Prólogo

Enrique, de 43 años, sabía que estaba a punto de morir.

– ¿Se encuentra bien? – preguntó el conductor del cabify, Vicente, en la parte de delante. Sus ojos grises, parecidos a los de un sacerdote o un funcionario, le miraban desde el espejo retrovisor.

-Dese prisa- se limitó a responder, seco.

Sentía calor mezclado con humedad. No solo a causa de la temperatura, sino de la sangre que ya formaba un pequeño charco en el suelo del cabify, y bajo su asiento, haciendo que la ropa le pesara y se sintiera pegajosa.

El estómago le ardía. Allí era donde había impactado la bala.

A causa de una avería en el aire acondicionado, el coche llevaba las ventanas abiertas. Pero no corría ni una brisa de aire. Madrid pasaba a su lado como un testigo indiferente. Distinguió el cartel de Schweppes, con sus deslumbrantes neones.

Mientras se miraba la mano, roja a causa de la sangre, pensó en cómo había llegado hasta allí.

Todo empezó, según recordaba, con una mosca.

I

Eran las ocho de la mañana, y la temperatura ya pasaba de los veinte grados.

Una fila de coches atravesaba la castellana, inundándola a pitidos. Llevaban más de media hora sin apenas moverse.

El enfado de los conductores contrastaba con la blanca sonrisa de una mujer rubia que anunciaba la próxima apertura de un centro comercial.

Uno de los coches hizo sonar la bocina durante casi un minuto. Dentro estaba Enrique, que llegaba tarde al trabajo. Ajustó el espejo retrovisor, y observó su mirada malencarada, su barba de tres días y sus profundas entradas. Su piel morena y tostada por el sol.

Volvió a hacer sonar la bocina. Esa vez no fue un solo golpe prolongado, sino varios en un corto intervalo. A su sinfonía siguió la de otros conductores.

Daba igual, se dijo. No avanzaban. Pero distraía.

Una mosca que había entrado cuando aún llevaba las ventanas abiertas pasó zumbando cerca de su cara. La espantó de un manotazo, y el sonido se desplazó a su derecha.

Después, nada. También daba igual. Solo era una tregua.

En el asiento del copiloto, un móvil vibró. Mientras lo hacía, se desplazó suavemente sobre el asiento tapizado de cuero.

A Enrique le bastó ver el nombre para no cogerlo.

Cuando paró, se quedó solo con el sonido del aire acondicionado. Delante, una larga fila de coches que llegaba hasta la zona en obras. Todo el tráfico de la castellana se reducía a un único carril que provocaba el embotellamiento.

Se preguntó cómo sería si el mundo fuese igual que esa carretera. Si hubiese un filtro, un único carril de acceso. Pensó en todos los hijos de puta que no llegarían a entrar en él, y no pudo evitar sonreír.

Al ir a encender el GPS para consultar rutas alternativas, la vio.

En silencio e inmóvil sobre la pantalla táctil, estaba la mosca. Enrique supo que era su mejor oportunidad y, suavemente, abrió la guantera.

Dentro, un trapo de color amarillo. Lo agarró con dedos rápidos y nerviosos que un momento antes habían estado tamborileando sobre el volante.

Sintió una gota de sudor descender por su frente justo antes de asestar el golpe definitivo. La mosca, o más bien lo que quedaba de ella, quedó aplastada contra la pantalla en negro.

En silencio, la miró pudrirse.

II

En una comisaría cerca de Nuevos Ministerios, un ventilador giraba en un despacho de la segunda planta.

Enrique escribía un informe en el ordenador. La humedad acechaba ya bajo sus brazos, y en la zona del cuello. Su camisa, de color blanco, empezaba a absorberla.

Un sol de justicia entraba por la única ventana, con la persiana a medio bajar. Se abrió, agobiado, el cuello de la camisa.

Miró la hora. No eran aún las once.

El teléfono volvió a sonar, esta vez sobre la superficie de madera de la mesa. Enrique volvió a interrumpirse, sus dedos lejos del teclado.

