
IV
Leire
Acabado su turno de noche en el bar, Leire, la camarera a la que conoció Arturo, volvió a casa en un autobús nocturno casi vacío.
Leía «El viejo y el mar´´.
Angela, la canguro a la que contrataba cuando tenía que estar fuera de casa por trabajo, veía la televisión cuando llegó. Daban una noticia en el canal 24 horas sobre un delincuente al que habían matado en un aparcamiento no lejos de allí.
-¿Qué tal se ha portado? – preguntó mientras sacaba dinero para pagarle.
-Muy bien, se durmió enseguida.
Una vez se hubo ido la canguro, Leire se quitó el abrigo bajo el que llevaba el uniforme de trabajo.
Fue a la habitación, donde Andrés, su hijo de nueve meses, dormía profundamente. Sobre la cuna, había un atrapasueños colgado. Este giraba lentamente.
Con cuidado, le acarició el pelo y le besó en la frente.
Por la mañana, intentó darle de comer, pero el niño, que había heredado unos ojos color negro intenso de su madre, centraba la atención en los dibujos que daban por la televisión, y no respondía a los intentos de Leire por meterle en la boca la cuchara con comida.
Esta agarró un juguete, y lo agitó en el aire ante la cara de Andrés, logrando desviar el foco de su atención. Se lo puso en la mano para que jugara con él, y el niño, aceptando el canje, se dejó meter la cuchara en la boca y tragó la comida.
Un rato después, sonó el teléfono fijo.
-¿Es usted Leire García? – sonó una voz femenina, desconocida, al otro lado.
-Sí, soy yo.
-Tenemos que hablar. No me conoce. Me llamo Patricia Arribas. Trabajo en diario 17.
Leire no respondió. Conocía el medio, pero no lo había leído.
-Hoy se ha publicado una noticia en la edición digital. Sobre dos mujeres asesinadas en una peluquería de Tetuán.
-Perdone, pero, ¿qué tiene eso que ver conmigo?
-Busque la noticia, y vea si algo le llama la atención. Volveré a llamar en unos minutos.
Colgó. Leire miró el teléfono, extrañada. No entendía nada.
Buscó a la periodista en internet, comprobando que efectivamente trabajaba en ese medio. Luego, se metió en la página y buscó la noticia que le habían mencionado.
Quedó muy impresionada al ver algunas de las imágenes. No soportaba la sangre, y se preguntó dónde estaba el límite entre información y morbo. Por alguna razón, pensó en su hijo, al que había devuelto a la cuna mientras limpiaba.
Tuvo que leer dos veces la noticia, ignorando las imágenes, hasta que dio con algo que llamó su atención.
-No mencionan los nombres de las víctimas- dijo cuando la periodista, como había dicho, volvió a llamar- Solo que son dos mujeres.
Aunque Leire no era periodista, sabía que en las noticias solían incluirse frases como «las víctimas aún no han sido identificadas´´ cuando no decían la identidad. Pero en ese caso, no había nada así.
-Tenemos que vernos- dijo Patricia, confirmando que la intuición de Leire había sido acertada- ¿Conoce el centro comercial que está en la esquina del Bernabéu?
-Sí.
-Nos vemos allí mañana a esta hora. Por favor, no falte.
-Perdone, pero sigo sin entender qué tiene que ver esto conmigo.
-Mucho, por desgracia. Mañana se lo explicaré todo.
– ¿Por qué no lo hace ahora?
Silencio al otro lado.
-Prefiero no hablar por teléfono.
-Me está asustando.
-Venga mañana, por favor. Le prometo que lo entenderá todo. No hable con nadie.
Sin más, colgó. Leire se quedó al otro lado de la línea con un teléfono y un montón de preguntas.
Tuvo que insistir a Angela, pagándole un poco más de lo habitual, para que cambiara el horario y se quedara con Andrés por la mañana. No deseaba llevarlo con ella. Siempre fue desconfiada, pero ese instinto se le había agudizado desde que era madre.
Buscó varias veces más a la periodista por internet. Era joven, no aparentaba muchos más de treinta. Llevaba el pelo, negro, recogido en una trenza y usaba gafas redondas. Su mirada transmitía calma y cierta bondad.
Fue eso lo que la convenció de ir. Eso, y que la hubiera citado en un lugar público. Aún así, dejó marcado el número de la policía en el móvil.
Llegó puntual al centro comercial, donde acababan de instalar una puerta giratoria. Se sentó a la mesa de una cafetería cerca de la entrada, donde se pidió un café y se dedicó a esperar.
Por alguna razón, pensó en Andrés.
La periodista, Patricia, aparcó frente al centro comercial diez minutos después. Al mismo tiempo que ella, otro coche aparcó en doble fila unos metros más allá.
El conductor llevaba gorra y el cuello de su abrigo muy subido, ocultando parte de la cara. En la misma mano en la que sostenía un paraguas pese a que aquel día estaba despejado llevaba un tatuaje en forma de telaraña.
