XI
El interrogatorio a Lorena, la novia de David, tuvo lugar en el salón de su casa. Junto a la ventana había un ventilador encendido que agitaba las hojas de unas plantas.
Se escuchaba un tic tac lento de fondo.
-Gracias por recibirnos- comentó Carlos- Intentaremos que esto sea lo más breve posible, ya que es un mal momento para usted.
-Se lo agradezco- respondió Lorena. Tenía el pelo rubio lacio y recogido en un moño, y unos pendientes de aro que abultaban bastante. Los ojos los tenía enrojecidos.
– ¿Conocía a David desde hace mucho?
-2014. Nos hicimos novios en 2017. Hasta ahora, claro.
– ¿Sabía a qué se dedicaba?
-Nunca me dijo lo que vendía, pero podía imaginarlo.
– ¿Y nunca le preguntó?
-Cuando la vida entra por la puerta en forma de televisión nueva, una no hace preguntas.
-Entiendo. ¿Lo notó extraño los últimos días? Me refiero a más tenso de lo normal.
-No me lo pareció.
– ¿Habló de alguien que quisiera hacerle daño? ¿Tenía algún enemigo?
Lorena guardó silencio. El tic tac seguía sonando de fondo.
-Enemigos que yo sepa no, pero tuvo una bronca muy gorda hace unas semanas con un tal Solís- dijo, e hizo una pausa, intentando recordar- Raúl Solís.
Carlos apuntó el nombre en una libreta.
– ¿Un vecino?
-No es del barrio. Vive en la cañada real. Ayudaba a David, ya saben, a ampliar el mercado. Se encargaba de vender a la gente de allí.
-Dice usted que tuvieron un altercado.
-Sí. No me contó mucho, pero parece que Solís quería más dinero, y David se negó. Creo que llegaron a discutir en plena calle. A gritos.
– ¿El baño, por favor? – preguntó Enrique, interviniendo por primera vez.
-Por el pasillo. La puerta de la derecha.
Enrique se levantó mientras Carlos seguía apuntando en su libreta. Vio la puerta del baño, pero, en lugar de entrar allí, se dirigió a la habitación.
Tras entornar con cuidado la puerta, comenzó a registrar en silencio.
Abrió y cerró cajones. Miró en el armario, retiró libros de las estanterías de este y les quitó las portadas para comprobar que no ocultaban nada más.
Por último, miró debajo de la cama y abrió una caja de zapatos que encontró allí.
Acabado el registro, hizo sonar la cisterna del baño y volvió al salón.
XII
Carlos retiró del techo del coche la suciedad que había caído de los árboles bajo los que lo había aparcado.
-Ahora, ¿qué? – dijo Enrique- ¿Hablamos con los vecinos?
-Luego. De momento quiero ver a este tal Solís. Tiene buena pinta.
Enrique fue a meterse en el coche, pero se detuvo. Se quedó mirando el balcón de uno de los edificios cercanos.
Sentado en la misma posición de la noche anterior, vio al jubilado del ventilador. Llevaba una gorra para protegerse del calor.
– ¿Pasa algo? – preguntó Carlos al ver que no subía.
-El tío ese.
– ¿Qué pasa con él?
-Pues que tiene pinta de ser el típico jubileta que se pasa ahí las horas muertas. A lo mejor ha visto algo.
-Vayamos primero a ver a Solís. No sea que se escape.
-Puedo quedarme a interrogarlo.
-Mejor ven. Me serás más útil allí.
Carlos se subió al coche, y puso el motor en marcha. Enrique lo imitó.
Desde dentro del vehículo, siguió observando al jubilado.
XIII
Cecilia caminó por una calle del centro. Llevaba una camisa de botones color azul claro, y una falda gris. Se había pintado los labios del mismo color que su pelo, azules.
Se detuvo al llegar a una cafetería. Mirándose en el espejo de la entrada, arregló su cabello y se recolocó la falda.
Entró.
Inmediatamente, se vio sacudida por una fresca oleada proveniente del aire acondicionado. Más despejada, miró alrededor.
Esteban Crespo, un hombre delgado, de pelo marrón con algunas canas y gafas, le hizo señas desde la mesa del fondo. Cecilia vio su reflejo en el espejo que este tenía detrás.
-Disculpa la demora- dijo al llegar a la mesa y sentarse. Sudaba, y estaba acalorada.
– ¿Estás bien? – preguntó Esteban.