-Que te calles ya- dijo al ver el mismo nombre de antes. Abrió el último cajón de su mesa, y metió el móvil dentro. La vibración se convirtió en un zumbido lejano, menos tangible.

Luego, calló.

-Oye, ¿tienes ya el informe del caso Antequera? – preguntó, desde la puerta, Carlos. Más joven, aún no llegaba a los cuarenta. Pese a ello, Enrique tenía la sospecha de que ascendería pronto.

Enrique levantó la vista de la pantalla para mirar a su compañero. Pelo marrón corto, cortado a cepillo. Como un soldado. Físico fornido, fruto de las horas que pasaba haciendo crossfit en un gimnasio de pijos.

-Estoy en ello.

-Pues date vida. Me lo piden para ya.

-Va, va. Por cierto, ayer le dieron bien por culo a los tuyos, ¿eh?

-Era de pretemporada. Ten ya eso, por favor.

Enrique no respondió. Escuchó como la suela de goma de los zapatos de Carlos resonaba en el suelo mientras se alejaba, produciendo un sonido desagradable.

Se echó hacia atrás en la silla, pasándose una mano por la frente. Terminó empapada en sudor.

El reloj acababa de dar las once. Fuera, las calles ya ardían y la propia pantalla se convertía en un generador de calor.

III

David salió a tirar la basura en camiseta y pantalón corto.

Frente a su casa, las cuatro torres de la zona norte se alzaban, majestuosas, como cuatro enormes piezas de ajedrez recortadas contra el cielo de la capital.

Al otro lado de la calle, con la castellana como frontera, se alzaba un Madrid muy diferente.

Un barrio antiguo, las ochocientas, de comercios pequeños, corralas de vecinos y mucha tradición. Anochecía, y las calles eran un mosaico de aires acondicionados y sonidos entremezclados de televisores.

David, delgado y con perilla, vestía camiseta y pantalón corto. Atravesó el parque para llegar a los cubos, y lo vio.

Primero era un punto rojo en medio de la noche. Luego reconoció el rostro pegado al cigarro que lo producía.

-Hola, David- dijo Enrique, apoyado contra su coche. Sonreía de forma tranquila, con un punto sarcástico.

El otro no respondió. Se acercó a los cubos, y arrojó la bolsa de basura.

– ¿Qué pasa, guapo, ya no me hablas?

– ¿Qué coño haces aquí? No es jueves.

-Anda, David, que he tenido un día muy jodido. Venía a ver si te quedaba algo en la bolsa de chuches.

El otro no respondió. Enrique arrojó el cigarro al suelo, y lo pisó. Observó las cenizas en el bordillo de la acera, y luego a su coche. Era un buen coche.

Se acordó de que pronto tendría que cambiarlo por uno eléctrico.

Alrededor de ambos, el barrio guardaba silencio. El mercado, principal centro de reunión, había cerrado hacía veinte minutos.

Los ecos de una tertulia nocturna en la terraza de un bar se escuchaban calle arriba. Tres pisos por encima de ellos, Enrique distinguió la figura de un jubilado sentado en un balcón, con un ventilador a sus pies.

Su figura era nítida gracias a la luz que llegaba del interior de la casa.

-Sube, anda- dijo finalmente David.

IV

Enrique sentía su cuerpo pegajoso. El calor ya no solo asomaba desde sus axilas y cuello, le abrazaba la espalda donde el respaldo del asiento había dejado una huella.

La ropa se le pegaba al cuerpo después de un día de trabajo. Encerrándolo. Casi asfixiándolo en un húmedo abrazo.

-Es increíble- comentó en voz alta mientras escuchaba el sonido del tráfico de la castellana filtrarse por la ventana abierta de la habitación donde estaban- Las once y pico de la noche, y aún hace este calor.

David levantó con cuidado el colchón de su cama. Bajo este, repartida en bolsas, había droga de distintos tipos y tamaños.

