubio y nervioso. Respondía al nombre de Víctor.
Arturo subió al vehículo, ocupando el asiento del copiloto.
-El negocio ese que te molestaba- dijo a Iván nada más llegar, sin mirarle- Lo trasladan a otro sitio.
Su interlocutor asintió, golpeando el volante con un dedo.
-Y tú, ¿qué me cuentas?
-Víctor- espetó Iván, cruzando la mirada con este a través del espejo retrovisor- Ya estás largando lo que me has dicho a mí.
El otro se mostró aún más incómodo que antes de que llegara Arturo, lo que hizo a este preguntarse cómo lo había convencido Iván. Saltaba a la vista que no hablaba por voluntad propia.
-Le llaman la araña. Trabaja a sueldo. Aparece, muere gente y desaparece. Poco más.
-De las dos mujeres muertas, ¿sabes algo?
-Yo no sé más.
-Si trabaja por contrato- añadió Iván- Yo iría a por el que dio la orden.
Arturo procesó la información. Pasado un momento, asintió y salió del coche.
Fuera, empezó a llover. Se caló bien el sombrero, se subió el cuello del abrigo y echó a andar.
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