XXXI

Enrique se dio cuenta de que no estaba solo en cada nada más entró.

Ya era de noche, y lo poco que consiguió dormir en el coche de Carlos no aligeró su cabeza. Había tenido que rellenar tantos informes en un solo día, y contestar a tantas preguntas, que estaba a punto de estallarle.

Pero el instinto de un policía no se apagaba al llegar a casa.

Sacó el arma, y se quedó en silencio. De la calle, por la ventana abierta, llegaba el sonido de una discusión de pareja que había presenciado al llegar al portal. Ambos estaban borrachos, y la agresividad subía.

Pero él ya no estaba de servicio.

Volvió a escuchar el sonido, esta vez más nítido, e identificó su procedencia: la habitación. Esa segunda vez estuvo seguro. No estaba solo.

Amartilló el arma, y avanzó hacia allí.

Pero solo era Ana rebuscando en un mueble.

-¿Qué haces tú aquí?- preguntó, y ella reaccionó asustándose levemente. Cuando vio que era él, le enseñó lo que había sacado del mueble: un paquete de tabaco.

-Me dejé esto.

-Ya veo. ¿Cómo has entrado?

-Aún tengo llaves. Aunque pensé que igual habrías cambiado la cerradura.

-No me des ideas.

Aunque no lo dijo en voz alta, pensó que era una buena sugerencia con todo lo que estaba pasando en su vida.

-Y, ¿has venido por un paquete de tabaco? ¿No te salía mejor comprarte otro?

-Bueno, es que también quería verte a ti.

– ¿A mí? ¿Por qué?

Enrique se sentó en la cama. Pasada la sorpresa, se dio cuenta de que su ex novia estaba muy guapa. Se había recogido el cabello rojo, que llevaba lavado, en dos coletas y se había aplicado un ligero maquillaje que le sentaba muy bien.

Llevaba un traje blanco con botones, y sandalias.

-No llegamos a tener un cierre.

-Tu nota me lo pareció.

-Quiero que hagas algo por mí.

– ¿El qué?

-Que me mires.

Enrique lo hizo sin entender. Había algo distinto en Ana. Estaba nerviosa, pero al mismo tiempo transmitía una seguridad que nunca había percibido en ella.

-Tú solo mírame, ¿vale?

-Bueno.

Ana respiró hondo. Uno a uno, empezó a desabrocharse los botones del traje. Lo hizo con manos ligeramente temblorosas, pero no se detuvo.

Enrique siguió mirando con atención. Se fijó en sus labios, pintados de un intenso color rojo. Nunca se había dado cuenta, pero eran muy sensuales.

Desabrochó el último botón, y se quitó el traje. No llevaba sujetador.

– ¿Quién eres, y qué has hecho con mi ex?

-No hables. Solo mírame.

Aunque sintió deseos de cubrirse, no lo hizo. En su lugar, se quitó las bragas y quedó desnuda ante él.

Disfrutó de la sensación, pese a su nerviosismo. No era igual que con Cecilia. Con ella había igualdad. Con su ex, una relación de poder a través del erotismo.

Pero, por primera vez, ella llevaba la voz cantante.

Por primera vez, era vista.

Deseada.

XXXII

Comenzaron a vestirse. La discusión de la calle hacía rato que había terminado.

No fue romántico. Sí duro. Físico. Pero cargado de una extraña melancolía.

La de dos personas que durante mucho tiempo no habían tenido nada que decirse, y de pronto se lo habían dicho todo sin palabras.

-He estado pensado- dijo Ana mientras se abrochaba los botones- Sobre por qué estuvimos juntos. Creo que simplemente nos usábamos para tapar las grietas del otro.

Enrique no dijo nada. Solo siguió vistiéndose. No la miró mientras lo hacía. Ella tampoco a él.

Ana se colocó las sandalias, y se puso de pie. Cogió las llaves, y el paquete de tabaco.

-No volveremos a vernos- dijo, y salió.

Cuando llegó a la calle, sintió algo más que una bofetada de calor.

Se sintió en paz.

El móvil de Enrique empezó a sonar cuando terminó de vestirse. Aún estaba procesando lo que había ocurrido.

Por primera vez, tenía la sensación de haber perdido algo. Una sensación de nostalgia por aquello que no sabía que estaba ahí.

Se llevó la mano a la boca, manchada de rojo carmín. El sexo había sido increíble. La sensación al acabar, no tanto.

Sobre esa cama, se libró una guerra. Él no fue el ganador.

– ¿Diga? – contestó cuando, finalmente, cogió la llamada.

– ¿Inspector? Soy Lorena. Hablamos el otro día.

-Sí, claro, me acuerdo. Diga.

-Perdone que llame a estas horas. Encontré el número que me pidió.

Enrique lanzó una última mirada a la cama deshecha, y se levantó para coger un bolígrafo y papel.

