
XXI
Se sentaron en una terraza junto a la calle. Escucharon el ruido del tráfico.
-Tú dirás- dijo Cecilia mientras se encendía un cigarro.
El calor ya apretaba. Habían escogido una terraza con unos dispositivos que refrescaban el ambiente, rociando a los clientes con finas gotas de agua.
Ana observó a la otra en silencio. Fuera del club, y ya sin la iluminación azul ni los focos, seguía teniendo algo magnético.
No era buscado. Su pose tranquila, casi resignada, era todo lo opuesto a la de alguien que busca atención.
Pero no se podían apartar los ojos de ella.
-Vengo por Enrique. ¿Le conoces?
-A muchos.
-Enrique policía. ¿Ahora sí?
-Oh, sí. Ahora sí. ¿Es tu esposo, novio?
-Ya no.
Ana, que había vuelto a fumar tras la ruptura, intentó encenderse un cigarro sin conseguirlo, en parte a causa de la humedad.
Cecilia le ofreció el suyo. Dudó un momento, y lo aceptó.
-Gracias- dijo, dando una calada y sintiendo cómo el humo volvía a entrar en sus pulmones- Te pareceré ridícula, pero quería saber qué ven los hombres en ti.
-Cojo bien.
Ana puso cara de extrañeza.
-Ah, sí. Follar es que dicen acá.
Cuando comprendió, a Ana se le escapó la risa. Se sintió como una chiquilla, recordando la risa que ella y una compañera de pupitre soltaron al ver por primera vez un pene en clase de biología.
Le dio miedo parecer tonta delante de Cecilia, pero esta sonreía de una forma serena y cálida. Comenzó a sentirse un poco menos tensa.
-Enrique ya me da igual. Le he dedicado seis años, y ha sido demasiado. Pero quería saber por qué yo no había sido suficiente. Entender mi propio fracaso.
-Qué más da eso ya, mujer. Céntrate en ti. Haz un viaje, conoce gente, corta tu cabello. Te quedaría lindo.
Ana dejó caer ceniza de su cigarro en el cenicero, y se lo pasó a Cecilia.
Por alguna razón, la imagen de esta quedó grabada en su retina. Camisa blanca con ligera transparencia, y pantalón beis.
Sandalias blancas. Dedos pintados de azul.
-Solo hay una vida- dijo, dejando escapar el humo por la boca- No la malgastes. Ningún hombre vale eso.
-No es por los hombres. Soy yo. Tengo la sensación de no ser suficiente. No sé, te debo de estar pareciendo una tonta.
-No, me pareces muy humana. No es fácil abrirse delante de una extraña, como estás haciendo tú.
-Supongo que por tu trabajo estarás acostumbrada a que la gente se abra contigo.
-Más bien, la que se abre soy yo.
Silencio seguido de una nueva carcajada a través de la cual ambas sintieron una cierta complicidad.
– ¿Cuánto hace que te dedicas a esto?
-Siete meses.
-Nadie lo diría. Te vi muy segura sobre ese escenario.
-Me pasó algo, y me quité el miedo. Decidí saltar sin red.
-Quizás yo debería hacer lo mismo.
-Hazlo.
-No tengo tu fuerza.
-No es fuerza. Es no tener nada que perder.
Cecilia dio otra calada, dejando escapar el humo. Observó este elevarse, y confundirse con las gotas de agua.
Al hablar, lo hizo con una tristeza contenida y serena que hizo sus palabras aún más impactantes.
-Me muero, Ana. Tengo un tumor. Aún es chiquito, pero noto como cada día me va comiendo un poquitito más por dentro. El médico me ha dicho que me queda un año, no más. Si está en lo cierto, moriré en agosto.
Ana la observó en silencio un largo rato, sin poder hablar. De pronto se sintió muy cercana a aquella desconocida.
Luchó contra el nudo que se le había formado en la garganta, y consiguió hablar.
-Lo siento. ¿Desde cuándo lo sabes?
-Siete meses.
Volvió a guardar un largo silencio, analizando las implicaciones de aquello.
-Sabes, es chistoso- continuó Cecilia- Esta mañana vi a cinco clientes. Fui sumisa, dominante, buena onda, mala onda. No podré vivir mi propia vida, pero gracias a lo que hago viví cinco antes del mediodía.
Dio otra calada, y le pasó el cigarro a Ana. Esta lo cogió con mano ligeramente temblorosa.
-Por eso, ya deja de darle vueltas a lo que pudo ser. Concéntrate en lo que es.