-Tú dirás.

Enrique se tomó su tiempo para elegir. Finalmente, señaló una bolsa donde se distinguía un polvo blanco como la nieve.

– ¿Cuánto?

-Dos tiritos. Ya me conoces.

David comenzó a cortar la droga, y luego sacó una balanza de un mueble para pesarla.

-Por cierto. Ha estado dándome por culo un tío toda la semana.

– ¿Y qué tal, te ha gustado?

-Algo del ayuntamiento. ¿Tú me lo podrías quitar de encima?

Enrique negó mientras sacaba la cartera.

-Munipas, seguratas, incluso picoletos. Ahí, lo que quieras. Pero no pico tan alto.

V

Enrique colocó la droga sobre el salpicadero del coche.

Usando su tarjeta de crédito, la dividió cuidadosamente en dos finas rayas blancas. Cuando acabó, se sacó del bolsillo la carcasa de un bolígrafo que se había entretenido desarmando en comisaría.

Esnifó con este ambas rayas.

Mientras se limpiaba la nariz, sintió el efecto recorrer su cuerpo. Seguía teniendo calor, pero se sentía más despierto, menos aplatanado. Como si hubiese recibido un manguerazo de agua fría.

Limpió bien el salpicadero, y se encontró con su mirada en el espejo retrovisor. Mientras ajustaba este, miró el edificio de enfrente.

El jubilado del ventilador aún seguía allí. Pero no fue lo único que le llamó la atención.

Si las torres al otro lado de la castellana parecían piezas de ajedrez, las ventanas de las casas en el barrio parecían el tablero.

Recuadros en blanco, con habitaciones iluminadas o luces más débiles de televisores, se combinaban con otras en negro en una proporción que, en barrios de vecinos como aquel, solía ser medianamente proporcionada a esas horas.

Allí, sin embargo, había una presencia inusual de puntos negros.

Intentó recordar desde cuándo había sido así, pero entonces terminó de colocar el espejo retrovisor y pensó en el trayecto que le separaba de casa. La droga, se dijo, hacía correr el cerebro cuando era el coche lo que debía correr.

Arrancó el motor. El asfalto aún ardía.

VI

Mientras sacaba las llaves de su apartamento, Enrique escuchó una música a todo volumen que venía del piso de arriba.

Junto a la puerta de su casa, aún lucía el grafiti del que se había quejado la vecina al administrador, sin éxito.

Metió las llaves en la cerradura, y abrió. Lo primero que vio fueron unos pies pequeños de mujer, en sandalias. Las uñas pintadas de color fucsia.

Intentó recordar si esa mañana las llevaba ya así, pero el olor a pintura fresca se adelantó a sus recuerdos.

– ¿Se puede saber dónde te metes? – preguntó Ana, su novia. Llevaba el pelo rojo recogido en un moño y llevaba puesto un vestido de verano- Llevo todo el día llamándote. ¿Para qué te llevas el móvil?

-Ya estoy aquí- se limitó a decir Enrique mientras cerraba la puerta y dejaba en la encimera las cartas que encontró en el buzón.

Nada importante. Solo facturas.

-¿Qué ha pasado esta vez?

-La lavadora no va.

-Oye, Ana- dijo un hombre rubio, con aspecto de bohemio, barba fina y el cabello recogido en una coleta que llegó en ese momento por el pasillo, terminando de ponerse una camiseta- Me voy ya.

El hombre se quedó quieto y en silencio al ver a Enrique.

-Y este, ¿quién es? – preguntó- ¿El técnico?

-Es Alejandro- respondió ella sin bajar la mirada- Un compañero de escritura creativa.

-Ah, es verdad. Que te habías apuntado a eso.

-Pues sí. Hago cosas.

Alejandro, que no sabía dónde meterse, intervino por primera vez.

-Mira, no quiero problemas. No sabía que Ana ya tenía…

-Tranquilo, hombre. Tú tranquilo. Ponte cómodo, estás en tu casa. ¿Quieres una cerveza?