-Sí, todo bien. Es que como vine apurada. Dame un momentito, no más.
-Claro- dijo, indicándole la cerveza que tenía frente a su silla- Ya pedí la bebida. Te sentará bien un trago.
-Gracias- dijo ella, bebiendo un poco. En ese local servían la cerveza con dos dedos de espuma. A Cecilia le resultó refrescante el sabor.
Se quedaron escuchando la música de fondo. Era una especie de jazz, que encajaba con la atmósfera elegante del lugar.
-Estás muy guapa.
-Gracias. No sabía si te gustaría el labial.
-Está todo perfecto.
Cecilia sonrió. Esteban se la quedó mirando. Ella se retiró un mechón de la cara, y bebió otro trago.
Un rato después, Esteban pagó la consumición de los dos y salieron a la calle.
-¿Señor Crespo? – dijo Andrea, una joven periodista que iba seguida de un cámara- ¿Tiene un momento para contestar a unas preguntas?
El aludido leyó el nombre del medio en el micrófono de la periodista: «kilómetro cero´´. Sonrió con suficiencia.
-Claro. Siempre es un placer charlar con la prensa libre.
Andrea encajó el golpe, sin responder. Indicó al cámara que podía grabar, y comenzó la entrevista.
-Hoy se ha sabido que la oposición va a llevar al pleno del ayuntamiento una iniciativa para condenar la prostitución. ¿Su grupo la apoyará?
-Claro. La posición de mi partido en ese asunto es clara.
Cecilia se retiró un poco, mirando un escaparate.
-Y, ¿qué opina de las quejas de los vecinos sobre las obras de la castellana?
-Que son infundadas. Las obras se han hecho teniendo en cuenta en todo momento a los vecinos.
– ¿Niega entonces las acusaciones de que se están invadiendo zonas verdes?
-Todo ha sido perfectamente legal. Quiero recordar que dos juzgados de Madrid han archivado ya querellas sobre ese asunto.
-Sin embargo, su grupo ha sido recientemente acusado de contratos a dedo en la adjudicación de las obras.
-El señor Baños, que imagino es a quien usted se refiere con esa insinuación, busca dañar a mi grupo porque no se le dio la consejería que deseaba. Pero solo es ruido que ustedes reproducen porque le conviene a su línea editorial.
-Gracias por su tiempo, señor Crespo.
-A ustedes.
Esteban se reunió con Cecilia, que había observado en silencio la escena, y se alejaron caminando.
XIV
La cañada real tenía forma de L a vista de pájaro.
Justo enfrente se alzaban unos edificios de tejados rojos que el sol doraba. Dos mundos separados por una única calle.
Enrique y Carlos dejaron el coche fuera del poblado, sabiendo que se adentraban en zona sin ley. Caminaron por las calles, acompañados por el sonido de cigarras y tráfico lejano.
Cada mirada que encontraban estaba cargada de suspicacia. Desde la mujer que cocinaba en la calle, hasta la niña que jugaba con una muñeca sin cabeza sentada en un bordillo.
El sol recalentaba los tejadillos metálicos de la mayoría de las chabolas. En un descampado lleno de trozos de metal abandonados, piezas de ropa se secaban colgando de una larga cuerda.
A lo lejos, una vecina cantaba.
Se detuvieron frente a la casa que buscaban. A diferencia de otras chabolas, la de Solís tenía ciertos complementos que allí se consideraban lujosos. Desde el coche último modelo en la parte de atrás hasta las zapatillas deportivas secándose en una ventana con rejas.
-Policía, señor Solís- dijo Carlos, golpeando con los nudillos la puerta metálica y parcialmente desconchada de la entrada- Queremos hacerle unas preguntas.
Nada más lo dijo, indicó a Enrique que se dirigiera a la parte de atrás. Este así lo hizo, sacando su arma mientras oía cantar a las cigarras.
Apenas un instante después de que llegó, vio a Solís salir por una puerta trasera. En la de delante, Carlos volvió a llamar a la puerta, esperando una respuesta que no iba a recibir.
-Ni te muevas- dijo Enrique, amartillando su arma mientras apoyaba el cañón en la nuca de Solís. Este, que vestía un chándal y tenía el cuello lleno de tatuajes, se quedó completamente quieto, con la respiración contenida. De un bolsillo le asomaba un móvil caro.
– ¿Dónde está el cuaderno?