Ana fumó durante un rato en silencio.
-Me gustaría que nos viésemos más veces- consiguió decir al fin- Si tú quieres.
-Sí. Me agradaría.
Ana sonrió, dándose cuenta de que se había pasado la hora. Cecilia pidió la cuenta, y sacó su monedero.
-Está todo bien- dijo al ver que Ana sacaba también el suyo- Invito yo.
– ¿Seguro?
-Seguro. Es lo justo, tú ya pagaste la hora.
Quedaron en silencio, escuchando el ruido del tráfico y de las conversaciones. Ana se dio cuenta de que no era un silencio incómodo o vacío.
Se sintió en calma.
XXII
Un momento después, subió a su coche.
Se quedó quieta un momento, sin arrancar el motor. Solo sentada delante del volante.
Desde que se había despedido de Cecilia, se había sentido invadida por una extraña sensación que solo entonces, ya sola, comenzaba a procesar.
Pensó en las distintas sensaciones de su cuerpo. El calor pegándosele a la piel, el cuero de los asientos rozando su cuerpo. El volante girando en sus manos.
Fuera, existía todo un mundo. Pensó en el sol filtrándose a través de las ramas de los árboles, en las calles donde las escasas sombras giraban a lo largo del día como las agujas de un reloj, en la mujer que pasaba junto al coche, protegiéndose del calor con un paraguas blanco.
Por último, se miró a sí misma. Sus ojos con ojeras en el espejo retrovisor. Su aspecto descuidado, reforzado por su pelo lacio, que llevaba varios días sin lavar, y por el asiento, que se había hundido unos centímetros haciendo que pareciese más pequeña.
Reflexionó sobre todas las pequeñas cosas que daba por sentadas a diario.
Lentamente, comenzó a llorar.
XXIII
Unos días después, el calor provocó la formación de una tormenta de verano.
Enrique y Carlos atravesaban la ciudad en el coche de este último. Iban en silencio. Sobre ellos, un cielo gris amenazaba con descargar su contenido en cualquier momento.
Los seguían dos coches de policía con las sirenas apagadas.
Enrique miró a Carlos en silencio. Le sorprendía que hubiese insistido en formar parte del operativo solo unos días después de la operación.
-A ver si se te van a saltar los puntos.
-Estoy bien. Tú ocúpate de no cagarla esta vez.
Silencio. Siguieron avanzando. Algunas débiles gotas comenzaron a golpear el cristal delantero.
-Como te noto escocido, voy a darte buenas noticias- continuó Enrique- He hablado con gente del barrio a la que David vendía. Todos han recibido llamadas de Solís diciendo que había que renegociar las condiciones porque ahora mandaba él.
-Entonces, es nuestro hombre.
-Así parece.
-Cojonudo.
Atravesaron la zona de Oporto hasta llegar a su destino: un núcleo de casas abandonadas, al borde del derrumbe. Todas ellas, de dos pisos de altura, se alzaban orgullosas y señoriales ante los visitantes.
Inmunes al paso del tiempo.
Enrique las observó en silencio desde el coche. El ayuntamiento había programado la demolición para finales de ese mismo año, así que ellos serían de las últimas personas en visitar la zona.
Al mirarlas, no pudo evitar sentirse identificado. Al fin y al cabo, él también se derrumbaba.
– ¿Alguna vez te has preguntado si esto tiene sentido? – preguntó a su compañero- Me refiero a lo que hacemos.
-Con que pillemos a ese tío, me doy por satisfecho.
-Porque haya un camello menos en la calle, la mierda no va a dejar de oler.
-Siempre ha sido así.
-Ya. Quizás es porque he pasado de los cuarenta. No me hagas caso.
-Y, ¿qué harás? ¿Dedicarte a otra cosa?
El coche pilló un bache. Enrique guardó silencio.
-No creo. Tú aún podrías.
-Tampoco nos llevamos tanto.
-Pero tienes una mujercita que te espera.
-Y a Eugenio. Mi gato.
– ¿Le pusiste tú el nombre?
-Ajá.
-Para matarte. Eugenio. Pobre gato.
La lluvia aumentó levemente la intensidad. Carlos puso en marcha el limpiaparabrisas, que producía un sonido mecánico e hipnótico.
-Hazme caso y deja esto mientras puedas volver a casa oliendo a rosas. Un día, cuando estés solo, seguirás oliendo a mierda. Y te darás cuenta de que eres tú.
