XLI

-Señor Crespo- dijo Amanda, una secretaria con gafas de concha y pelo negro con tirabuzones- Aquí hay un policía que quiere verle.

El político, sentado en su despacho de la concejalía de urbanismo, la miró sorprendido. No creía que se debiera a nada oficial, ya que tenía programado un acto con miembros del cuerpo para inicios del mes de septiembre.

-Hágalo pasar- dijo, pues le convenía tener a las fuerzas del orden de su lado. Sabía que sus votantes valoraban bien eso.

Un momento después, Enrique entró en el despacho.

Admiró este en silencio. El amplio ventanal, los muebles hechos de roble. Dudaba que alguna vez en su vida pudiera tener un despacho así.

Por la ventana se filtraba el ruido del tráfico de la ciudad. La persiana, a medio bajar, filtraba los rayos de sol.

En una pared, el aire acondicionado funcionaba a su máxima capacidad.

-Usted dirá- indicó Esteban mientras se echaba agua de una jarra. Enormes trozos de hielo flotaban en el líquido de esta.

-Busco a alguien que quiera hablar- afirmó Enrique, tomando asiento.

-Me temo que no le comprendo.

Sin más preámbulos, Enrique puso el cuaderno de David encima de la mesa y tamborileó con los dedos sobre su tapa negra.

– ¿Sabe lo que es esto?

-Un cuaderno.

-Pero no uno cualquiera. Pertenecía a un camello al que asesinaron, David Blanco. ¿Le suena?

-No. ¿Debería?

-En el cuaderno- continuó Enrique, sin hacer caso al tono defensivo que el político había adoptado en su última réplica- Guardaba datos de todos a los que les vendía.

-Y eso, ¿qué tiene que ver conmigo?

-Con usted directamente, nada. Pero resulta que, si hojeas un poco, y anoche yo lo hice, encuentras cosas interesantes.

Enrique abrió el cuaderno y se lo enseñó al político por una hoja que había dejado señalada con un separador. En esta, aparecían varios números de placa subrayados en fosforito.

Señaló uno de ellos.

-¿Le dice algo?

-No, y tampoco sé a dónde quiere ir a parar.

-He investigado en la base de datos del cuerpo- continuó Enrique- Y resulta que esa placa es de su sobrino, Ricardo. Ahora si le suena, ¿verdad? No diga que no, con lo orgulloso que se le veía a usted cuando se graduó en la academia. Lo vi por televisión.

-No me está gustando nada su tono. ¿Qué pretende?

-Depende de usted. De lo que me cuente. Pero estamos de acuerdo en que sería una pena fastidiarle la carrera al chico, ¿verdad? Joven, guapete. Toda la vida por delante.

-Si piensa que puede hacerme chantaje, se equivoca. Hablaré con sus superiores.

-Usted verá. Pero le advierto que con los corruptos tienen menos tolerancia que con los que incordian.

Esteban guardó silencio. Enrique le mantuvo la mirada. La jarra goteaba sobre la mesa, produciendo un charco a su alrededor.

– ¿Qué es lo que quiere?

-Se lo he dicho al entrar- contestó Enrique, y tras poner su móvil sobre la mesa le dio al botón de grabar- Busco a alguien que hable.

El político volvió a quedarse en silencio.

-Se la está jugando demasiado. Puedo llamar a seguridad y quedarme con el cuaderno.

– ¿Cómo sabe que no he hecho copias?

-A lo mejor quiero correr ese riesgo.

-Piense en su sobrino. Y en los que le han puesto ahí.

-Quienes me han puesto aquí son los madrileños con su voto.

Enrique se echó a reír.

-No me joda. A usted no le votó nadie. Venía en una lista cerrada que hizo su partido. Además, usted es la marioneta. Hablo de los que mueven los hilos. ¿También correrían ellos el riesgo?

Esteban le miró con expresión de odio contenida.

-No sé si es usted un loco, o es que tiene más huevos que cerebro.

-Ambas cosas. Pero bueno, al turrón. David Blanco, camello de las ochocientas. ¿Quién lo mató?

Tras un momento calibrando en silencio sus opciones, el político cedió finalmente y se echó hacia atrás en el asiento. Intentó aparentar calma, pero se desabrochó dos botones de la camisa.