– ¿Qué? – fue lo único que alcanzó a decir Solís, su voz apenas un hilo.
-El que le quitaste a David Blanco. Tu socio. ¿Dónde está?
-No sé de qué me hablas.
-Y una mierda. O cantas, o lo hacen las balas. Tú decides.
Silencio. Carlos volvió a insistir en la parte delantera.
-Te lo digo si me dejas ir.
-Dímelo.
-Pero, tenemos un trato, ¿no?
-Tú dímelo- contestó Enrique, seco, volviendo a amartillar el arma. Una gota de sudor recorrió la nuca de Solís, y se deslizó por el cañón- Y luego veré lo que hago.
-Está en el coche.
– ¿Llevas las llaves?
-Sí.
-Pues ábrelo.
Con una mano temblorosa, Solís sacó las llaves y abrió el coche a distancia.
-Enséñame dónde está.
Solís, vigilado en todo momento por Enrique, abrió la puerta y a continuación la guantera. Dentro, como el policía pudo ver, había un cuaderno de tapa negra.
-Ahora, date la vuelta.
El otro obedeció. Su respiración sonaba tensa, como cortada por una lija.
-Te digo lo que vamos a hacer- dijo Enrique, y para sorpresa del otro le entregó su arma- Me quitaste la pistola. Yo no te pude parar. Eso es lo que voy a decir, y tú también si te detienen. ¿Está claro?
Solís, que apenas podía creerse lo que ocurría, asintió.
-Aquí- dijo Enrique, extendiendo su brazo izquierdo- Un tiro limpio. Si no, no va a ser creíble. Además, soy diestro.
Una vez hubo asimilado lo que le decían, asintió. Preparó el arma.
-¡Quieto! – gritó Carlos, apareciendo de repente con la suya levantada. Solís reaccionó rápido, y fue el primero en disparar.
Le acertó en un costado. Enrique maldijo por lo bajo.
Aprovechando la confusión, Solís se metió en el coche y arrancó. Disparó dos veces más, dándole solo al aire, y metió primera, escapando de allí.
Carlos, dolorido, se llevó la mano al costado, intentando taponar la herida de la que ya brotaba sangre. Algunos vecinos se acercaban a mirar mientras Enrique, desarmado, maldijo en silencio una segunda vez viendo el coche alejarse.
Su compañero le lanzó una mirada de desdén. Él se encogió de hombros.
Las cigarras seguían cantando.
XV
Las ruedas de la camilla giraban en el suelo de goma.
Tumbado en una camilla, Carlos fue conducido por el pasillo de un hospital hacia el quirófano donde iban a operarle.
La cirujana iba detrás, algo rezagada y hablando con Enrique.
-Ha perdido algo de sangre- dijo esta, con una voz cantarina que desentonaba con el ambiente frío y quirúrgico del lugar- Pero no es grave.
-No se preocupe, es del Atleti. Está acostumbrado a sufrir.
Enrique llegó al límite de la zona donde podía estar. Se acercó a Carlos, que tenía gesto serio.
-Mañana vuelvo a la cañada. A ver si saco algo. Solís está en busca y captura. Te voy contando.
El camillero abrió las puertas del quirófano, donde ya estaba el anestesista junto con el resto del equipo. La cirujana entró.
– ¿No me dices nada?
-Vete a tomar por culo.
-Yo también te quiero.
En silencio, Enrique observó como metían la camilla en el quirófano, y se alejó por el pasillo.
XVI
Enrique dejó las llaves en la mesilla de casa, justo a la entrada.
Ya se había hecho de noche, pero la sensación de calor seguía siendo densa y pesada. De fondo, el sonido de una sirena de los bomberos se colaba por una de las ventanas abiertas.
Lo primero que le llamó la atención fue que Ana no estaba.
En su lugar, un cenicero repleto. Uno de los cigarros ahí aplastados aún tenía manchas de pintalabios.
Su ropa no estaba.
Encontró la prueba definitiva en una nota sobre la lavadora. Junto a esta, el pico de la encimera que había roto la noche anterior.
Un breve mensaje: «la lavadora sigue sin funcionar´´.
Enrique estaba solo en un piso que de pronto parecía más grande.
XVII
La lavadora giraba.
Enrique estaba en un local de lavadoras públicas. Sentado frente a una de ellas, observaba girar su ropa en silencio.
Sobre él, una polilla revoloteaba junto a uno de los fluorescentes del techo, que parpadeaba.