A través de la lluvia, que comenzaba a caer como una delgada cortina, Enrique distinguió la casa que le había indicado su confidente. Se distinguía de las otras porque la hiedra recubría la parte delantera.
-Para, es ahí.
Carlos obedeció. Minutos después, los policías se prepararon para la redada. Enrique observó cómo su compañero daba las órdenes, y la autoridad que transmitía sin levantar la voz.
Parecía un boy scout, se decía. El último boy scout.
-Tú vienes conmigo- le dijo. Los otros policías se dividieron: dos a la parte de atrás, y otros dos a los lados.
La casa quedó rodeada.
Carlos y Enrique atravesaron el jardín. La puerta de entrada se oxidaba en el suelo tras haberse salido de los goznes. Unas piedras sobresalían del césped, crecido y poco cuidado, en forma de baldosas que llevaban a la puerta.
Esta, recubierta de grafitis, cedió al primer empujón.
La lluvia seguía cayendo fuera. El interior era frío y húmedo. Distinguieron una escalera de caracol que ascendía hacia el piso de arriba. La luz se filtraba desde allí a través de un amplio ventanal.
El suelo estaba recubierto de objetos de todo tipo, desde periódicos antiguos hasta muebles recubiertos de moho. En una pared se distinguía, como una mancha, el hueco dejado por un reloj.
A lo lejos, un goteo que no dejaba de sonar.
Enrique señaló algo en el suelo. Era una jeringuilla. Usada. Vacía. Pero más actual que el resto de objetos de la casa.
-Cubre la entrada- le dijo a Carlos en voz baja. Este así lo hizo, y Enrique comenzó a subir la escalera con el arma en la mano.
Mezclado con el sonido de la lluvia y de sus propios pasos, distinguió un tercer sonido a medida que ascendía.
El crepitar de un fuego.
Llegó al piso de arriba. Sus pies cambiaron el metal oxidado de la escalera por madera antigua. Consumida por el moho, esta crujía, amenazando con delatar su posición.
Pero el sonido del fuego, cuyo brillo iluminaba la pared de una habitación al fondo, apagaba sus pasos.
Cuando entró, le llamaron la atención los dibujos de mariposas negras que había en las paredes. Recordaba a un antiguo cuarto infantil, sin ventanas. Pero la figura de Solís, sentado en medio del cuarto y de espaldas a Enrique, pronto eclipsó todo lo demás.
Con la cabeza cubierta por una capucha, Solís acercaba las manos al único foco de calor de la casa: una pequeña hoguera encendida con trozos de madera que antes habían formado parte de una cama. En una pared estaba apoyada el hacha con la que los había cortado.
-Estás rodeado- dijo Enrique, apuntándole a la cabeza- Levántate y no hagas tonterías.
Solís se puso tenso, y maldijo por lo bajo. Lentamente, obedeció y se puso de pie de espaldas. Enrique no vio el mango de la pistola que le sobresalía del pantalón.
Lo que pasó a continuación sucedió muy rápido.
Solís se giró bruscamente y disparó dos veces, una de las cuales se incrustó en uno de los dibujos de mariposas que había en la pared, detrás de Enrique.
Este reaccionó rápido, disparándole en un hombro. Solís, dolorido, cayó al suelo e intentó recuperar el arma, pero Enrique le dio una patada y la mandó a la otra punta de la habitación.
Mientras le ponía las esposas, se fijó en que era la misma que le había quitado en el operativo de la cañada real.
– ¿Dónde está el cuaderno? – preguntó cuando ya lo tenía inmovilizado.
– ¿Otra vez tú?
– ¿Dónde está, cojones? – preguntó otra vez, presionando con un dedo en la herida que le había hecho al detenido. Este apretó los dientes a causa del dolor.
-En la otra habitación. Dentro de la almohada- dijo, y Enrique dejó de presionar. Escucharon los pasos de alguien subiendo por la escalera.
-Ya lo ves, hoy no la he cagado- dijo a Carlos cuando este apareció con el arma en la mano.
-Avisa a los demás. Yo lo vigilo.
Enrique fue a salir mientras Solís, esposado y en el suelo, aún hacía un gesto de dolor.
-Oye- le dijo Carlos de pronto- Buen trabajo.
-Bueno, ahora no nos chupemos las poyas tampoco.
Carlos sonrió. Al salir, Enrique se fijó una última vez en el arma del detenido, que seguía en el suelo.
Antes de bajar, se coló en la habitación que le había indicado Solís. Tirado en el suelo de esta, había un colchón deshilachado del que asomaba algún muelle, y una almohada.