Cuando los tuvo, comenzó a apuntar.

XXXIII

Lo primero que llamó la atención de Enrique fue el símbolo de anarquía que habían pintado en la puerta con un spray.

Encontró el local de la empresa de desalojos a la que pertenecía el número en el paseo de Pintor Rosales.

La entrada era sencilla y austera, aunque habían colocado en la puerta la imagen de algunos miembros del equipo con una anciana a la que habían ayudado a recuperar su piso expulsando a un okupa. Enrique recordaba el caso de haberlo visto por televisión.

En la imagen, la mujer posaba sonriente mientras un hombre alto, calvo y corpulento le colocaba el brazo en los hombros con gesto protector. Llevaba una camisa negra.

Se sorprendió de que nadie hubiera limpiado el símbolo de la puerta, aunque pensó que tal vez estaban acostumbrados a provocaciones de ese tipo.

Entró, y puso en marcha su estrategia.

-Buenos días- dijo al hombre que miraba el móvil tras el mostrador- Busco a Juanma.

Se quedó mirándole un momento antes de responder. Enrique pensó que no era el tipo de cliente que quedaba mejor en televisión o para una foto como la de la entrada.

Las abuelitas o las familias con hijos vendían más.

– ¿Tiene cita?

-No.

Nuevo silencio.

-Trabajamos con cita.

-No lo sabía. Me lo recomendó un amigo, pero no me dijo nada de eso.

-Vale. Espere aquí un momento.

Enrique se sentó en un sofá de terciopelo rojo, junto a una planta que se veía únicamente decorativa. Por los altavoces llegaba una música ambiental.

Al fondo había unas escaleras que descendían a una especie de sótano. Por ellas bajó el recepcionista.

Enrique esperó, sus dedos tamborileando en las rodillas. El lugar realmente se esforzaba por dar la imagen de empresa seria.

Volvió poco después.

-Baje, le recibirá ahora.

-Gracias- contestó Enrique, poniéndose de pie- Por cierto, les han hecho una pintada en la puerta.

-Lo sé. La vi esta mañana.

-Y, ¿no la limpian?

-Juanma dice que eso es buena señal. Si ladran, es que cabalgamos. Que tenga buen día.

Encontró al líder de la empresa en el sótano, sentado tras un escritorio mientras trabajaba en su portátil. Era el hombre calvo y corpulento de la fotografía.

Golpeó con los nudillos en la puerta de un pequeño despacho al fondo, para llamar su atención.

-Buenos días. ¿Juanma?

-Sí, soy yo- dijo, levantando la mirada del portátil. Detrás suyo, sobre un mueble, tenía un ventilador encendido. Este giraba, levantando por uno de los pliegues la bandera de España que habían colocado en la pared- Adelante, siéntese.

-Gracias.

Enrique obedeció, ocupando la silla frente al escritorio. El ventilador le mandaba ocasionales ráfagas de aire que agradeció tras haber caminado diez minutos bajo un sol de justicia hasta encontrar el local.

Al tener al hombre justo delante, se fijó en más detalles, como sus cejas, delgadísimas, que contrastaban con su mirada penetrante, o una vena que se le marcaba en el cuello.

-Usted dirá- dijo Juanma.

-A ver. Hay un tío. Un señor mayor. Se ha metido en mi casa.

-Comprendo.

-Me pide dinero. Mil euros.

– ¿Se lo ha dado?

-No.

-Ha hecho bien. Si se lo da, pedirá más. Continúe.

-Pues eso. Tengo un okupa.

– ¿Ha probado a hablar con la policía?

Mientras dijo eso, otros dos hombres, también corpulentos, entraron en el despacho y cerraron la puerta.

-Son mis socios- dijo Juanma- Si vamos a intervenir en su caso, tienen que estar al corriente.

-Entiendo.

-Diga, ¿habló con la policía?

El silencio que siguió se sintió denso y cargado. Las palas del ventilador giraban de fondo.

-No.

Juanma permaneció en silencio un poco más. Parecía evaluar la sinceridad de su respuesta.

Enrique podía sentir, detrás suya, la presencia de los otros dos.

-Tengo un amigo que me habló de ustedes- siguió el policía, buscando dar cuerpo a su relato- Me lo desaconsejó. Dijo que la policía entendería mi situación, pero que por ley estarían atados de pies y manos.

-Su amigo sabe de lo que habla- concedió finalmente Juanma.

-Entonces, ¿pueden ayudarme?

-Para eso estamos.

Juanma cogió un papel, y empezó a apuntar.

-Ha dicho que es solo un okupa, ¿verdad?

-Sí.

– ¿De qué edad?

-Eso es lo que me preocupa. Tiene ochenta.

El bolígrafo dejó de rasgar el papel. Silencio.

– ¿Por qué le preocupa?

-He escuchado cosas.

– ¿Qué cosas?

– ¿Cómo trabajan ustedes exactamente?

