En cine, los títulos de crédito son en muchos casos el equivalente a la cortina levantándose en teatro: nuestro primer vistazo al mundo de ficción que nos van a presentar. También es el momento en el que aparece en pantalla la firma del director.

Pese a que suelen ser tratados como un mero trámite antes de que la acción arranque, o como un interludio vistoso que ameniza la espera, hay ocasiones en los que determinados directores se ponen más creativos.

Veamos ejemplos.

Seven (David Fincher, 1995)

Fincher es un director que se caracteriza por usar los títulos de crédito para revelar información que será clave en la trama más adelante, y su habilidad es hacerlo de forma tan sutil que el espectador no lo procesa en el momento y, por lo tanto, no adivina lo que vendrá.

En el caso de Seven, su primera obra mayor, el principal antagonista, John Doe, no aparece físicamente en pantalla casi hasta el final. Sin embargo, los créditos nos están narrando muchas cosas sobre él.

Podemos ver, mientras aparecen los nombres de los implicados en la producción, cómo aparecen dibujos que representan los asesinatos que planea cometer y, sobre todo, cómo se corta sus propias huellas dactilares, algo que más adelante supondrá un quebradero de cabeza para los detectives de la película.

Frío, meticuloso, retorcido…los títulos de crédito nos cuentan todo lo que hay que saber del personaje sin que aparezca en pantalla.

La muerte tenía un precio (Sergio Leone, 1965)

En este caso, un autor mucho más juguetón, Sergio Leone, aprovecha los créditos de la segunda parte de su trilogía del dolar para introducir una memorable broma.

Ante nosotros, aparece un paisaje desierto a excepción de un hombre que, en la distancia, monta a caballo. Otra persona, a quien no vemos, silba mientras prepara un arma para disparar. Cuando lo hace, el hombre a caballo cae abatido, y entra la mítica música de Ennio Morricone.

El tono de frío humor negro de la secuencia se ve acompañado por los intentos de algunos de los títulos de crédito por esquivar las balas que el cazador anónimo sigue disparando.

De esta forma, además de crear un arranque memorable, Leone marca el tono irónico de su propuesta, alejada del solemne western clásico pero a la vez deudora de él, y dice algo de paso sobre los que serán sus protagonistas.

Hombres que, al igual que el tirador invisible, matan fríamente y a distancia.

¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú (Stanley Kubrick, 1964)

En esta, su única incursión en la comedia, Kubrick aprovechó la secuencia de créditos para introducir uno de los recursos que se convertirían en marca de su estilo durante la segunda mitad de su filmografía, donde abandonaría el clasicismo para volverse más experimental.

Me refiero a la disonancia entre imagen y sonido.

En el caso que nos ocupa, y a medida que avanzan los créditos, podemos ver una sucesión de aviones de combate preparados para ir al frente mientras suena una canción alegre que nada tiene que ver con lo aterrador de las imágenes.

Kubrick logra, en este caso, producir un efecto de fría ironía en el espectador que le prepara para todo lo que vendrá tras los créditos.

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