-Una empresa de desalojos. No sé quién de ellos exactamente.

-Ya. Usted solo señala, ¿verdad? El trabajo lo hacen otros.

-No pretenda darme lecciones de moralidad, chantajista.

– ¿Por qué lo mataron?

-Se creyó demasiado listo e intentó salirse con la suya. A quién me recuerda.

-Desarrolle eso.

-Había conseguido expandir su negocio por el barrio, y no quiso vender. Intentó chantajearnos. Decía que tenía información de algunos policías que teníamos en nómina.

-Entiendo. Luego Solís se llevó el cuaderno y terminó de darles por el culo, ¿verdad?

-Ciertamente, no contábamos con el señor Solís.

-Entonces mandaron a Carlos. Ya me extrañaba que le interesara tanto ese caso.

-Parece saber bastante. ¿Realmente me necesita?

-Hábleme ahora del jubilado. El que saltó por el balcón.

-Oh, sí. Bueno, ya sabe cómo es la gente mayor con sus casas cuando llevan mucho viviendo en ellas.

-Así que también se negó a vender.

-Intentó conseguir tiempo. Dijo que estaba a punto de recibir un dinero.

-Pero ustedes lo desalojaron por la vía rápida.

-La mayoría de los vecinos, los que fueron razonables, han sido reubicados y continúan sus vidas con toda normalidad. Algunos se han beneficiado de viviendas de protección oficial. No los hemos dejado desamparados.

-Solo a los que les tocaron las pelotas.

-Así es. Como usted ahora.

-No tengo más preguntas.

Enrique paró la grabación y se puso de pie mientras se guardaba el móvil, y recogía el cuaderno. Esteban, acalorado, bebió un trago de agua.

-Y ahora, ¿qué pretende hacer con esto?

-Tirar de la cadena.

Aquella vez, fue Esteban el que rio.

-Es usted imbécil. ¿Realmente cree que cambiará algo? Le diré lo único que pasará: mañana habrá otro como yo, y cien como usted. Y la vida seguirá su curso. ¿He puesto la mano? Sí. Y, ¿por qué no? Otro lo habría hecho.

Poniéndose de pie, el político miró a Enrique a los ojos.

-Los barrios mueren. Es ley de vida. ¿Tan malo es dar oportunidades, crear riqueza y puestos de trabajo?

-A cambio de eso, qué son unas pocas vidas, ¿verdad?

-Un anciano que podría haber muerto mañana, y dos camellos. No pretenda que me sienta mal. Quizás alguna otra muerte podría haberse evitado, pero a cambio miles prosperarán. Usted solo es el defensor de los escombros.

-Puede. Pero algunos escombros nos negamos a desaparecer. Buenos días.

Enrique salió del despacho.

XLII

Cecilia vivía en un pequeño piso por la zona de Tribunal.

Enrique nunca lo había visitado hasta ese día. Era austero, muy alejado del lujo que la chica había conocido con Esteban Crespo.

Observó que en la decoración se repetía el color azul. Estaba presente en los cojines del sofá, marcos de fotografías e incluso en la ropa que colgaba tendida en la ventana o el top que llevaba puesto. Parecía tener algún significado especial para ella.

Pensó en cómo nunca había tratado de conocerla más allá del sexo. Sin embargo, para él era más atractiva cuanto menos sabía de ella.

Un misterio que perdía encanto si se explicaba.

– ¿Quieres un café? – le preguntó.

-No. Solo he venido a darte esto.

Dejó una bolsa verde sobre el sofá. Intrigada, Cecilia miró dentro y descubrió muchos fajos de billetes.

-Es el dinero que le incautamos a David, el camello. Creo que tendrás bastante para el viaje, y para buscarte algo por allí.

-Pero, ¿no te meterás en un lio por esto?

-Esta mañana me he metido ya en unos cuantos. Por uno más…

Cecilia le miró con emoción contenida. Sonrió.

-Gracias.

-Deberías sonreír más, te sienta bien.

-Trataré. Por cierto.

Cogió un periódico de una mesita, y se lo enseñó al policía. Era la edición de aquel día de «kilómetro cero´´, que solo tenía tirada en Madrid.

-Vi a Esteban discutir con una periodista de este medio. No parecía que los tuvieran en nómina. Si tienes algo contra el ayuntamiento, ellos lo sacarán.