-Oh, entiendo. Se refiere a que ha oído cosas en televisión.

-No es que me las crea- añadió Enrique- Pero quiero asegurarme de que sería un trabajo limpio.

-Bueno, si eso es lo que le preocupa, quédese tranquilo, señor…

-Pérez. Andrés Pérez.

-Señor Pérez. Aquí no vamos cazando okupas por la calle. Somos una empresa seria. Lo que haríamos, si decide contratarnos, es hablar con el okupa y presionar para que deje la casa. Pero por medios legales.

– ¿Esos medios incluyen manifestarse todos los días frente a la casa del okupa, o poner música alta de noche?

-Podrían incluirlo, sí.

-Algunos califican eso como acoso.

-Nosotros creemos que, a veces, para hacer una tortilla tal vez haya que romper algún huevo. Pero si a cambio conseguimos que personas honradas que han pagado una casa con su trabajo y esfuerzo la recuperen, creemos que merece la pena.

-Yo también. Por eso estoy aquí.

-Me alegro de que lo veamos de la misma manera.

-Dígame, ¿alguna vez han tenido que recurrir a la violencia?

Silencio. Volvieron las palas del ventilador. Enrique sintió la presencia silenciosa de los dos hombres a su espalda.

-Nunca sin provocación previa.

– ¿A qué se refiere?

-Supongo que, cuando sacan por televisión esas imágenes donde salimos con bates y amenazando, no incluyen el contraplano donde los otros llevan navajas.

-Cierto, no lo hacen.

-No me sorprende. Hay mucha gente que niega la ocupación, pero luego son los primeros en llamar a la policía cuando les pasa a ellos. A veces, esa gente nos señala y sus amigos violentos vienen a intimidar.

-Ya veo.

-Pero no nos importa. Tenemos el apoyo del ciudadano de a pie, el que madruga y trabaja cada día. Con eso nos basta.

-Creo que lo mejor será que les deje mi correo para que me manden el presupuesto. Ya con eso lo estudio y les digo algo.

-Perfecto.

Enrique se lo dio y, cuando se estaba levantando, le ofreció la mano a Juanma. Este la tomó.

-Gracias por su tiempo.

-A usted.

El apretón de manos duró más tiempo y empleó más fuerza de lo necesario. Finalmente, se separaron.

Cuando iba a salir, Enrique ofreció la mano también a los otros dos.

-Gracias. Hasta otra.

El primero de los dos hombres reaccionó al apretón con normalidad. Se acercó al segundo.

-Gracias.

Apretó ligeramente mientras le miraba a los ojos con cortesía. El otro retiró la mano un poco antes que él.

Salió del cuarto con una sensación de triunfo. En los ojos del otro, aunque breve, había visto una expresión de dolor.

Recordó la ventana cayendo sobre la misma mano que, aún dolorida, acababa de apretar.

El encapuchado ya tenía rostro.

XXXIV

Enrique y Cecilia pasearon por la zona de Sol.

Normalmente repleta a esas horas de la tarde, la zona y sus aledaños, parecía aquella tarde la postal de una ciudad fantasma.

El calor castigaba duramente las calles, y los que se atrevían a desafiarlo buscaban las escasas zonas de sombra.

Cecilia vestía un top con los hombros desnudos. A su lado, un acalorado Enrique se abanicaba con un periódico.

-Es la primera vez que no me llamas solo para coger- comentó ella.

-Necesitaba despejarme. Si no, no me concentro.

-Pensaba que los hombres no necesitaban concentrarse para eso.

Una chica tocaba música en la entrada del cercanías de Sol. Era mexicana, y desde allí, cobijada del calor, cantaba una ranchera.

Cecilia se detuvo a escucharla. Le apareció una expresión de nostalgia en el rostro.

Le echó unas monedas.

Tras ver esta escena, y buscando un refugio del calor, Enrique entró con ella en una tienda de música. Era pequeña, de aspecto tradicional, y no llamaba la atención en una calle repleta de grandes centros comerciales y tiendas de electrónica.

-Te noto extraño- dijo Cecilia mientras paseaban por los pasillos de la tienda, observando los instrumentos de catálogo y disfrutando del aire acondicionado- Pareces estar en otra parte.

Enrique no dijo nada. La observó pasar la mano por diferentes guitarras hasta que se detuvo en una clásica, hecha de madera. Tenía un color rojo cereza.

-¿Puedo? – preguntó al dueño, y este respondió afirmativamente.

Su acompañante, que nunca la había visto tocar ningún instrumento, escuchó mientras tocaba las cuerdas de la guitarra, que manejó sin apartar la vista de estas. Su melodía era íntima, pequeña, frágil.

Pero evocadora.

– ¿Por qué me miras así? – le preguntó al acabar.

-A veces tengo la sensación de que en esta ciudad todo se pudre menos tú.