-Enrique- intervino Ana cuando este le puso una mano en el hombro a Alejandro. La incomodidad del aspirante a escritor aumentaba a cada segundo.

-Pero si solo estamos hablando. Como adultos. Y ahora, vosotros os vais a poner cómodos y yo voy a arreglar la lavadora.

Sin más, se alejó por el pasillo.

-Tía, Ana, tenías que haberme dicho que…- empezó Alejandro, pero ella ya no le prestaba atención. Solo lo había hecho cuando Enrique estaba delante.

Este regresó.

-Y ahora, vamos a ver qué le pasa a la lavadora- dijo, y Alejandro se quedó petrificado al ver el martillo que llevaba en la mano.

Sin añadir nada más, comenzó a darle golpes al cuadro de mandos de esta. Alejandro retrocedió hasta dar con una pared e incluso Ana guardó un tenso silencio.

Enrique destrozó a golpes el cristal, y provocó que el botón de «inicio´´ se desprendiera y cayera al suelo. Dio un último golpe en la encimera de la cocina, rompiendo un pedazo de la esquina de esta.

Cuando acabó, dejó caer el martillo sobre la encimera.

-Voy a llamar a la policía- gritó la vecina desde el apartamento de al lado- ¡Voy a llamar a la policía!

-La policía soy yo, señora, cállese- intervino Enrique en el mismo tono de voz.

Le mantuvo la mirada a Ana una última vez, y cogió las llaves para volver a salir del apartamento.

-Y ahora, ¿dónde coño vas?

-A tomar por el culo.

Sin más, salió dando un portazo.

Mientras circulaba en coche por las calles sin un rumbo fijo, Enrique observó su mirada en el espejo retrovisor. Tenía las pupilas más dilatadas por efecto de la droga.

Seguía haciendo calor, pero había belleza en lo solitaria que se veía la ciudad a esa hora, en ese mes.

Pasó cerca de la Cibeles, cuya mirada tenía algo fantasmagórico por efecto de la iluminación.

Siguió avanzando. No importaba a dónde.

VII

Cecilia fumaba, la mirada pendiente de una bombilla instalada en la pared. Esta se encendió, indicando que ya era su turno.

Dejó caer el cigarro, y lo apagó con el tacón de uno de sus zapatos.

La cortina se retiró, mostrando el escenario al otro lado. Al mismo tiempo, la música subió, creando un efecto hipnótico.

Su tono era bello y triste a la vez. Cecilia comenzó a cantar «Never been to me´´, de Charlene, en su versión original en inglés.

La voz no era perfecta. Pero sí emocional, con un punto de desesperanza.

Al otro lado del escenario, los clientes del club escuchaban entre cigarros y cubatas a medio consumir.

La luz era tenue, con un brillo apagado en la zona de la barra. De fondo, el rostro de una mujer hecho de pequeños puntos negros y recortado contra un fondo blanco.

Sentado solo frente al escenario, Enrique escuchaba. En su vaso casi vacío, se fundían lentamente los hielos de su cubata. Cerca, unas prostitutas murmuraban entre risas mientras le miraban, sin llegar a romper la atmósfera general.

-I´ve been to Paradise- remataba Cecilia sobre el escenario- But I´ve never been to me.

Estuve en el paraíso. Pero nunca estuve en mí.

Prolongó la voz en el final de la canción, con una nota musical que permaneció flotando en el ambiente como un hechizo.

La iluminación subió un punto. Aplausos. Como un sueño que terminaba.

Enrique escuchó el final con un punto de emoción en la mirada.

Cecilia, morena de piel, llevaba un vestido azul, el mismo color del que había teñido su pelo. Bajó del escenario y, a pesar de que algunos clientes reclamaron su atención, se dirigió hacia el policía con una leve sonrisa.

-¿Qué hay, guapo? – preguntó, con un fuerte acento mexicano- Dame un momentito y estoy contigo, ¿sí?