Subió los escalones de acceso al centro comercial a cierta distancia de Patricia. La suficiente para no llamar la atención.
Cuando esta entró en la puerta giratoria, colocó el paraguas, bloqueando esta y dejándola atrapada.
Patricia giró la cara con tiempo suficiente de ver el arma que apuntaba hacia ella, y la mano con el tatuaje que la sostenía.
La bala atravesó el cristal de la puerta, y entró limpiamente a través de su ojo.
En pocos minutos, el pánico se apoderó del lugar. Algunos gritaban, otros intentaban mover la puerta sin éxito. Los primeros en llegar vieron como un coche fuera arrancaba y, tras estar a punto de chocarse con otro vehículo, huyó a gran velocidad.
Leire acudió, atraída por los gritos, y enseguida retiró la mirada.
Patricia aún estaba dentro de la puerta giratoria, con una bala alojada en el ojo.
Decidió marcharse rápidamente. No deseaba estar allí cuando llegase la policía. No porque fuera culpable, sino porque si alguien la relacionaba con la víctima no podría explicar qué hacia allí.
No era la primera vez que se las veía con la policía, y si conservaban su ficha, no saldría bien parada.
Cuando llegó a su portal, esperó unos momentos para entrar. Respiró hondo, intentando calmarse, pero las manos le temblaban cuando sacó las llaves.
Habían dejado algo en su buzón. Se acercó a mirar.
Era una rosa blanca.
Leire subió rápidamente las escaleras. Algo, además del miedo, se activó dentro de ella.
Una vez en casa, pagó a Angela y le dijo que se marchara. Intentó aparentar calma, pero una vez se quedó sola, sacó una maleta y empezó a meter dentro ropa y todo lo que pudo encontrar que le pareciera imprescindible.
Consultó los horarios de autobuses que salieran de Madrid, y cogió dinero.
Andrés estaba despierto. Lo sacó de la cuna, y salió de casa.
El frio de noviembre le golpeó el rostro al salir. Echó a andar hacia el metro. Aún no sabía a dónde se dirigiría, pero llevaba consigo todo lo que necesitaba: un niño, dinero y una maleta.
A medida que se alejaba de la que había sido su casa el último año, repasó todo lo que había ocurrido. La llamada de la periodista, aunque le costara la vida, fue lo mejor que pudo pasarle. Le dio algo que las otras no tuvieron: la puso en alerta.
El metro estaba bastante lleno, así que decidió abandonarlo y tomar un taxi en su lugar. Un blanco en movimiento, pensó, era más difícil.
Comenzó a repasar una a una todas las piezas de aquella historia durante el trayecto.
V
Arturo
Una llamada inesperada cambió el rumbo de la investigación.
-Llamé a comisaria- afirmó Leire al otro lado de la línea- Me dijeron que el caso lo llevaba usted.
Arturo tuvo una sensación extraña al oírla. La voz le producía un vago recuerdo, pero no lograba identificarlo.
Estaba parado con el coche en un semáforo cuando recibió la llamada. El cielo estaba gris, encapotado. Pero no acababa de romper a llover.
Finas gotas de algo entre el agua y la nieve golpeaban el cristal.
– ¿Quién es usted?
-Prefiero no identificarme de momento. Pero tengo algo que le puede interesar.
-No es así como acostumbro a trabajar.
-Tendrá que hacerlo esta vez, o desapareceré. Lo siento, pero no es solo mi vida lo que está en juego.
El policía sintió la tentación de preguntarle dónde estaba, pero sabía que sería inútil. Creyó oír, sin embargo, el sonido de tráfico muy cercano.
Como si hubiera una carretera justo al lado.
-Diga, ¿acepta?
– ¿Tengo otra opción?
No hubo respuesta. El semáforo cambió a verde, y arrancó.
-Valeria Gascón.
– ¿Quién es?
-Investíguela.
– ¿Eso es todo?
-Por ahora, sí. Investíguela. Volveré a llamarle. No intente localizar la llamada o encontrarme, de lo contrario desapareceré.
No hubo nada más. Colgó.
Arturo no tardó en encontrar a Valeria con la ayuda de internet. Se topó con su fotografía en un artículo.
Tres meses antes, alguien había sacado su coche de la carretera. Luego, le habían puesto una bolsa de plástico en la cabeza y le habían apuñalado la cara a través de esta.
¿Mismo asesino? Valía la pena comprobarlo.
Antes de su muerte, Valeria había pasado unos meses trabajando en una cafetería de Burgos. Tras informar a Ricardo de sus avances en el caso, Arturo se dirigió allí.
El policía que se encargó de investigar aquel crimen le recibió en su despacho de la comisaría. Pequeño y discreto, resultaba sin embargo acogedor. Contribuía a ello la calefacción, que mantenía el despacho a casi veinte grados.
De nombre Ángel, era un agente joven, en torno a los cuarenta. Arturo no pudo evitar una sonrisa irónica, pensando que era uno de esos a los que, cuando en la academia les preguntaban por qué querían ser policías, decían que «para servir y proteger´´.