Cogió esta, y la abrió por uno de los lados. Dentro había un fajo de billetes. Y también el cuaderno de tapas negras.
Enrique sonrió.
Bajó las escaleras mientras se metía el cuaderno en el pantalón, ocultándolo con la camisa. Respiró, sintiéndose un poco más a salvo.
Fue entonces cuando escuchó el disparo en el piso de arriba.
XXIV
Carlos terminó de vomitar.
La lluvia caía con fuerza sobre un tejadillo de metal que los policías usaban para resguardarse. Enrique observó la tormenta arrasar el jardín como una tromba, y pensó en el calor que haría cuando la humedad subiese a la atmósfera.
– ¿Tu primer muerto?
-Sí- dijo el otro mientras se limpiaba.
-No te rayes. Son cosas que pasan.
Uno de los policías que los acompañaron en el operativo, de nombre Iván, salió de la casa y se reunió con ellos bajo el tejadillo.
-La ambulancia ya viene.
Carlos levantó el pulgar en señal de aprobación.
-Hemos terminado el registro de la casa- continuó Iván- Ni rastro del cuaderno. Solo dinero que tenía escondido. Y algo de droga.
-No lo entiendo. ¿Habéis mirado bien?
Iván asintió.
-Los compañeros aún siguen arriba. Pero ya hemos mirado varias veces, y nada.
-A lo mejor ya no lo tenía- intervino Enrique- O nunca existió, vete a saber.
-La novia estaba segura.
Enrique guardó silencio. Comprobó aliviado que el cuaderno no se distinguía bajo su camisa.
-Bueno, dad otra vuelta- insistió Carlos- Nunca se sabe.
Iván asintió, y volvió dentro. Los dos policías se quedaron solos escuchando la lluvia.
-Creo que ya empiezo a entenderte. Me refiero a lo del olor a mierda.
-De verdad, no te rayes.
Aunque intentaba que no se le notara, Enrique no había acogido con desagrado el final de Solís. Era otro cabo suelto que quedaba atado.
La suerte parecía estar de su parte aquel día.
-¿Por qué no me hizo caso? – preguntó Carlos, hablando en parte para sí mismo- Le dije que tirara el arma.
Un relámpago iluminó los rostros de los dos policías en forma de haz de luz.
-Creía que estaba desarmado-.
-Lo estaba- añadió Carlos- Pero volvió a coger el arma.
– ¿La mía? ¿La que me quitó en la cañada, con la que me disparó?
-Esa.
-Cuando salí, estaba en la otra punta de la habitación.
-Ya te lo he dicho, la recogió.
-Un poco difícil, ¿no? Estaba esposado.
Un trueno, anticipado por el relámpago, estalló sobre la casa.
-Tal vez por eso me confíe. Todos la cagamos, ¿no?
La lluvia empezó a caer con el doble de fuerza. El tejadillo resonó como si estuviera recibiendo el impacto de granizo.
Carlos había usado un tono extrañamente tajante para él.
-Sí- zanjó Enrique- Todos la cagamos.
XXV
Tras la tormenta, la humedad se filtraba por las ventanas abiertas de la casa de Enrique.
El policía disfrutaba de la efímera sensación de frescura, que al día siguiente subiría a la atmósfera en forma de calor.
En un cenicero, unos papeles ardían. Eran las hojas del cuaderno en las que aparecía su nombre. Mientras las veía quemarse, pensó que había subestimado a David. Consiguió incluso su número de placa.
Anochecía. Encendió una lámpara del salón, y hojeó el cuaderno. Había muchos otros nombres, así como números de teléfono y de cuenta.
No sabía quiénes eran esas personas, pero supuso que tras los nombres subrayados en fosforito podía ocultarse alguien medianamente importante. Se preguntó cuántos de ellos le debían un favor, pues allí había buen material para chantajes.
De momento lo guardaría, se dijo. Nunca se sabía cuándo la economía podía apretar.
Se detuvo en la primera hoja. Allí, en medio de un círculo recordatorio, había una anotación: «Llamar a Juanma´´.
Buscó por todo el cuaderno en busca de ese nombre, pero no lo encontró. Se recostó en el sofá y miró al techo, pensativo.
Le dio vueltas en la cama antes de dormirse, y al día siguiente tomó una decisión.
-Perdone que vuelva a molestarla- dijo en su despacho mientras hablaba por teléfono. En una esquina, el ventilador volvía a funcionar.