Cecilia sonrió de forma enigmática y con una nota de tristeza. Devolvió la guitarra a su sitio.

-Yo también me pudro, Enrique. A mi manera.

XXXV

Una sirena de bomberos se filtraba por la habitación del hotel.

Enrique terminó de hablar. Fumó junto a la ventana, en silencio, desnudo. Dejó escapar el humo de su cigarro, y lo vio perderse en el paisaje de una ciudad tostada por el sol.

-Y eso es en lo que ando metido.

Cecilia había escuchado todo desde la cama. Llevaba puesta solo la lencería, de color azul celeste. Se retiró el pelo sudado de la cara, y encendió un cigarrillo.

-Quizá fueron coincidencias, no más.

-Quizá.

Con el cigarro en la boca, se acercó a la cama y se sentó en el suelo, junto a la pata de esta. Miró la pared, pensativo.

-Soy un mal policía. Siempre lo he sido.

Dándose la vuelta en la cama, Cecilia puso los pies en el cabecero y se acercó a Enrique, abrazándolo por detrás.

-Pero hay algo que nunca me ha fallado- continuó este- Mi olfato.

– ¿Qué te dice, pues?

-En ese barrio pasa algo. Están haciendo algo. Con los vecinos. Y esa empresa está implicada.

-Y, ¿es importante para ti? ¿Por qué?

-No lo sé. A lo mejor llevo tanto tiempo perdido que quiero saber lo que es encontrar el camino.

Cecilia guardó silencio mientras hablaba. Al igual que él, se quedó mirando la pared de enfrente.

-Estoy viendo a un hombre. Es un político. Del ayuntamiento.

Dejó salir una bocanada de humo. Enrique se giró en el suelo a mirarla.

-No prometo nada, pero puedo intentar averiguar si sabe algo de tu barrio.

– ¿Por qué?

-Me gustó lo que dijiste. Lo de estar perdido, y encontrar el camino. Me recordó a alguien.

No añadió nada más. Enrique guardó silencio, y ella le paso la mano por el pelo sudoroso, aplastándoselo junto a las entradas.

-Pero quiero algo a cambio, ¿sí?

Desde el suelo, Enrique asintió. Cecilia dio otra calada antes de hablar.

-Me ayudarás a volver a México.

XXXVI

Esteban Crespo la llevó al restaurante Puerta 57, en el Santiago Bernabéu.

Les dieron la mesa más próxima a un ventanal desde el que se podía ver el campo, cerrado en esa época del año a la espera del inicio de temporada. En las gradas azules, igualmente vacías, podía leerse «Real Madrid´´ en letras grandes y blancas.

La iluminación era cálida, los manteles blancos y los asientos estaban forrados para resultar agradables al tacto. Un camarero aparecía cada cierto tiempo para volver a llenar de vino sus copas.

Sonrió con la amabilidad forzada de quien espera una buena propina.

Cecilia pensó con amargura que, de tener más clientes como Esteban, ya habría reunido el dinero para varios viajes a México.

– ¿Te gustan las vistas? – preguntó el político.

-Sí- contestó ella, que nunca antes había visitado el interior del Bernabéu.

-A mí también.

Cecilia sonrió. Mientras pelaba una gamba con la boca, se inclinó para que su escote continuara surtiendo efecto.

Junto con el vino, era su principal aliado aquella tarde.

-Hay algo que quiero decirte- se lanzó.

-Adelante.

-Hace poco heredé un dinero. Pensé en comprarme una casa.

Esteban torció ligeramente el gesto, temiendo que le pediría dinero. Se apresuró a explicarse.

-Me preguntaba si podrías recomendarme algún sitio. Sé que estás en la consejería de urbanismo.

Sus palabras surtieron efecto inmediato. Esteban bebió vino de su copa, más relajado.

-¿En qué zona habías pensado?

-Quizás por la castellana. Hacia la zona norte. Hay un barrio por ahí que parece muy tranquilo.

-Entiendo. Por esa zona te recomiendo las ochocientas.

-Ah, ¿así es que le dicen ahora?

-Cuando yo era joven, todo el mundo lo conocía como las ochocientas. Ahora pocos lo llaman así, incluso vecinos de la zona.

La acompañante de Esteban sacó el móvil y buscó imágenes del barrio, fingiendo con naturalidad.

-¿Es este?- dijo, enseñándole las imágenes. Él asintió- Se ve apagado. Como un barrio fantasma.

-Ahora es así, pero…no sé si debería contarte esto.

-Dime.

-Es un proyecto del ayuntamiento. Aún no se ha hecho público. ¿Puedo confiar en ti?

-Sabes que sí.

-Bien. Pues la ampliación de la castellana va a revalorizar toda esa zona. Queremos convertirla en una puerta de entrada a Madrid. La puerta norte.

-Entiendo.

-Por eso te conviene adelantarte, y comprar algo ahora. Cuando esto se haga público, los precios se dispararán.