Enrique cogió el periódico, y miró la portada.

-Gracias. Bueno, hasta aquí hemos llegado, ¿no?

-Así parece.

-Cuídate, Ceci.

Se dio la vuelta para marcharse, pero ella pronunció su nombre. Cuando la miró, se quitó el top.

-¿Quieres una última vez? No te la cobro.

Enrique dejó el periódico en el sofá, y empezó a desabrocharse la camisa.

XLIII

Caía la tarde en Madrid. El calor aún pesaba. Casi podía cortarse con un cuchillo.

Ya sola en un piso que se sentía más pequeño desde que había hecho el equipaje, Cecilia observaba unas fotografías que llevaba tiempo sin ver.

Las suyas.

Todas habían sido tomadas en México. Se vio de pequeña, caminando de la mano de Mauricio, su padre. Entonces tenía el pelo de color negro.

Se vio comiendo un pastel de tres leches con fresa durante una celebración de cumpleaños. También saliendo de la piscina, con dos gotas de agua cayéndole de las orejas a modo de pendientes. Posando junto a sus padres frente a la catedral de Nuestra Señora de Guadalupe.

A medida que las pasaba, producían la sensación de ser imágenes en movimiento que contaban una historia.

Su historia.

Tocó con la punta de los dedos algunas de ellas, especialmente en las que era pequeña. Parecía querer atrapar algo que quedó capturado para siempre en las imágenes, y que había perdido. Su inocencia.

Al final del paseo por la memoria, solo quedó ella. Una adulta. Con luces y sombras. Con un camino recorrido donde encontró muchas cosas, y perdió otras.

Cerró los ojos, y se imaginó en un lugar diferente. Con una vida diferente. Se preguntó si le hubiera gustado ser esa otra Cecilia, y llegó a la conclusión de que no.

Habría sido otra historia, pero no su historia.

XLIV

Cuando Ana fue a sacar el correo del buzón, vio que algo sobresalía.

Estaba anocheciendo, y volvía a casa de sus padres tras otro infructuoso día buscando piso. La temperatura aún rozaba los treinta grados, y sudaba.

Con el pelo recogido y un vestido de verano que se le pegaba al cuerpo, estiró y sacó un sobre que alguien había introducido en el buzón.

Al abrirlo, descubrió sorprendida parte del dinero de David Blanco. Junto a los billetes, una nota. La leyó con mano temblorosa y emoción en la mirada.

«De una vida que acaba, a otra que empieza. Tu amiga, la puta´´.

XLV

La megafonía del aeropuerto de Barajas emitió uno de los últimos avisos para los pasajeros del vuelo a Ciudad de México desde la zona de embarque.

Cecilia se acercó a la puerta, arrastrando tras ella su maleta. Las ruedas de esta resonaban en las baldosas.

Al otro lado de un enorme ventanal pudo ver el avión al que estaba a punto de embarcar.

Se detuvo, y lanzó una última mirada a lo que tenía, y dejaba, atrás. En esa mirada había melancolía, pero también serenidad.

Continuó avanzando, billete en mano, hacia su destino.

XLVI

El móvil de Enrique recibió un aviso. Era del Cabify al que había llamado, indicando que le esperaba abajo.

Guardó el cuaderno en una bolsa, y se la colgó al hombro. Cogió también el móvil donde tenía la grabación, y las llaves de casa.

Al salir, miró la hora. Faltaban cuarenta minutos para la cita que había concertado con un redactor de kilómetro cero. Pese a que ya era tarde para la edición en papel, le habían asegurado que podrían sacar su información en la digital si era buena.

Lo era, y no se imaginaban hasta qué punto, pensó.

Para atajar, pues vivía en un tercero, decidió coger el ascensor. Dos hombres más lo estaban esperando.

Uno de ellos, Sergio, llevaba el pelo largo, una fina barba negra y una camisa del mismo color. El otro, Curro, tenía el pelo rapado. En la nuca llevaba un tatuaje con forma de dos escorpiones peleando.

Enrique vio que ya habían llamado al ascensor, y esperó. La luz de este comenzó a escalar pisos lentamente, partiendo del bajo.

Echó una ojeada a los dos hombres. No recordaba haberlos visto nunca en el edificio.