-No se preocupe, inspector- contestó Lorena al otro lado del auricular- Oí lo de Solís por la radio. ¿Era el asesino?
-Todo apunta a que sí. Pero ha aparecido otro nombre. A lo mejor no tiene nada que ver, pero queríamos comprobarlo. ¿Le suena Juanma?
Silencio al otro lado. Solo el sonido de las palas del ventilador.
-Me quiere sonar algo. Creo que David me comentó que tenía que llamar a un tal Juanma para algo del piso.
– ¿Algún conocido?
-No dijo nada más. Pero parecía importante.
– ¿Sabe dónde le podría encontrar?
-Creo que dejó el número apuntado por ahí, pero la casa está un poco manga por hombro. Si quiere, se lo puedo buscar.
-Hágalo, por favor.
-Está bien. ¿Le llamo a este mismo número?
-Al móvil mejor.
Se lo dio, y quedaron en volver a hablarse. Después, colgaron.
Cuando volvió el silencio, Enrique comprendió mejor la sensación que, desde la noche anterior, le perseguía y le había dificultado el sueño.
Había algo raro en toda aquella historia.
XXVI
Ana y Cecilia volvieron a verse al día siguiente en el Retiro.
La tormenta del día anterior había vuelto el calor aún más intenso. Buscando un poco de sombra, llevaron consigo toallas de playa y se tumbaron bajo un árbol de ramas tupidas.
En silencio, observaron los rayos del sol filtrarse juguetonamente a través de estas. Disfrutaron del frescor que daba la hierba, recién regada, bajo sus cuerpos.
-Por cierto- dijo Ana- No me dijiste qué tal me queda.
Cecilia giró la cara hacia ella y la miró un momento hasta que comprendió.
-Oh, tu cabello. Te lo cortaste.
-Sí. Te hice caso.
-Te queda muy lindo.
-Gracias.
Escucharon los sonidos del ambiente, entre ellos el pedaleo de las bicicletas en las que iba subida una familia para hacer deporte.
-¿Y tu pelo? – comentó Ana- ¿Por qué te lo teñiste?
-Me recuerda a mi casa, allá en Ciudad Juárez. Cuando yo era chiquita, los cielos se veían así. Azules. Con menos contaminación. No sé, ¿te agrada?
-Me parece exótico.
-Y tú, ¿en qué trabajas? Me dijo Enrique que hacías algo de escritura.
-Lo dejé.
– ¿Por qué?
-No era mi sitio. Creo que solo me metí a eso para ver si le molestaba. O si era capaz aún de sentir algo hacia mí, aunque fuera rechazo.
– ¿Puedo decirte algo?
-Claro.
-Deja de pensar en lo que digan otros. Haz algo por ti misma, mujer.
-Ese es el problema. Aún no sé dónde está mi lugar.
-Pero, ¿no trabajas?
-Sí, soy profesora de secundaria.
-Pues está padre.
Ana guardó silencio. Se puso de lado para hablar más cómodamente con Cecilia.
-Fui profesora una vez- afirmó esta.
-Y, ¿a quién diste clase?
-A un casado de Leganés.
Ana se echó a reír. No podía dejar de sorprenderse por la habilidad de la otra para hacer esos comentarios con toda naturalidad.
-Yo soy más tradicional- dijo- Me dedico a formar a las mentes del mañana.
-Eso es lindo. Verlos encontrar su camino.
-Sí. Mira, una ex alumna me regaló esto.
Enseñó a la otra una bolsa blanca que había traído consigo. En ella podía leerse la frase: «la influencia de un buen profesor nunca se pierde´´.
Cecilia sonrió al leerlo.
-Por cierto- añadió Ana- A mis padres también les gustó mi corte de pelo. Vuelvo a vivir con ellos después de lo de Enrique. Hasta que encuentre algo.
– ¿Tienes trato con tus antiguos alumnos?
-Con algunos.
-Y, ¿son lo que te habías imaginado?
-Algunos más. Otros menos. Pero todos han salido adelante. Eso ya es bastante.
-Encontraron su camino.
-Sí.
– ¿Y el tuyo?
Ana no respondió. Se incorporó sobre la toalla y se quedó sentada, sujetándose las rodillas con las manos.
Se echó a reír.
– ¿Qué pasó?
-Perdón. Es que de pronto he pensado que hacemos una pareja curiosa. La maestra y la puta, con perdón.
-Tranquila.
-Pero tú eres una puta que habla como una maestra, y yo una maestra a la que tratan como a una puta.