Esteban sacó también su móvil, y buscó algo. Cuando lo encontró, enseñó a Cecilia la página web de una inmobiliaria, «Armesilla e hijos´´.

-Esta empresa es la que va a mover el proyecto. También tienen planes para el barrio, quieren remodelarlo. Hacerlo más atractivo.

Mientras miraba la página con interés, notó la atención de Esteban concentrada en ella.

-Y tú eres justo el tipo de inquilina que les interesaría.

Cecilia sonrió. Aquel día, como siempre que se veía con él, se había puesto elegante. Llevaba un vestido blanco de verano hecho de lino. Sencillo. Agradable al tacto y a la vista.

-Entonces, ¿debo llamarles?

-Claro. Di que vas de mi parte.

-De acuerdo.

Tras apuntar el nombre y el teléfono de la inmobiliaria, le devolvió el móvil. Justo en ese momento, les trajeron los segundos platos.

-Tienes hambre, ¿eh? – preguntó mientras le veía atacar el segundo, un plato de cordero ahumado.

Esteban la miró de arriba abajo con poco disimulo. Sonrió mientras masticaba el primer trozo de carne.

-Ni te lo imaginas.

XXXVII

-Enrique, ya relájate, o no te verás natural.

Los tacones de Cecilia sonaban en el suelo de grava que llevaba a la entrada de la inmobiliaria, situada en la zona de la moraleja.

-No se me da tan bien disfrazarme como a ti- dijo él, que se había puesto un traje con corbata y peinado el cabello hacia atrás, con algo de gomina- Parezco un payaso.

Cecilia lo cogió suavemente del brazo mientras cruzaban la puerta de entrada. Sintieron la frescura artificial del aire acondicionado bañando sus cuerpos, en contraste con el calor del exterior.

Dieron en recepción el nombre de la persona con la que habían concertado la cita, y la secretaria les indicó el piso donde la encontrarían.

Cecilia se reencontró con aquellas sonrisas artificiales, destinadas a quien tenía el dinero.

– ¿Te digo algo? – comentó mientras subían en un ascensor de puertas acristaladas.

-Di.

-Te parecerá chistoso. Pero este sitio me hace sentir como una puta. Solo que acá no te abres de piernas, y eres tú quien abre la billetera.

Enrique exhibió una mueca irónica. Con un sonido, el ascensor indicó que ya habían llegado a su destino. Las puertas se abrieron.

Lo primero que vieron fue una fuente de la que brotaban tres chorros de agua. Tras estos, iluminado, el logo de la empresa: «Armesilla e hijos´´.

Una alfombra gris atravesaba el pasillo, conduciendo hasta dos puertas de roble abiertas. Al otro lado de estas, el corazón de la inmobiliaria.

Enrique y Cecilia se abrieron paso por estrechos pasillos llenos de oficinistas, teléfonos sonando y empleados hablando por un pinganillo frente a ordenadores encendidos donde se llevaban a cabo operaciones y se cerraban ventas.

Incluso en agosto, la industria del ladrillo no dormía.

La mujer con la que concertaron la cita, Patricia, tenía su propio despacho, situado detrás de una cristalera con cortina. Rubia, con el pelo recogido, transmitía profesionalidad. Les extendió una mano de uñas perfectamente recortadas.

Enrique se fijó en cómo había colocado, estratégicamente, una fotografía de su familia sobre la mesa para resultar más cercana.

-Bueno, decidme. Por cierto, antes de que se me olvide- dijo, tomando asiento y cogiendo de un cajón unos bolígrafos en los que aparecía grabado el nombre de la empresa- Los damos de regalo con la primera compra. Por si os interesa.

Declinaron la oferta con amabilidad.

– ¿Habíais pensado qué zona del barrio os interesaba?

-Estamos abiertos a sugerencias- comentó Enrique.

-Perfecto, Javier. Bueno, pues como le había dicho a Laura, aquí tengo unas propuestas de pisos que os pueden interesar.

Giró el ordenador sobre su mesa para que pudieran verlas. A Enrique no se le escapó la forma en la que aprovechaba la más mínima ocasión para decir los nombres falsos que Cecilia le había dado.

Era una hábil forma de tender puentes con el cliente haciéndole saber que existía.

Al menos, hasta que pagara.

Esteban Crespo no fue mencionado en la conversación, pero sintieron su presencia tras el tono forzadamente amable de cada palabra.

Aguantó diez minutos y, con la excusa de ir al baño, se levantó para hacer aquello a lo que había ido realmente: husmear.

Pronto se dio cuenta de que la ebullición que transmitía el lugar le daba una ventaja, pues todo el mundo estaba demasiado ocupado para dedicarle atención. Se paseó un poco para que se acostumbraran a su presencia, la normalizaran y bajasen la guardia.

Incluso sonrió a un par de empleados.