Lo imaginó posando para la portada de alguna revista mientras bajaba a un gato de un árbol. Sintió ternura.
-Era una chica muy solitaria- dijo mientras se metía en la boca uno de esos chicles que se usaban para dejar de fumar, y ofrecía otro a Arturo, que lo rechazó- No muchos la conocían fuera del trabajo. Lo raro es que allí se hacía llamar Rosa.
– ¿Huía de algo? O alguien.
-Esa es la hipótesis que manejamos. Sobre todo, con la historia que nos contó su jefe.
Arturo levantó la mirada. Por primera vez, se sintió intrigado.
El episodio que le relató el policía tuvo lugar tan solo un mes antes del crimen. Aquel día, la cafetería estaba llena.
Valeria, que en el trabajo respondía al nombre de Rosa, servía como podía a las mesas, y atendía las peticiones de otras, que se quejaban de la tardanza y en algún caso amenazaban con irse. Pasó la mañana entre las mesas y la cocina.
En una esquina estaba sentado un hombre. Según explicaron a Ángel, no era un cliente habitual. De hecho, el jefe aseguró no haberlo visto antes. Llevaba gafas oscuras, su pelo era gris plateado y vestía con elegancia. Aparentaba unos sesenta años.
Valeria le sirvió un café sin fijarse apenas en él, tal era la cantidad de trabajo a la que tenía que hacer frente.
Se detuvo, no obstante, al escuchar el comentario que hizo el otro de pasada.
-Gracias, Valeria.
La camarera se giró, obviando por un momento al cliente que, desde la otra esquina del establecimiento, le hacía un gesto para que le trajese la cuenta. Al hacerlo, observó por primera vez al hombre con detenimiento.
El rostro le cambió.
-Me llamo Rosa.
-Claro, Valeria.
El cliente al fondo volvió a insistir. La camarera lo usó como pretexto para alejarse, pero el hombre insistió.
-Gascón- dijo, cortante. Su voz tenía un matiz áspero, como el roce de una cuchilla de afeitar contra una piel arrugada- Te llamas Valeria Gascón, y eres de Madrid.
-Perdone, ¿nos conocemos? – se revolvió ella, intentando aparentar firmeza. Pero estaba visiblemente nerviosa.
El hombre no respondió enseguida. Se limitó a mirarla a través de sus gafas oscuras. Agarró la silla, y salió de detrás de la mesa.
No era una silla corriente, sino de ruedas.
-Dímelo tú- espetó.
Fue entonces cuando Mario, jefe de Valeria, intervino. Había estado hasta ese momento intentando calmar a unos clientes muy nerviosos que preguntaban el motivo de tanta tardanza en el servicio.
– ¿Ocurre algo? – dijo, poniéndose al lado de Valeria.
-Este señor- dijo, señalando al otro con el mentón y cruzándose de brazos para intentar ocultar su nerviosismo- Me confunde con otra.
No hubo respuesta. El cliente sonrió de forma misteriosa, y dejó dinero sobre la mesa. Después, impulsó la silla de ruedas en dirección a la puerta.
-Ya sé lo que haces cuando no te gusta alguien. Adiós por ahora, Valeria. Gracias por el café.
Acabada la narración, Arturo reflexionó sobre lo que había escuchado, y trató de unir los puntos.
– ¿Llegaron a saber quién era ese cliente?
-No. Según su jefe, negó conocerle. Pero el tenía la impresión de que mentía.
-Yo también. ¿Tiene el informe del caso?
-Claro.
-Necesitaría una copia. Otra cosa más, ¿encontraron alguna rosa blanca entre las cosas de la víctima?
Ángel guardó silencio. Se reclinó en el asiento y observó al otro con más atención.
– ¿Tiene esto algo que ver con su caso?
-Podría ser.
-De ser así, me gustaría estar informado. No es la primera vez que son opacos desde Madrid.
Arturo guardó silencio. No era tan ingenuo como había creído en un principio. Pero tampoco tenía mucho margen de maniobra, y ambos lo sabían. Decidió darle algo, aunque fuera poco.
-Estará informado de cualquier avance. Por mí directamente.
Le tocó a Ángel guardar silencio, y sopesar sus opciones antes de pronunciarse. Como Arturo había imaginado, cedió.
-Sí, se encontró una rosa blanca en el buzón de la víctima. Pero no fue lo que más me intrigó de este caso. Intenté indagar en el pasado de la víctima, buscando una conexión con ese cliente.
– ¿Y?
-Nada. Antes de la cafetería, como si se la hubiera tragado la tierra.
-Comprendo. ¿Tiene alguna hipótesis?
-La tengo, sí. Justamente por eso, no me gusta este caso.
Jugueteó con un bolígrafo en la mano, nervioso, antes de continuar.
-Creo que alguien tiene mucho interés en ocultar el pasado de la víctima. Alguien de un lugar alto.