Cecilia se quedó mirándola. Se incorporó.
-Los demás nos tratan igual que nos tratamos nosotros. En el fondo.
-Sí. En el fondo.
-Bueno- dijo la mexicana mirando su reloj- En una hora debo volver. ¿Qué deseas hacer?
XXVII
Ana encendió el aire acondicionado de la habitación con un mando. Este comenzó a escucharse como un ruido de fondo.
Estaban en un hotel. Se sentó en la cama mientras Cecilia, de pie frente a la única ventana, miraba a la calle.
El ruido del tráfico ascendía desde esta, filtrándose al interior. Fuera, la ciudad hervía. El cartel electrónico de una parada de autobús indicaba una temperatura de cuarenta grados.
Eran las siete de la tarde, y el calor se había suelto pegajoso. De ese que, pasadas las horas centrales del día, permanecía en los cuerpos y el asfalto.
Indiferente al tiempo.
-Me gustaría verte desnuda- dijo Ana, y enseguida mostró incomodidad. Cecilia la miró desde la ventana. No estaba enfadada. Ni sorprendida.
Solo sentía curiosidad.
– ¿Segura? Creí que no te iban las mujeres.
-No es eso- se justificó Ana- Pero me gustaría verte. Saber cómo lo haces. Ya sabes, con los clientes.
– ¿Quieres que me desnude como si tú fueras uno, es eso?
-Sí. Perdona, te debo parecer una loca.
-Mujer, ¿sabes cuántas locuras oigo en el trabajo? Ya relájate, no pienses tanto en los demás.
-Es que, no sé, es algo tan ajeno a mí que me genera curiosidad. Me refiero a lo que haces.
-No hay problema.
– ¿En serio no te importa?
-No, mujer. Pero ya relájate.
Ana le hizo caso. Cecilia se colocó de pie frente a la cama, y se quitó las sandalias. Las dejó a los pies de la cama.
-Ahora, solo mírame, ¿sí?
Su amiga asintió.
Lentamente, con un ritmo y una cadencia que se notaban aprendidos y naturalizados, no impostados, Cecilia se quitó un top de color blanco, revelando un sujetador a juego.
Dejó este sobre una mesita a su espalda, y empezó a desabrocharse el pantalón, corto y de color negro.
En silencio, Ana admiró su cuerpo, que iba quedando al descubierto, y lo comparaba con el suyo. Cuando se bajó el pantalón, se fijó en sus caderas, más anchas que las suyas.
Sus pechos, como comprobó cuando se desabrochó el sujetador, eran algo más grandes. Imaginó las manos de Enrique sobre ellos. Los suyos siempre le cabían en la palma. Los de ella, según recordaba esta, la sobrepasaban.
Cuando Cecilia terminó de desnudarse y se dio la vuelta para que la viese bien, se sintió más cerca de ella que nunca. Desnuda. Vulnerable. Pero aun así poderosa, a su manera.
Su cuerpo no era mucho más esbelto ni mejor proporcionado que el suyo. Lo más atractivo de ella, comprendió, era su actitud.
Su forma de caminar sobre el alambre.
-Eres hermosa- le dijo.
-Gracias- respondió ella con sencillez.
Se quedaron en silencio, acompañadas por los sonidos del tráfico y del aire acondicionado. En esa habitación, pese a la desnudez de Cecilia, no había erotismo ni juegos de poder. Solo intimidad. E igualdad.
Solo dos mujeres desnudas. Una física y la otra emocionalmente.
Dos mujeres que caminaban, cada una a su manera, sobre el alambre.
XXVIII
El teléfono sonó.
Había caído ya la noche, pero la ciudad aún ardía. Mientras sacaba del microondas la cena que se acababa de calentar, Enrique escuchó el sonido de agua cayendo a la calle desde algún piso por encima del suyo.
Imaginó al vecino del quinto intentando refrescarse.
El teléfono seguía sonando, insistente. El ruido amplificado que hacía el eco le hizo darse cuenta de lo amplío que se sentía el espacio del apartamento.
Descolgó el auricular.
-¿Sí?- dijo, pero no hubo respuesta al otro lado. Solo un raro sonido, parecido a una e prolongada y gutural. Decidió insistir- Diga.
– ¿Es usted Enrique Vázquez? ¿Policía?
-Sí, soy yo.
-Me alegro de haber apuntado bien su número.
Enrique volvió a oír el sonido de antes. Se dio cuenta de que su interlocutor lo hacía en las pausas, tal vez inconscientemente. Como si estuviera pensando qué decir a continuación.