Pasada esta primera fase, se detuvo frente a un despacho vacío, situado junto a un cartel que indicaba la salida de incendios más próxima.

Leyó el nombre grabado en la puerta para saber si tenía algún interés, y vio que sí. Antes de ir, había estudiado el organigrama de la empresa en internet.

Aquel nombre, Eduardo Navarro, era de los que figuraban más arriba.

Tras lanzar una mirada a los empleados más cercanos y comprobar que nadie estaba pendiente de él, entró.

El despacho era más grande que el de Patricia. La mesa era de caoba, y sobre esta había un café humeante a medio beber. Por una ventana se veía el tráfico de una carretera poco transitada de la zona norte.

Se acercó a la mesa, donde había varios papeles con información de anteproyectos. Estaba todo algo desordenado, y en principio nada captó su atención.

Entonces, observó la esquina de una hoja sobresalir de debajo del montón. Tiró de ella, y la suerte le sonrió.

La esquina superior izquierda de la hoja tenía escrito el nombre del barrio. Bajo este, podían leerse dos filas numéricas sin orden ni sentido aparente, cada una escrita con un color diferente.

A la izquierda, una fila de color rojo mostraba una serie de cantidades. Varias de ellas habían sido tachadas. A la derecha, otra fila azul mostraba otras cifras. Se fijó en que las de la derecha eran superiores en todos los casos.

-Perdone- dijo una voz a su espalda- ¿Qué hace aquí?

Enrique se quedó paralizado unos segundos, pero reaccionó rápido. Simulando una tos, arrugó la hoja hasta convertirla en una bola, y cerró el puño sobre ella.

-Perdone- dijo, dirigiéndose al dueño del despacho, un hombre trajeado, con canas y expresión suspicaz- He venido a informarme. Para lo de los pisos y tal.

-Yo no me encargo de eso- respondió el otro. Su tono estaba en una peligrosa zona intermedia entre la neutralidad y la amenaza.

-Me habían dicho que hablara con usted.

-¿Quién se lo dijo?

-La secretaria. No me acuerdo del nombre.

Eduardo lanzó una mirada a la mesa, y luego a Enrique. A lo largo del escrutinio, este luchó por mantener la compostura.

La mano donde había escondido la hoja arrugada le sudaba.

-Espere aquí- dijo finalmente, y salió del despacho.

Permitiéndose respirar por primera vez en el último minuto, Enrique le observó mientras se alejaba, envuelto en una sinfonía de teléfonos sonando.

Cuando le vio atravesar las puertas de roble, supo que era el momento. Escapó por la puerta de incendios que antes había visto señalada, y marcó en su móvil el número de Cecilia.

-Me han descubierto. Sal de ahí. Te veo fuera- dijo escuetamente, antes de colgar.

-No manches, ¿en serio? – soltó esta, que seguía reunida con Patricia. Al otro lado de la línea ya no había nadie, pero continuó la comedia tratando de aparentar normalidad.

-Disculpe, ¿le importa? Vengo ahorita- dijo, tapando el auricular y dirigiéndose a la otra, que indicó amablemente que no pasaba nada. Sonrió como gesto de agradecimiento, y abandonó el despacho sin dejar de hablar.

-Pero, ¿es en serio? – seguía diciendo mientras cruzaba la puerta. Fue la última vez que Patricia la vio.

Cuando Eduardo volvió, encontró el despacho vacío. Por orden suya, seguridad registró el edificio, pero fue él quien reparó en que la puerta de incendios estaba entornada.

La abrió con brusquedad, y maldijo en voz baja.

XXXVIII

Sentada en la terraza donde conoció a Cecilia, Ana fumaba.

A su alrededor, todo era ruido de conversaciones. La terraza estaba a rebosar. Ella, en cambio, observaba en silencio el tráfico.

Había pasado el día buscando casa, sin éxito.

Las gotas que soltaba el sistema de refrigeración bajo los toldos de las mesas se adherían a su vestido de verano, negro y con lunares blancos, como una fina capa de rocío.

Dejó salir el humo. Sostenía el cigarro, cuya punta estaba inclinada hacia abajo, con dos dedos. En estos destacaba el azul del que había pintado sus uñas.

Siguió observando el tráfico. Pensó que así era como estaba su vida.

En tránsito.

Pero, ¿a dónde?

XXXIX

Tomás Gómez, vecino del barrio de las ochocientas, recibió una visita inesperada.

-Disculpe las molestias- dijo Enrique mientras su anfitrión le servía café en la mesita del salón- seré breve.

Tomás se sentó en un sillón junto a la mesita. Esta era de cristal, y Enrique vio su reflejo al coger la taza de café.

Mientras bebía, observó las estanterías del salón, más vacías de lo habitual. En algunas de ellas se había posado polvo, pero quedaban huecos donde antes había habido objetos.

-¿Se va a alguna parte? – preguntó.