Arturo asintió. Se colocó su sombrero, dando por zanjada la reunión.
-Infórmeme, pero tenga cuidado- añadió Ángel antes de que se levantara- Podemos haber pisado la cola de un tigre.
Cuando volvió a Madrid, ya era de noche.
Buscó algún sitio donde cenar algo ligero, pero muchos de los sitios que encontró ya habían echado el cierre.
Decidió parar en un kebab de Lavapiés, aunque no era para nada su estilo.
Estaba casi vacío. Sonaba música árabe, y el dueño, Hassan, limpiaba la barra tras el mostrador. Una mujer y su hijo, de unos diez años, terminaban de comer unos durum en una de las mesas.
Arturo se metió las manos en los bolsillos de forma instintiva, y pidió aquello que fue capaz de pronunciar medianamente.
Comió en silencio, sentado en una esquina.
Fuera, el frio arañaba los cristales de la entrada, produciendo vaho en contraste con la temperatura más cálida del interior.
Arturo notó la presión dentro de su cabeza.
El tumor, se dijo. El maldito tumor. La última vez que lo vio reflejado en una radiografía, tenía el tamaño de una canica.
Se levantó y fue al baño, llevándose un vaso. Allí, bajo una bombilla que parpadeaba, abrió con manos arrugadas y temblorosas el bote con la medicación que le aliviaba el dolor en casos como ese.
Desenroscó el tapón con más fuerza de la pretendida, y un par de pastillas cayeron al fregadero. Consiguió atraparlas antes de que alcanzaran la negra boca del desagüe.
Tragó, sabiendo que solían tardar en hacer efecto.
Fuera, se abrió la puerta. Hassan levantó la mirada, con su mejor sonrisa de vendedor preparada, para recibir a un nuevo cliente.
Pero lo que vio le congeló dicha sonrisa.
-El dinero- dijo el recién llegado, que ocultaba su rostro con una capucha, y le apuntaba con un arma- Vacía la caja. Ahora.
La puerta, que había quedado entreabierta, dejó pasar el frío. Este arañó la piel de los presentes como una cuchilla. La madre agarró a su hijo y lo acercó a ella, pero no a causa de la temperatura.
-Que nadie haga tonterías- dijo, girándose para apuntarles también a ellos. Sostenía la pistola con firmeza, sin temblar, y el tono de su voz transmitía autoridad sin elevarse más de lo necesario. No era su primer atraco.
Hassan aprovechó que no le miraba para lanzar un rápido vistazo a la puerta del baño, de donde Arturo aún no había vuelto.
-Vale, vale- dijo, en el tono más calmado que fue capaz- Mantén la calma tú también, ¿de acuerdo?
El otro no dejó de apuntarle. Hassan abrió la caja, y empezó a sacar el dinero, que iba colocando después sobre el mostrador para que el atracador pudiese verlo. Maldijo por lo bajo. Justo esa semana había quedado con los de la empresa para que le instalaran cámaras.
Tomó esa decisión tras varios ataques racistas, y otro atraco hacia casi un año. Si se paraba a pensarlo, era casi irónico.
Sin embargo, las cámaras no eran la única medida de protección en la que había pensado.
-Date prisa- insistió el atracador. Hassan asintió, y siguió colocando el dinero ante él con una mano mientras deslizaba lentamente la otra hacia el arma que guardaba bajo el mostrador.
Tras ellos, la mujer había sacado el teléfono y marcaba el número de la policía bajo la mesa.
Hassan decidió jugárselo todo a una carta. Reunido ya todo el dinero sobre el mostrador, empujó este de forma deliberadamente fuerte, de forma que parte del mismo cayó al suelo.
El atracador le miró, y luego al dinero. Tras un momento de duda, se agachó a recogerlo.
Aquella fue la oportunidad que el dueño había estado esperando. Sacó el arma y apuntó con ella al atracador. Un grito de la mujer ante el inesperado giro puso a este sobre aviso.
Se revolvió, y le pegó un tiro en la cabeza a Hassan, que se desplomó sobre el mostrador, manchando de sangre algunos billetes. El hijo de la mujer comenzó a llorar.
Una voz sonó en el teléfono de esta, indicando que su llamada había sido atendida.
-Socorro. Calle de la…¡¡¡NO!!!
Fue todo lo que alcanzó a decir. El atracador apuntó hacia ella, y solo tuvo tiempo de interponer el cuerpo entre el arma y su hijo antes de que una bala les atravesara a ambos.
Arturo escuchó los disparos en el baño. El dolor aún no se había mitigado, pero eso no apagó su instinto de viejo policía.
Sacó su arma.
Fuera, la música árabe que seguía sonando creaba un fuerte contraste con la situación que encontró: la caja abierta y vacía, el dueño muerto sobre la barra y la madre intentando aún proteger a su hijo tras la muerte.
En el suelo, la voz del teléfono intentaba aún establecer contacto. Cuando cesó, Arturo supo que no tardarían en localizar la llamada.