– ¿Quién es usted? ¿Qué quiere?
-No me conoce. Me llamo Agustín. Vecino de David.
El sonido de una ambulancia se filtró por la ventana. Distante al principio, comenzó a sonar cada vez más próximo.
Dentro de Enrique, otra alarma se activó.
-Usted conocía a David, ¿verdad?
-Claro. Estoy investigando su asesinato. ¿Llama porque quiere darme alguna información?
-No me refiero a eso. Usted le conocía. Me refiero a antes de que lo mataran.
La sirena se aproximaba.
-Yo los vi.
Todo empezó a verse claro en la mente de Enrique. El sonido que el otro seguía haciendo, y que de pronto le hacía pensar en una persona mayor.
El jubilado. Le recordó en el balcón, con el ventilador encendido. Su voz, firme, contrastaba con lo arrugado que se veía su cuerpo por la edad.
Pero debía ser él. Se maldijo en silencio por haberlo olvidado.
De pronto, el apartamento le produjo la sensación opuesta a la que había sentido al sonar el teléfono. Parecía pequeño.
O quizás era él.
Quizás volvía a ser un animal acorralado justo cuando se sentía libre.
-No sé de qué me habla.
-Sí lo sabe.
-Voy a colgar.
-Quiero mil euros. Mañana, en mi casa. A las diez. Vivo en el diecisiete, tercero b.
La sirena se escuchaba abajo, en la calle. Eclipsaba sus propios pensamientos.
-No sé si se da cuenta de que está chantajeando a un policía. Le puede costar caro.
-Mañana. Mil euros. En metálico. O hablaré con sus superiores. Veremos a quién creen.
-No intente joderme. No sabe con quién se mete.
-Mañana. Necesito el dinero. No tengo nada que perder. Recuérdelo.
Colgó.
La sirena se alejaba. Se quedó atrapado en un silencio insoportable.
Al colgar, golpeó el teléfono. Lo hizo varias veces.
Lo lanzó contra una pared.
XXIX
Aparcó al día siguiente frente a la casa del jubilado. A las diez menos cinco.
Se bajó del coche. De un bolsillo le sobresalía el sobre donde llevaba el dinero, que había sacado esa misma mañana de un cajero.
En la funda llevaba la pistola con la que pensaba manejar la negociación.
Tocó el timbre del tercero b, y esperó. A lo lejos, un bebé lloraba.
Había repasado su estrategia por el camino. Dejaría que el jubilado se confiara al ver el dinero, y luego él, y su arma, hablarían.
Miró el reloj. La hora ya pasaba de las diez. Empezó a impacientarse, y tocó el timbre una segunda vez.
Un cuerpo cayó sobre su coche, sobresaltándole.
Enrique se quedó paralizado, tratando de asimilar lo que había ocurrido. El grito de una vecina que acababa de asomarse le devolvió a la realidad.
Sobre su coche, muerto, estaba el jubilado.
Creyendo haber oído algo por encima suyo, Enrique levantó la mirada y consiguió ver, fugazmente, a un encapuchado asomado al balcón de la víctima.
Este también le vio a él, y se metió dentro.
Sacó su arma y fue directo al portal. La puerta estaba cerrada, así que empezó a tocar todos los botones del telefonillo hasta que alguien respondió.
– ¿Sí? – sonó la voz de un hombre en el cuarto. Parecía recién levantado, y su energía contrastaba con la de Enrique.
-Policía. ¡Abra! – exclamó este.
Enrique empujó la puerta nada más escuchó el sonido del timbre. No había ascensor, así que subió las escaleras, arma en mano.
Se detuvo al llegar al segundo piso.
Allí, al contrario que en el bajo y el primero, había un ventanal que daba a la calle. Lo habían abierto, y la mano de alguien que estaba en el lado de fuera se agarraba a él.
Enrique se acercó con cuidado, sin bajar el arma. El dueño de la mano cubría su rostro con una capucha y estaba aferrado a un canalón que descendía hasta la calle. En esta, una furgoneta esperaba con el motor en marcha.
Aprovechando que el otro, preocupado en mantener el equilibrio, no había reparado en él, Enrique dejó caer el ventanal sobre su mano.
Lo oyó gritar. Cuando retiró la mano, estuvo a punto de perder el equilibrio. Enrique lo apuntó con el arma, pero, antes de que pudiera darle el alto, se dejó caer.