La luz llegó al segundo piso. Enrique decidió coger las escaleras.

-Acaba de llegar- dijo Curro justo cuando el ascensor de detuvo y las puertas se abrieron.

-Es igual, voy a pie.

– ¿Seguro? – insistió. Enrique oyó un sonido a su espalda y, al girarse, vio que Sergio le apuntaba con una pistola- Son tres pisos.

Enrique maldijo en silencio. Tenía su arma, pero no conseguiría abatir a los dos antes de que le dispararan. Si echaba a correr escaleras abajo, podían darle en la espalda. Sería un blanco fácil en aquellos largos tramos de escalera.

Ponerse a gritar tampoco era una opción. Ningún vecino querría hacerse el héroe. Como mucho, alguno llamaría a la policía y, para cuando aparecieran, ya sería tarde.

Apretó uno de sus puños con rabia, y se entregó.

Rápidamente, los dos hombres le metieron en el ascensor. Curro le quitó el arma y luego la bolsa, comprobando que el cuaderno estaba dentro.

En todo ese tiempo, Sergio le apuntó a la cabeza con el arma. Curro le quitó la suya.

Pulsó el botón de bajada.

-El móvil, ¿dónde lo tienes? – le preguntó mientras puso la culata de su propia arma en la nuca.

Las puertas se cerraron, y empezaron a bajar.

-El móvil- insistió Curro, quitándole el seguro al arma.

-En mi bolsillo.

Mientras Sergio seguía apuntando, Curro registró dentro de este y dio con lo que buscaba. Lo metió en la bolsa, junto con el cuaderno.

La ira contenida de Enrique aumentaba a la misma velocidad que el ascensor descendía. Su cuerpo era un contraste de sensaciones: el calor a causa de la temperatura y de su propia ira, y el frío de dos culatas de metal apoyadas en su nuca.

Sintió una gota de sudor descender por su espalda, bajo la ropa.

Cuando llegaron al garaje y las puertas se abrieron, se encontró de frente con un rostro conocido.

-Me alegro de volver a verte, compañero- dijo Carlos, que estaba de pie junto a su coche.

-Ya. Y a la puta que te parió.

Sin dejar de vigilar a Enrique, Curro le pasó la bolsa a Carlos. Este echó una mirada dentro, y se mostró satisfecho.

Abrió su coche con el mando a distancia. Enrique sonrió, fatalista. Imaginaba lo que seguía. Algún hoyo ya cavado, o por cavar, en un descampado. Se consoló pensando que al menos no aparecería desnudo en una bañera.

Echó un vistazo al garaje, vacío a esas horas. Muchos vecinos no habían vuelto de sus vacaciones, y las plazas estaban en su mayoría desocupadas.

-No te preocupes- dijo, mirando a Carlos- El segundo muerto es mucho más fácil.

-Subidlo al coche- soltó este, abriendo la puerta trasera.

Enrique se detuvo antes de subir. Curro seguía detrás suyo, apuntándole, pero Sergio, aunque aún tenía su arma, se había distanciado unos metros.

Comprendiendo que llegaba el final, su cerebro empezó a trabajar más deprisa.

-Vamos, sube, no hagas tonterías- dijo Curro a su espalda, y volvió a apoyar el cañón del arma contra la nuca del policía.

Este supo que había llegado su última oportunidad.

Con toda la fuerza de que fue capaz, golpeó con su codo las costillas de Curro, que soltó un grito de dolor haciéndole saber que había tenido éxito.

Aprovechando los segundos de ventaja que le había dado la sorpresa, agarró la mano con la que este sostenía la pistola y apuntó a Sergio.

Le soltó tres tiros antes de que pudiera disparar. Cayó al suelo.

-Joder- exclamó Carlos, sacando su arma.

Enrique volvía a tener su arma. Agarró la puerta del coche y la cerró sobre la cabeza de Curro, que había caído de rodillas, golpeándola varias veces con rabia.

Cuando se giró, el disparo le impactó, seco, en pleno estómago.

Lanzó una exclamación de dolor. Carlos estaba ante él, su arma apuntándole. Notaba cómo el estómago le ardía, y casi pudo oler la carne quemada y el metal alojado en él.