-Mi madre es una mujer ya mayor. Quiero estar más cerca de ella.

-Es comprensible.

-Dígame, ¿a qué debo su visita, inspector?

-En la página web de la asociación vecinal figura usted como miembro, ¿es cierto?

-Más bien soy lo que queda de ella.

-Leí que hace meses impulsaron ustedes una demanda contra la inmobiliaria «Armesilla e hijos´´ por inflar los precios de inmuebles adquiridos en el barrio, y por supuestas presiones a propietarios. La presidenta de la asociación, Cristina Salazar, incluso fue a los medios.

-Así es.

– ¿Qué pasó? ¿Ella ya no vive aquí?

-Ni en ningún sitio. La encontraron muerta en la ducha. Un resbalón, al parecer.

La revelación cayó en forma de pesado silencio.

-Comprendo.

Enrique sacó el papel que se llevó de la inmobiliaria. Seguía arrugado, pero era legible.

-Verá, cogí esto de la inmobiliaria. ¿Le suenan estas cifras?

Tomás cogió el papel, y lo leyó en silencio.

-Inspector- dijo, serio- Espero que no se ofenda, pero no sé qué quiere de mí. ¿No sabe, o sabe, pero necesita confirmación?

-Si se queda más tranquilo, lo hacemos así: yo le digo lo que creo saber, y usted me dice qué tal voy.

-De acuerdo.

-Creo que esas cifras se corresponden con los precios de los inmuebles. Los de la izquierda son los precios cuando los adquirieron ustedes, y los de la derecha se los han cobrado a los borjamaris que se han mudado a vivir aquí.

Tomás no dijo nada. Volvió a posar la vista en la hoja.

-Los tachados son los que han quedado vacíos, y por tanto ya pueden revender. ¿Qué tal voy hasta ahora?

-Demasiado bien. Pero, ¿qué es lo que necesita de mí?

-Me falta lo más importante. Alguien que quiera hablar.

-En eso no puedo ayudarle.

Tomás le devolvió la hoja.

-Disculpe, inspector, pero con la edad uno se va volviendo más torpe. Y las duchas son muy resbaladizas.

Con aquello, se dio por zanjada la conversación.

Antes de volver a comisaría, Enrique cruzó la castellana, yendo a parar a un mundo diferente. Caminó por la zona de las cuatro torres, inmensas. Las banderas de España, Madrid y la unión europea que se alzaban frente a una de ellas estaban quietas, caídas.

No corría nada de aire, y la sombra apenas existía salvo las pertenecientes a las torres, que se extendían como cuatro siluetas.

El calor caía a plomo sobre las calles y el asfalto.

Cerca de una de las torres, se alzaba un descampado. Allí, un cartel indicaba el próximo comienzo de las obras de un centro comercial.

Apuntó la fecha y regresó al barrio, donde se topó con un rostro conocido.

Belén, la mujer a la que vio cuando interrogó a Lorena con Carlos, la que parecía salida de un catálogo del mango, estaba allí.

Se acercó a ella, y la ayudó a subir el carrito de bebé al bordillo.

-Gracias- dijo, y se le quedó mirando- Perdone, ¿nos conocemos? Me suena su cara.

-Me lo dicen mucho. Tengo una cara muy común.

-Será eso.

-Busco piso. Me han hablado bien de esta zona, pero se ve un poco vieja.

-Mi marido y yo también nos mudamos hace poco.

-Y, ¿cómo es que vinieron a parar aquí? No se ofenda, pero no encaja usted mucho con la zona.

-Eso mismo decía mi marido. Pero, si me acepta un consejo, comprese la casa aquí. Ahora parece muerto, pero en la inmobiliaria nos dijeron que va a crecer mucho los próximos años.

-He visto lo de las obras del centro comercial.

-Y más cosas. Le van a dar una vida a todo esto impresionante.

-Vaya, pues gracias por decírmelo. Lo tendré en cuenta.

-No hay de qué.

-Por cierto, ¿se acuerda de qué inmobiliaria era?

-Soy muy mala para los nombres. Pero era algo de una villa, o parecido.

– ¿Armesilla?

-Esa, esa era. Anda que, y decía yo que villa. Menuda cabeza.

Se despidieron, y Enrique dio un par de vueltas más por el barrio.

Comprobó que no solo los pisos se ponían a la venta, sino que también los pequeños locales se iban cerrando. Entre otros, encontró una pequeña farmacia de guardia en la que ya habían colgado un cartel de «próxima apertura´´.

Buscó en internet la empresa que se anunciaba como nueva propietaria, y comprobó que tenía una cadena de farmacias por todo Madrid.

Un rato después se topó con un antiguo ultramarinos, también cerrado.

-No sabe usted qué tristeza me dio- dijo Aurora, una señora mayor que salía en ese momento del portal de al lado con un carrito de la compra.