Decidió no esperarlos, y salió a la calle.
Estaba casi vacía. En una parada, un joven esperaba el autobús y miraba al móvil con unos cascos puestos.
No era de extrañar que no hubiese oído los disparos.
Detectó a otra persona. Caminaba por una calle estrecha, en dirección contraria al kebab. Andaba a paso tranquilo. Ni muy rápido, ni muy lento.
No le habría llamado la atención de no ser por un detalle: contaba dinero.
Se guardó el arma, y empezó a seguirlo a una distancia prudencial. Las farolas iban iluminando sus rostros, dando paso después a breves instantes de oscuridad antes de que alcanzaran la siguiente.
Arturo pudo ver que el atracador se había hecho con una buena cantidad, pese a que cada vez más gente pagaba con tarjeta.
Preparó el arma. La sensación de adrenalina que le había invadido tras matar al ladrón del aparcamiento regresó. Se sintió invadido por ella, dejando que guiara sus pasos en la noche.
Observó al atracador, que allí fuera parecía uno más. Recordó lo que había pensado muchas veces de gente como él, los que estaban al otro lado de la ley. No tenían límites, ni necesitaban una orden para entrar en los sitios.
En cambio, ser policía era como ser un perro de presa. Con una cadena muy corta.
Pero, en aquella estrecha calle, no había cadena. Solo un arma, dos hombres y dos familias que al día siguiente se lo agradecerían, aunque no lo reconociesen.
Su desprevenida víctima era un blanco seguro. Se preparó para disparar.
No llegó a hacerlo. El tumor, que hasta ese momento había estado emitiendo señales de dolor en una frecuencia baja, decidió subir el volumen.
Arturo se llevó la mano a la cabeza, y tuvo que apoyarse en la pared. El hombre que caminaba ante él se giró un momento y le miró extrañado, sin llegar a ver el arma ni sospechar lo que había estado a punto de pasarle.
Siguió caminando, apretando el paso.
El policía maldijo por lo bajo mientras sintió la presión desde dentro. Guardó el arma, y sacó en su lugar el teléfono.
Con dedos temblorosos, marcó el número del hospital.
Horas después, el dolor comenzó a remitir. Sin duda, pensó, las pastillas comenzaban a ejercer su influencia. Aunque les dijo a los médicos que las había tomado, le añadieron un relajante por vía intravenosa.
Pasó la noche en el hospital. Su habitación tenía un gran ventanal que le permitía ver Madrid. Observó sus grandes edificios, su gris impersonal, sus ventanas iluminadas como bengalas en la noche.
Un cielo raso, sin nubes, coronaba la ciudad. El frío se filtraba por este, y descendía sobre las calles a modo de espiral invisible.
-¿Alba?- preguntó Arturo, tembloroso, entre las sombras de la habitación. Enseguida vio que solo era una enfermera joven, de pelo negro rizado, que venía a cambiarle el gotero.
Hacía mucho que no nombraba a su mujer, se dijo. Pero a veces el tumor le provocaba pequeñas alucinaciones, y le hacía confundir rostros.
Volvió a mirar la ciudad. Sus labios arrugados se curvaron en una sonrisa amarga al comprobar que el pequeño bastardo seguía haciendo de las suyas ahí dentro.
Una araña gigante caminaba sobre la ciudad.
VI
La araña
Madrid, octubre 2003
La cuchilla atravesó la calabaza limpiamente.
Con firmeza, la mano que la sostenía fue dibujando un rostro de sonrisa inquietante y alargada, y unos ojos simétricos.
Al acabar, colocó una vela dentro de la calabaza, ya vacía. La luz de esta le otorgó un cariz especial, fantasmagórico.
Como si tuviera vida propia.
La araña tenía trece años. Vivía con sus tíos desde aquellas navidades en las que una bala se llevó la vida de su madre, Lucía.
Pese a que nunca tuvo amigos, aquella noche le habían invitado a una fiesta de Halloween en casa de un compañero, Jorge, y de su hermana Almudena.
Su tía, Magdalena, no pudo evitar sentirse aliviada. Por mucho que le doliera reconocerlo, pensó mientras buscaba un sitio donde colocar la calabaza que acababa de decorar, y por mucho que no se correspondiera con los sentimientos de una cristiana, aquel niño le daba escalofríos.
Empujó los libros de una estantería a un lado, haciendo hueco para la calabaza, y la colocó allí. Dio un par de pasos atrás, para comprobar cómo quedaba. Quedó satisfecha.
Pensó en su hermana, muerta porque a un vecino se le había disparado un arma, y sintió un escalofrío. Cuando el niño llegó a ella y a su marido, Vicente, pensó que era una muestra más de los retorcidos renglones con los que Dios a veces escribía.
Había perdido a una hermana, pero había ganado un hijo justo cuando pensaba que ya no lo tendría. No pudo evitar alegrarse, aunque no sabía si debía.
Eso fue al principio.
Luego, empezó a sentir un rechazo gradual hacia su sobrino. Apenas hablaba, observaba durante largo rato en silencio, no solía reír.