En cuanto vio la herida, supo que hasta ahí había llegado. Pero aún se permitió un último gesto de rabia.

Disparó contra Carlos, que claramente no esperaba una reacción así. Cayó al suelo, sangrando por varias heridas, e intentó recoger su arma.

Enrique se adelantó. Mientras la vida se le iba a este por el estómago, se plantó ante él con dos armas diferentes.

Haciendo gestos de dolor, Carlos se enderezó y se arrastró hasta el radiador de un coche, contra el que se apoyó.

Los dos se miraron con rabia contenida.

-Sabes que después no hay nada, ¿verdad? – preguntó Enrique.

Carlos se limpió un hilo de sangre que le caía por la boca.

-Ya. Eso es lo que me temo.

Enrique vació los dos cargadores.

XLVII

Vicente, el conductor del Cabify, estaba a punto de marcharse cuando Enrique abrió la puerta trasera y se desplomó en el asiento con un gesto de dolor.

-A la redacción de kilómetro cero. Dese prisa.

– ¿Qué ha pasado, ha tenido algún percance?

-Vaya. Deprisa.

Tras un instante de duda, el conductor arrancó.

Atravesaron Madrid en la noche. El calor, que se sentía como una masa compacta, aún caía a plomo.

La ciudad ardía. Enrique se abrasaba.

Observó la bolsa a sus pies. El cuaderno y el móvil iban dentro, pero de nada servirían si él no llegaba.

La vida se le escapaba, y aquello no era una película. El conductor solo hacía su trabajo. No era ningún héroe anónimo que destaparía una gran conspiración porque un policía moribundo al que de nada conocía se lo pidiera.

Soltó una carcajada amarga, desconcertando a Vicente. En una película clásica de Hollywood, el otro incluso habría sido un antiguo sacerdote dispuesto a darle la absolución.

Pero aquello era Madrid. Solo había calor. Una ciudad indiferente. Una vida que se escapaba, y un asiento que se volvía pegajoso por el sudor y la sangre.

Observó la ciudad pasar. Lenta. Demasiado lenta.

-Dese prisa.

-Estoy ya al límite de velocidad.

-Pues acelere- dijo, apuntándole con un arma que él sabía descargada, pero el otro no.

La amenaza surtió efecto inmediato. La ciudad comenzó a pasar ante él a mayor velocidad.

En ese último paseo, se reencontró con lugares y calles de sobra conocidos. Aquella noche, sin embargo, le parecieron distintos.

Pudo oler la decadencia bajo imágenes de postal.

Se llevó la mano al estómago, en un vano intento de contener la sangre que ya había formado un pequeño charco a sus pies. Dejó la pistola sobre el asiento, y contempló la mirada asustada que le observaba desde el espejo retrovisor.

No le enorgullecía que uno de sus últimos actos hubiese sido amenazar a un pobre tipo que nada tenía que ver.

Pero aquello no era Hollywood. Él no era un héroe. Y estaba muy lejos del cielo.

XLVIII

-Ya hemos llegado- hizo saber Vicente, aliviado ante la perspectiva de librarse de tan extraño y problemático pasajero. El logo de «kilómetro cero´´ iluminaba con luces blancas la entrada de la redacción.

En el asiento trasero, Enrique no respondía. Permaneció inmóvil, el rostro girado hacia la ventanilla abierta.

-¿Señor? – se atrevió a insistir Vicente, de nuevo sin respuesta. Decidió bajar.

Al abrir la puerta trasera, su mirada se desplazó rápidamente a la herida por la que el pasajero acababa de desangrarse. Retrocedió, llevándose una mano a la cara.

Enrique estaba muerto. Sus ojos parecían seguir contemplando Madrid.

Epílogo

La última semana de agosto dio comienzo el regreso de las vacaciones.

Calles vaciadas volvieron a llenarse con sonido de pasos, risas, conversaciones, negocios que se reabrían, coches que hacían sonar el claxon debido al tráfico o a la dificultad de encontrar aparcamiento.

En Gran Vía o castellana, el tráfico volvió a rugir. Volvieron las horas puntas del metro, y las mareas de visitantes al Retiro.

Volvieron las conversaciones. Los ruidos de pasos. Los abrazos. Las terrazas llenas. La vida regresó. El calor, lentamente, comenzó a descender.

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