En cine, y en cualquier otro tipo de narrativa, algunos personajes tienen más importancia que otros. Por tanto, su presentación debe ser más trabajada. Pero, ¿cómo combinar acertadamente el texto y la imagen para resaltar esta importancia?

Veamos dos ejemplos:

Con la muerte en los talones (Alfred Hitchcock, 1959)

El personaje de Roger O Thornhill, interpretado por Cary Grant, es el protagonista de la historia, que se inicia cuando es confundido con un espía, George Kaplan.

Al tener un ritmo frenético, esta historia no se detiene en un estudio profundo de personaje, pero sí deja claro, en la presentación, el modo de vida que lleva. Cuando le conocemos, camina junto a su secretaria, organizando hasta el más mínimo detalle de ese día.

Es decir, se nos marca que es el protagonista perfecto para una historia que va a tratar precisamente de romper esa monotonía y arrojar al personaje a una espiral de eventos imprevisibles.

La escena también muestra retazos de su personalidad canalla, como cuando se sube a un taxi por delante del hombre que ya lo había llamado, inventándose que su secretaria tiene una urgencia, y deben ir al hospital.

Pero lo más importante es la forma en que Hitchcock narra el malentendido que va a dar origen a la historia.

A lo largo de la escena, aparecen brevemente varios personajes (como un ascensorista que le saluda) gracias a lo cual se nos señala que el nombre del protagonista es Thornhill. Más adelante, este se reúne con unos amigos en un restaurante mientras por megafonía llaman a George Kaplan.

Cuando el protagonista levanta la mano para llamar al camarero, la cámara hace una panorámica hasta dos hombres que están de pie junto a la recepción, y que buscan a Kaplan. Estos intercambian una mirada, creyendo que han encontrado a su hombre.

Así, esta secuencia no solo presenta al protagonista y el detonante de la trama, sino que empieza a construir el suspense haciendo que el espectador vaya por delante del personaje, descubriendo antes que este la amenaza que le acecha.

Pesadilla en elm street (Wes Craven, 1984)

En el subgénero slasher, el personaje más importante es el antagonista, y esta famosa película honra la tradición, presentando uno de los asesinos más míticos del cine: Freddy Krueger.

La primera escena en la que aparece son los propios títulos de crédito, donde le vemos fabricar lo que se convertirá en su arma característica: un guante con afiladas cuchillas. Cuando lo termina y se lo pone por primera vez, entra el título.

De este modo, convergen los nacimientos del villano, la franquicia que protagoniza y su arma principal.

Además de esta decisión narrativa, la puesta en escena aumenta el misterio en torno al personaje: la fotografía lo mantiene parcialmente en sombras, la cámara lo filma de modo que nuca se nos presenta su rostro completo.

Predominan los tonos anaranjados que recuerdan a las llamas del infierno, aumentando la sensación de maldad que el personaje transmite.

Además de esto, hay otros dos elementos: su egolatría y su humor negro, que lo distinguen de otros villanos de slasher de personalidad más plana. Ambos rasgos son presentados durante la larga escena de persecución a la que será su primera víctima: Tina.

Cuando esta le pregunta quién es, contesta, literalmente: soy Dios. Más tarde, cuando forcejea con ella, da muestras de su ilimitado poder en los sueños dejando que le arranque la cara solo para mostrarle una calavera de ojos saltones y burlarse de ella.

Con esto, no solo aparece el humor sádico del personaje (que se acentuaría en las secuelas), sino que sirve al director, Wes Craven, para introducir de forma meta el último rasgo distintivo de Freddy: a diferencia de sus predecesores en el slasher, no lleva máscara.

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