Su marido le pidió que tuviese paciencia, que el niño había pasado por algo muy duro. La tuvo, pero ya no creía que fuese solo por lo ocurrido. Aquel chico era…diferente. No sabía explicarlo. A veces, en los momentos más insospechados, la asaltaba un extraño pensamiento.
Era como si el niño no tuviese alma.
Ajeno a los pensamientos de su tía, el futuro asesino terminaba de ponerse el traje en su habitación. Había optado por hacer agujeros para los ojos a una sábana vieja, y colocar una cadena en torno a la cintura de esta, atada a una esfera hueca.
Salió para comprobar el efecto de su disfraz. Magdalena se le quedó mirando. No logró descifrar su expresión.
Cogió una cesta con caramelos, pues todos los chicos se habían puesto de acuerdo en que llevarían algo. Recordó que no volvería más tarde de las once, y salió de casa. Su tía le vio irse desde el marco de la puerta.
Un fantasma, se dijo. Era irónico. Muchas veces pensaba que el niño era justo eso.
La araña caminó por la calle. A su alrededor, solo veía gente disfrazada. De un autobús bajó un grupo de zombis, vampiros y brujas. Dos chicas charlaban en un banco. Una iba vestida de gato, y la otra simulaba que le habían atravesado la sien con un cuchillo.
Anochecía. Las farolas comenzaron a encenderse.
La araña observó un fenómeno curioso, imperceptible al resto. A medida que caminaban bajo las farolas, las sombras de las personas crecían para luego encogerse y desaparecer. El proceso se repetía al llegar a la siguiente farola.
Años después, recordó esa imagen y le vino a la mente una reflexión.
Dentro de las personas parecía haber una parte que se liberaba en Halloween. Por unas horas, se expresaba a través del disfraz, como una segunda piel. Luego, como les pasaba a las sombras al abandonar las farolas, disminuía hasta quedar oculta.
Esperando, debajo del otro disfraz, el que las personas llevaban puesto el resto del año, el momento de volver a salir.
Cuando llegó a casa de Jorge y su hermana, ya estaban todos allí.
Vivían en un apartamento de su misma zona, Carabanchel. Pero, al contrario que el suyo, era un apartamento más espacioso y con una decoración que transmitía cierto lujo. Mientras comparaba ambos, empezó a desarrollar una idea que años después definiría su pensamiento.
Unos arriba. Otros abajo. No había razón. Solo caos.
Pura arbitrariedad.
Aquel día, sin embargo, la decoración había sido ocultada en parte por los adornos para la fiesta. Una telaraña falsa cubría los muebles, cubierta con arañas de plástico. Una mesa había sido usada para colocar varios baldes con comida.
En uno de ellos había unos dulces con forma de calabaza. Otro lo habían llenado de un líquido rojo que recordaba a un ponche y que más tarde comprobó que era zumo. En él flotaban ojos de plástico.
Los padres de Jorge y Almudena habían salido unas horas para dejarlos solos. No era de extrañar, pensó el recién llegado. Almudena, rubia y con una cara redonda con pecas en la nariz, era una de esas niñas que, si se lo proponían, conseguían cualquier cosa de los adultos.
De fondo, lo suficientemente alta como para dar atmósfera a la fiesta, pero no tanto como para llegar a molestar a los vecinos, sonaba la banda sonora de «Pesadilla antes de navidad´´.
Se sentó en un sofá, con algo de comida. Tras dejar los caramelos junto a lo que trajeron los demás, ya no interactuó con nadie. Nadie interactuó con él.
Estaba rodeado de los que habían sido sus compañeros desde primaria. Sin embargo, los sentía extraños.
Intentó recordar desde cuándo era así. De pequeño, algunos niños habían ido a sus fiestas de cumpleaños. Eso era cuando aún vivía su madre. Luego, la gente simplemente fue desapareciendo.
Miró a Blanca. Charlaba con una amiga bajo la lámpara del salón, también decorada con telarañas. Tenía una piel fina, clara, a juego con su nombre. Una araña de plástico colgaba de un hilo justo sobre su cabeza.
Sonreía. En su vestido llevaba manchas de sangre falsas, y la dentadura de un vampiro estaba cerrada sobre su colgante. Era uno de los disfraces más originales.
La araña la miró en silencio. Recordó que no era la primera vez que le pasaba.
-¿Te mola, o qué? – preguntó Jorge, que se había sentado a su lado en el sofá sin que se diera cuenta. Era un chico delgado, de pelo marrón arenoso. Quería ser futbolista.
No eran amigos, y no tenía ganas de hacerle confidencias. Hizo el amago de levantarse.
-Espera- insistió Jorge, cogiéndole del brazo- Es que tú también le molas a ella.
La araña volvió a sentarse. Aquello no cuadraba.
-¿Por qué crees que te invité? No nos llevamos.
Aquello, pensó la araña, sí tenía sentido.
