En lo que se refiere a cómics, mi infancia tuvo tres personajes: Mortadelo, Filemón y Super López.

A este último, creado por Jan y Francisco Pérez Navarro, pertenece la famosa frase «un café con leche y un croissant´´, que siempre decía cuando iba a un bar o cuando, dormido en el metro de camino al trabajo, imaginaba que hablaba con el camarero de este.

Super López nació como una clara parodia de Superman y los superhéroes de Marvel y DC, siendo la respuesta española a estos. Donde el hijo de Kriptón siempre salva al mundo con una sonrisa, su alter ego barcelonés duerme poco, tiene mal genio y un sueldo que apenas le da para comprar un coche.

Pese a que su primera etapa produjo álbumes muy divertidos y recordados como «El supergrupo´´, no tenía mayor ambición que la de ser la parodia de su primo estadounidense. No obstante, una vez Jan pasó a elaborar solo los guiones, decidió darle un nuevo rumbo.

Fue así como dio comienzo la etapa dorada del personaje, de la que «los cabecicubos´´ es su mayor exponente.

Leída de una forma superficial, la historia parece una simple aventura para niños: una fábrica que produce huevos cuadrados empieza a producir contaminación en Barcelona, y fruto de ella surge una epidemia que cuadra también las cabezas de las personas.

A causa de ello nacen «los cabecicubos´´.

Pese a que al principio esta nueva minoría sufre discriminación, a medida que la epidemia se extiende los cabezas cuadradas van haciéndose con el control del ejército y el gobierno, implantando una dictadura donde los «cabezas redondas´´ pasan a ser los perseguidos.

Super López deberá así unirse al GUA (guerrilla urbana anti cabecicuba) para combatir a este nuevo gobierno totalitario.

¿Qué es lo que hace especial a esta historia? Como dije antes, Jan le vio más posibilidades al personaje que ser solamente una parodia, y comenzó a introducir en las historias que protagonizaba elementos de crítica social.

Así, en «los cabecicubos´´ hay referencias a sucesos de la época, como una epidemia de robos que asoló Barcelona o el secuestro de Quini, jugador de fútbol.

Sin embargo, lo más importante aparece si se tiene en cuenta la época en la que se publicó la obra: 1983. Es decir, una etapa de transición donde el país acababa de salir de la dictadura, y la nueva democracia (como se vio en el golpe de estado del 23F solo dos años antes) aún era frágil.

En la historia, los cabecicubos representan claramente una crítica al totalitarismo. Ya lo dice la cita con la que arranca el cómic: «no hay nada como tener ideas fijas en la cabeza para traer de cabeza al mundo´´.

Adaptándolo al contexto español de la época, se les puede relacionar claramente con el auge del fascismo. El guion, de forma inteligente, empieza presentándolos como víctimas de una epidemia, y más tarde del miedo y la discriminación, para luego mostrar que ellos son la verdadera amenaza.

Aquí puede percibirse una crítica al blanqueamiento del discurso del odio («hay que escuchar a todos´´) y a cómo este no empieza pidiendo deportaciones masivas sino que se infiltra lentamente en las sociedades y en las mentes, normalizándose antes de mostrar su verdadera cara.

Además de por su ritmo, inventiva y un estilo de dibujo basado en la escuela franco belga, el cómic destaca por su estructura circular. Finalmente, la pandemia acaba tan repentinamente como había comenzado, y los cabecicubos van volviendo a la normalidad.

El régimen es derrocado, pero no hay castigo para sus responsables. Incluso se muestra a un general que, como cabecicubo, es uno de los más represores para luego cambiar de bando cuando se cura y presentarse como el héroe de la batalla.

Además, las últimas páginas contienen un diálogo brillante entre el jefe de López (alter ego humano de Super López), que fue el líder de los cabecicubos o primer hexaedro, y los responsables de la fábrica de huevos cuadrados que provocó la epidemia:

-Si vienen a venderme huevos cuadrados, ya saben lo que pienso.

-Cuadrados, no. Vade retro. Redondos, señor mío. Perfectamente redondos.

-Y, ¿qué tienen de especiales?

-Pues, ¿no lo ve? Que no son cuadrados.

A través de un diálogo en apariencia absurdo, Jan da una bofetada a toda la transición, retratándola como la misma mercancía, vendida bajo diferente forma.

Vale la pena recordarlo en una época donde hemos abierto la puerta a los nuevos cabecicubos.

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