Una mujer gorda, con una camiseta hawaiana, le observaba mientras sacaba su ropa recién lavada.
La suya seguía girando.
XVIII
Enrique salió de una tienda de ultramarinos llevando una bolsa con alimentos precocinados. Dentro sonaba una radio que emitía música oriental.
Caminó junto a varios comercios, la mayoría cerrados y cubiertos de grafitis. Un hombre joven, sin camiseta, pasó haciendo footing a su lado, con el torso sudado.
El tráfico no era muy fluido a esa hora. Sobre un banco dormía un hombre con la barriga al aire y olor a meado.
En una esquina, una artista callejera cantaba. Enrique se detuvo.
-Yo al paraíso fui- dijo, alargando las íes- Pero nunca he ido a mí.
El policía reconoció la canción. Era «never been to me´´ en versión española. Inmediatamente se acordó de Cecilia, y volvió a apetecerle tomar chile.
Le echó unas monedas a la cantante, y esta se lo agradeció con un gesto de la cabeza. Después, se alejó caminando.
No esa noche, se dijo. Tal vez la siguiente.
XIX
-Aquí no hablamos con la policía- dijo Manuel, un vecino de la cañada real, mientras observaba a una mosca que se había posado sobre su pantalón.
Con una fría calma, intentó aplastarla con un matamoscas, pero salió volando.
Estaba sentado en una silla junto a la puerta de su chabola. Era temprano por la mañana, y el calor aún se podía sobrellevar.
Vestía una camiseta que le quedaba grande, y la barriga le asomaba. Toda su ropa parecía prestada.
-Es usted el tercero con el que hablo- dijo Enrique-.
-Váyase, nadie hablará con usted. Pruebe en la moraleja. Aquí ya sabemos cómo se las gasta la policía.
-Y, ¿cómo lo hace, según usted?
-A primeros de este mes nos cortaron la luz. Tercera vez en lo que va de año. ¿Sabe cuántos policías vinieron?
Manuel hizo el signo del cero con la mano. En la chabola de al lado, Enrique distinguió a una mujer que le lanzaba una mirada de desconfianza mientras lavaba ropa a mano en plena calle.
-Ahora, matan a uno en otro barrio más pudiente, y vienen dos días seguidos.
-Entonces, ¿no hay nada que pueda decir para cambiar su opinión?
-Ya le he dicho que no. Váyase antes de que alguno le dé un susto. Todavía le hago un favor.
Enrique se quedó un momento en silencio. La mosca zumbaba a su alrededor, y Manuel trató de cazarla sin éxito.
Sacó del bolsillo algo que no se apreciaba a primera vista. Lo dejó caer sobre las rodillas del otro.
-¿Ni por esto?- le dijo.
Al cogerlo, vio que era una bolsa muy pequeña, rellena de un polvo blanco.
-Y ahora, ¿qué? ¿Le apetece contarme algo de Solís?
Manuel guardó silencio. La mosca se posó de nuevo sobre su pantalón. Esta vez, la mató de un solo golpe seco.
XX
Al entrar en el club, Ana se sintió recorrida por miradas de extrañeza.
Cecilia estaba de pie en el escenario, iluminado por una luz azulada. Las notas de su canción comenzaban a sonar, inundando el ambiente de una bella melancolía.
Sabiendo que la presencia de una mujer allí, en el espacio de los que observaban, no era lo habitual, Ana escogió una mesa desde que la que podía ver bien el escenario, y se sentó.
Cecilia se giró lentamente al dar comienzo la canción. Separadas por la luz azulada, sus miradas se encontraron.
Una observaba. Otra era observada.
-Hey, lady- comenzó, con aquella voz en la que se percibía una tristeza contenida- You, lady. Cursing at your life.
Eh, señora. Usted, señora. La que maldice su vida.
Se acercó al escenario nada más terminó la canción.
-Quiero contratarte- dijo, directa- ¿Cuánto por una hora?
Cecilia la miró durante un momento. Su mirada pasó sutilmente de la extrañeza a la curiosidad.
-No me acuesto con mujeres. Tengo una compañera que sí. Un momentito, voy por ella.
-No busco sexo.
La sensación de curiosidad de Cecilia aumentó.
-¿Entonces?
-Una hora. Quiero hablar contigo.
Lo pensó un momento antes de responder.
-Ok, salgo en media hora.
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