– ¿Te lo pidió ella?
-A mi hermana. Son amigas.
-Te lo estás inventando. Si ni me mira.
-Porque le da corte.
-Venga ya.
-Que sí. Me ha dicho que quiere verte. Pero tienes que hacer lo que te diga.
Miró a Blanca, que en ese momento le daba la espalda. Aquello era demasiado fácil, se dijo. No tenía sentido.
Pero si no corría el riesgo, nunca lo sabría.
-Vale- cedió- Dime.
Un rato después, la sensación de que todo acabaría en desastre se abrió paso. Pero ya era demasiado tarde.
Estaba de pie en el baño de la casa, de un blanco inmaculado. Se había quitado el disfraz y también la ropa que llevaba, quedando en calzoncillos.
Según Jorge, Blanca se reuniría allí con él y jugarían a adultos. Algún compañero presumía de haberlo hecho, pero él no se lo creía.
Cubrió su cuerpo con los brazos, preguntándose si tardarían mucho. Era delgado, moreno, de ojos grandes pero inexpresivos. Sus dedos eran gruesos y alargados. Como las patas de una araña.
Estuvo a punto de vestirse de nuevo. Pero el pomo empezó a girar.
La cara de Jorge fue la primera que vio cuando se abrió la puerta. Detrás de él estaba su hermana, Almudena, y varios compañeros más. Se habían juntado en el pasillo para verle, y no tardaron en señalarlo entre risas.
-Eh- dijo Almudena, que llevaba una cámara en la mano- Sonríe.
Le hizo una foto, estando todavía en ropa interior. Los otros se rieron más. Por supuesto, Blanca no estaba entre ellos.
No lloró. Ni protestó. Ni les dijo que pararan. Asumió la humillación, y empezó a recoger su ropa.
Abandonó la fiesta mientras el grupo del pasillo contaba a otros lo que había pasado, y las risas aumentaban. No se quedó a escucharlas.
Tampoco fue directo a su casa. Se detuvo en un parque a medio camino, desierto a esa hora.
Sentado en el columpio, escuchó rechinar las cadenas de este. Una única farola, de luz blanquecina, iluminaba el lugar.
Balanceándose, vio su sombra crecer, intentando escapar de él, para luego disminuir cuando el movimiento se invertía. Una brisa agitó la sábana de su disfraz, así como las ramas de un árbol cercano, de hojas ya amarillentas.
Fue entonces, en medio del silencio del parque, cuando pensó por primera vez en matar.
Lo planeó cuidadosamente durante el puente del día de difuntos. Detrás del edificio donde vivía Jorge había un descampado que él y su hermana solían usar a modo de atajo para ir al colegio. Solía estar muy poco concurrido.
Perfecto para su plan.
Caminó por allí y vio que había muchas piedras de diferentes tamaños. Agarró una, no demasiado ligera pero tampoco tan pesada como para no poder levantarla. La sostuvo en sus manos.
Imaginó que un par de golpes en el cráneo de sus compañeros con una piedra de ese tamaño sería suficiente. Los sorprendería por la espalda, los golpearía y, una vez estuvieran en el suelo, dejaría que la física hiciera su trabajo.
Rápido, y relativamente limpio.
Imaginó a cualquier cura o psiquiatra llevándose las manos a la cabeza ante aquello. Pero, si lo pensaba con extrema frialdad, como solía hacer, el resto de opciones no resultaban menos agradables.
Su tío le miraría con reprobación si le contaba sus problemas en el instituto. Soltaría algún comentario en la línea de que debía defenderse. Su padre, según le dijo no pocas veces, le había amenazado con pegarle si volvía llorando a casa. Debía defenderse como él hizo.
En cuanto a su tía, no podría reprimir una mueca al saber que uno de sus acosadores era una chica. También para ella, debía ser capaz de defenderse, especialmente de una chica.
La otra opción era dejarlo pasar, centrarse en sus estudios, esperar a que la adolescencia terminara y, con suerte, tal vez convertirse en un adulto acomplejado, adicto a internet y con sobrepeso.
Comparada con todas esas opciones, la pedrada en la cabeza sonaba mucho más razonable.
Lo meditó largas horas durante el puente, y llegó a la conclusión de que ni siquiera lograba culpar a sus compañeros. Era hasta cierto punto normal que arremetieran contra lo que no entendían. Las personas eran así.
Él mismo no podía explicar por qué era como era. Pero tampoco podía evitarlo.
Tal vez, pensaba a veces, su madre habría sido capaz de explicárselo. O tal vez no. Tal vez le hubiera llevado a un psicólogo, o hubiese volcado sus frustraciones en él, como hacían muchos padres. Quizá incluso los de Jorge y Almudena hacían eso.
Nunca lo sabría. Se lo debía a aquella bala.
Cuando llegó el día del regreso a la escuela, sus planes se vinieron abajo como un castillo de naipes.