En silencio, Enrique la comparó con Belén. Aurora, envejecida, con el pelo gris y el rostro amable pero lleno de arrugas no quedaba tan bien en un vídeo promocional.

-El dueño, majísimo- siguió diciendo ella- Toda la vida aquí. Ahora, tenemos al mercado que han abierto. A mí me viene peor porque está en la otra punta y con la artritis no estoy yo para muchos movimientos.

– ¿No hay más comercios?

-Los que había, los han ido cerrando- afirmó mientras se ponía una gorra para protegerse del calor. Bueno, voy para allá.

Se quedó quieta, observando el barrio. El calor lo cubría todo, dándole una textura especial, como un filtro o película invisible.

El silencio caía como una losa en aquella calle, y los carteles de «se vende´´ junto con los cierres de los comercios reforzaban la sensación de abandono.

-¿Le ocurre algo?- preguntó Enrique.

-Esta ciudad- comentó ella- Que te mata en silencio.

Sin más, echó a andar. El policía la vio alejarse, las ruedas de su carrito resonando en el asfalto.

XL

En contra de lo que era su costumbre, Carlos se pasó por el despacho de Enrique a última hora.

– ¿Dónde te metes? – le dijo- Últimamente cuesta pillarte por aquí.

-Trabajando.

– ¿Tú? Eso no te pega.

-Bueno, también soy policía. No vamos a estar siempre juntos en cada caso, que parecemos siameses.

-Bueno, bueno. Por cierto, como tu coche sigue hecho mierda, si quieres te puedo llevar.

-Qué amabilidad. Eso tampoco te pega.

-Aprovéchate. No sé cuánto durará.

Enrique miró la hora. Acababa de dejar de estar en servicio.

-Le estoy cogiendo el gusto al transporte público- dijo, poniéndose de pie- Pero ya que te ofreces.

Cuando fue a salir del despacho, su compañero siguió parado en la puerta.

-Enrique, ya sé que piensas que soy un capullo estirado, pero si estás metido en algún lio, puedes contármelo. En serio.

-Muy bien- dijo sin comprometerse- Lo tendré en cuenta.

Antes de salir, fueron juntos a fichar. Aquella comisaria era de las que aún usaban hoja de firmas.

Enrique echó la suya, acordándose de los sistemas electrónicos que había visto en algunas oficinas, como tarjetas deslizantes en paredes. Se sintió anticuado, una reliquia.

Mientras esperaba a que Carlos firmara, algo llamó su atención.

Usaba un bolígrafo que le resultaba familiar. Se acercó un poco más para verlo, y tuvo que contener un gesto de sorpresa.

En este podía leerse el logo de «Armesilla e hijos´´.

-Bueno- comentó Carlos cuando terminó de firmar- Pues ya estamos.

Enrique se llevó una mano a la cara, en silencio.

– ¿Te pasa algo?

-No- consiguió decir finalmente- Cansancio. Ganas de irme a casa ya.

Subieron al coche. Un rato después, pararon en un semáforo en rojo. La luz de este iluminaba el interior del vehículo.

-¿Cuánto hace que tienes este coche? – preguntó de pronto Enrique- Se ve muy nuevo.

-Hace casi un año ya.

-Te debió de costar una pasta.

-Sí, pero lo estoy pagando a plazos.

-Aun así, debes de haber tenido que hacer malabarismos, con nuestro sueldo.

-Hay que lanzarse a algún capricho de vez en cuando, ¿no crees?

-Sí. Además, supongo que cuando la vida entra por la puerta en forma de coche nuevo, tu mujer tampoco hace preguntas, ¿verdad?

Carlos no respondió. En el silencio podía escucharse el motor del coche.

-En serio, no sé qué tendrás entre manos, pero te veo muy desmejorado, Enrique. Como pálido. Pareces un cadáver.

-Si tú lo dices.

-Deberías relajarte. En la filmoteca están echando un ciclo de romanos. Igual te interesa.

-No sabía que te gustaban esas películas. Supongo que hay muchas cosas de ti que no sabía.

-Claro. Hay que dejar de ponerle tantas etiquetas a la gente. Dejar descansar esa cabecita.

El semáforo se puso en verde. Carlos arrancó.

-Tu salud me agradecerá el consejo.

Enrique se mantuvo en silencio durante el resto del trayecto.

-Mira, justo este miércoles ponen mi favorita- comentó Carlos cuando se detuvieron frente a la casa de su compañero- Deberías verla.

– ¿Cuál es? ¿Judas y el mesías negro?

-Quo Vadis. Te la recomiendo, creo que te gustará. Buenas noches.

Carlos arrancó. Enrique esperó a ver su coche desaparecer tras una esquina, y entró en el portal. De camino a casa, sacó su móvil y buscó la expresión quo vadis.

En español significaba ¿dónde vas?

Se quedó quieto. Pensativo. Alerta.

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