El policía abrió el ventanal, y vio como debajo del encapuchado había un cubo de basura con la tapa levantada. Allí, entre moscas y bolsas, cayó el sospechoso.
Enrique le lanzó un disparo de advertencia, pero el otro, lejos de achantarse, salió del cubo con algo de dificultad y echó a correr. La cantidad de basura acumulada no solo amortiguó su caída, sino que le facilitó salir.
Con un segundo disparo, intentó acertarle en una pierna, pero falló debido a la distancia. El encapuchado subió corriendo a la furgoneta, y esta se alejó a gran velocidad.
Enrique dio una patada a la pared, frustrado.
Ni siquiera había podido apuntar la matrícula.
XXX
La grúa se llevó su coche, convertido en escenario de un crimen.
En silencio, y apoyado contra una señal de tráfico, observó el pequeño circo que se había montado. Los vecinos, ávidos de emociones en un barrio por lo general soñoliento, se agolpaban para ver más por morbo que por interés genuino.
Un enfermero, el mismo que antes se había acercado para preguntarle si estaba bien, cerró las puertas de la ambulancia.
Esta arrancó.
Como si se hubiera levantado el efecto de un hechizo, el barrio retomó la normalidad. La gente volvió a sus casas, y él se quedó mirando las torres al otro lado de la carretera.
Tan grandes que parecían a punto de echársele encima.
Metió el sobre con el dinero bien dentro de su bolsillo para que nadie lo distinguiera. Parecía increíble lo mucho que su suerte estaba cambiando en los últimos días.
Peligro. Alivio. Peligro. Alivio.
Y, por encima de todo, la sospecha que no le abandonaba. Miró las casas. Volvió a tener la sensación, parecida a la del día que visitó a David y que le parecía ya tan lejano, de que había muchas vacías. Demasiadas.
Aquella mañana, además, distinguió algo nuevo. Los carteles de «se vende´´ colgando de varios balcones. Carteles que antes no estaban ahí, o no en la misma proporción.
Quizás era cosa suya, pensó. Pero algo olía a podrido en aquel vecindario.
Y no era solo su vida.
-No se te puede dejar solo, ¿eh? – preguntó Carlos, que acababa de aparcar en la calle del jubilado.
Enrique no supo cómo reaccionar al verle. Imaginaba que le mandarían a él.
-Venga, sube- dijo, abriendo su coche con la llave a distancia- Te llevo.
Cuando el vehículo se puso en marcha, saltó en la radio la canción que Carlos había estado escuchando por el camino.
Era «Eleanor Rigby´´.
– ¿Los Beatles? – preguntó Enrique mientras abandonaban el barrio.
-Claro. ¿Qué pasa, eres de los Rolling o qué?
-A muerte.
-Nadie es perfecto.
Entraron en la castellana con los Beatles aún sonando en la radio.
-Bueno. ¿Me vas a contar qué coño hacías ahí, o qué?
-Lo leerás en mi informe.
-Te lo pregunto ahora.
-Vine a ver a la novia de David. Para decirle que habíamos pillado al asesino.
-Eso no es propio de ti.
-Me estaré ablandando.
-No te pega.
-Mira quien habla, señor Beatle.
-Bueno, ¿y luego qué pasó?
-El jubilado. Salió volando.
– ¿Viste al asesino?
-No. Llevaba capucha. Se piró en una furgoneta.
-Me pregunto qué pasa en ese barrio.
-Ya somos dos.
Se pararon en un semáforo. Un artista callejero hizo un número con malabares, y luego fue coche por coche pidiendo limosna.
Cuando se acercó al suyo, Enrique le enseñó la placa y no siguió insistiendo.
-¿Por qué no la llamaste? – preguntó Carlos una vez se abrió el semáforo, y se pusieron de nuevo en marcha.
Enrique, que había puesto su atención en unos vendedores del top manta que charlaban junto a una boca de metro llevando la mercancía a cuestas, no respondió a la primera.
Se preguntó cómo lo harían para aguantar aquel maldito calor.
-Quiero decir, que podrías haberla llamado por teléfono.
-Ya te lo he dicho, me estaré ablandado.
Enrique, que apenas había dormido la noche anterior pensando en lo que iba a hacer por la mañana, se recostó en el asiento y cerró los ojos.
Ya tenía demasiadas cosas en la cabeza, y le esperaban horas de papeleo. Necesitaba dormir.
-Supongo que será eso- comentó Carlos, zanjando la discusión.
-Sí. Será eso. Despiértame cuando lleguemos.
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