Su tío le llevó en coche al colegio. Durante todo el trayecto, llovió copiosamente. La tormenta eléctrica responsable de frustrar sus planes iluminaba las calles con chispazos de luz, seguidos del retumbar de un trueno.
Desde el coche, observó cómo la lluvia lamía las calles, incluido el descampado donde había planeado cometer su crimen.
Recordó algo que decía su tía a veces: intervención divina. Era, según ella, la forma en la que Dios dejaba su firma en el universo a través de pequeñas ironías que solo si se veían en perspectiva cobraban sentido.
¿Era aquello una intervención divina?
Sería tentador pensarlo. Al fin y al cabo, eso era la religión: un sistema diseñado para entender lo inabarcable. Nunca lo decía en voz alta porque sabía que su tía no lo aprobaría, pero a él le parecía que tenía mucho más sentido pensar en el universo como una gran broma cósmica.
Aquel día, en clase, hizo algo que no solía: se atrevió a existir.
-¿Sí?- dijo el profesor de historia al ver su mano levantada, feliz de que un alumno mostrara interés.
Fuera, la lluvia azotaba las ventanas. Estaban en una clase del último piso, estudiando el final de la dictadura y la llegada de la transición. El cielo se había nublado tanto que tuvieron que encender las luces del aula.
Solo había dos pupitres vacíos ese día: Jorge y Almudena. A la araña no se le había pasado por alto.
-Si Franco era tan odiado- dijo- ¿Por qué murió en la cama?
El profesor, de nombre Rubén, rio de forma no despectiva. Definitivamente, se alegraba de poder dialogar en una clase, en vez de hablar solo.
-Bueno, mucha gente odiada ha acabado muriendo en la cama.
-Quiero decir- insistió. Existía, y lo sabía. Existía, y quería prolongar la sensación- Parece que la gente se acabó acostumbrando.
-Bueno, tal vez solo tenían miedo, ¿no crees?
-Al principio, seguro. Pero estuvo casi cuarenta años. ¿No puede ser que la gente prefiera que mande alguien fuerte, aunque sea malo, para a cambio vivir seguros?
-Interesante punto de vista, porque esa es la visión del fascismo. El mundo bajo la supervisión de un solo líder, fuerte. Un super hombre. La realidad es que Franco amaba a España, pero de forma tóxica. Sin entender su complejidad, ni su pluralismo. Así que quiso unificarla.
-Es verdad. Pero a veces la gente prefiere un sentido al caos.
-Tiene mucha lógica lo que dices. ¿Tú qué prefieres?
-Me gusta el caos.
Rubén soltó una carcajada. Escuchó alguna otra risa a su alrededor. No eran como las de la noche de Halloween. No se reían de él. Reían con él. Le acompañaban.
-Bueno, ¿alguno quiere rebatir el punto de vista del compañero?
Fue entonces, con la lluvia atronando fuera y el profesor intentando que otros se incorporaran al debate, que se dio cuenta. Unos pupitres más allá, Blanca le miraba. No como a un mueble. No como a algo que simplemente estuviera allí.
Realmente le miraba.
No fue lo único sorprendente relacionado con ella que ocurrió ese día. Acabadas las clases, cuando salió al pasillo con la mochila colgada del hombro, le abrazó.
Se quedó muy quieto, sin saber cómo reaccionar. No estaba acostumbrado al contacto físico, ni tampoco recordaba la última vez que le habían abrazado. En su hombro, ella lloraba. Confundió su rigidez con apoyo, y se desahogó.
La araña comprendió que en ese momento solo buscaba un hombro donde poder hacerlo, y le encontró a él.
De nuevo, el azar.
-¿No te has enterado? – preguntó Blanca cuando, finalmente, pudo separarse de él con los ojos enrojecidos.
La araña negó con la cabeza.
-Jorge, de clase. Ha muerto.
No respondió. Imaginó un hilo, una fina tela de araña, desplazándose por el espacio y uniendo acontecimientos inconexos.
-Le ha alcanzado un rayo viniendo a clase. Joder, es horrible.
Se echó a llorar de nuevo.
Media hora después, la araña aún meditaba sobre el asunto mientras esperaba en recepción a que su tío fuera a recogerlo. Estaba sentado en un banco del vestíbulo, solo. Los demás compañeros ya se habían ido y, fuera, la lluvia arrasaba todo como una tromba.
Deseó realmente matar a Jorge. Lo planificó al detalle. Tenía un motivo. Le conoció. Fue su víctima.
El rayo, sin embargo, no lo conocía. Tampoco tenía ningún motivo para cruzarse con él. Eran dos fuerzas, dos cuerpos, que no tenían razón alguna para encontrarse ni coexistir. Pero lo hicieron, y Jorge estaba muerto.
Azar. Caos.
Si se paraba a pensarlo, era incluso hermoso.
Escuchó caer la lluvia, y levantó los pies del suelo. Se quedó mirándolos mientras los balanceaba, como en el columpio.
Mucho mejor así, pensó mientras no lograba reprimir una sonrisa. A él nunca se le habría ocurrido.
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