Enrique asintió mientras vaciaba lo poco que quedaba de su bebida.

VIII

El aire acondicionado sonaba en el silencio de una habitación de hotel.

Tumbados sobre la cama, Enrique y Cecilia compartían un cigarro desnudos.

Mientras él fumaba, la prostituta recogió el dinero que había sobre la mesita.

-En cuanto tenga más dinerito- dijo, contándolo- Puede que me vuelva a México.

-Creía que te gustaba Madrid.

-Sí, pero México…lo extraño demasiado.

– ¿De qué se reían las del club? – preguntó Enrique, haciendo que ella le mirara extrañada- Tus compañeras. A veces me miran y se ríen.

Cecilia cogió el cigarro de su mano, y se lo llevó a la boca.

– ¿Eso te molestó?

-Depende de por qué lo hagan.

-Creo que es por el nombre que te puse. La petite mort.

-Eso, ¿qué es, francés?

-Es como le dicen los franceses al orgasmo, la petite mort. La pequeña muerte. Supongo que les pareció chistoso.

Enrique se fijó en el bolso de Cecilia, del que sobresalía un libro con marcapáginas. Enrique lo sacó y leyó el título: Pedro Páramo, de Juan Rulfo.

-Francés, libros… ¿qué eres, una intelectual ahora?

-Está padre. O guay, como dicen acá. Trata sobre un hombre atrapado en una ciudad de fantasmas.

Pensativo y en silencio, Enrique miró el libro antes de devolverlo al bolso.

-A mi novia ahora le ha dado por eso de la escritura creativa. Yo es que nunca he entendido qué tiene de especial juntar letras.

Cecilia se recostó a su lado, y le puso el cigarro en la boca. Se quedó así, observándole.

-¿Un mal día, guapo?

-Cuando tengo días como hoy- empezó Enrique- Siempre me acaba apeteciendo chile.

Ella no dijo nada. Sonrió, enigmática.

-Cuando quieras, el restaurante está abierto. Pero lleva cuidado. El chile es muy picante.

Se levantó. El policía la observó mientras iba a darse una ducha.

-No te vayas a enganchar.

Enrique siguió fumando mientras escuchaba el aire acondicionado.

IX

Las ocho de la mañana. Enrique entró en comisaria con la nuca tostada por el calor. Se echó agua de un dispensador en un vaso de plástico.

Ya en su despacho, volvió a encender el ventilador.

– ¿Dónde estabas? – le preguntó Carlos nada más entró por la puerta. Llevaba una carpeta en la mano.

-Con tu mujer, ¿dónde voy a estar?

-Tenemos un caso- dijo Carlos, y sacó una foto de la carpeta. Al verla, su compañero guardó silencio.

David, el camello, aparecía muerto en el parque de su barrio. Le habían apuñalado en el corazón.

-¿Quién es? – preguntó tras una pausa.

-David Blanco, un camello de barrio. Apareció así esta mañana.

– ¿Ajuste de cuentas? – preguntó Enrique, devolviendo la foto a Carlos.

-Lo más probable. Hay que interrogar a los vecinos. Y a su novia. Fue quien lo encontró. Vamos, que toca mover el culo.

-Pero, ¿por qué nos lo dan a nosotros? No tiene mucho interés. Quiero decir que está claro que lo han matado por un tema de drogas.

-A eso iba. Según la novia, tenía un cuaderno donde apuntaba datos de todos a los que vendía.

Enrique volvió a guardar silencio.

-Bueno, ¿y qué?

-Pues que ha desaparecido. Justo cuando lo matan.

Silencio. Las palas del ventilador seguían girando.

-Bueno, y lo interesante de eso, ¿qué es? ¿Pillar a yonkis de barrio?

-Este camello apuntaba más arriba. Quería expandirse. Podemos acabar pillando a alguien más gordo.

-Sí, al rey emérito, no te jode.

-Venga, te llevo en mi coche. Nos vemos abajo.

Carlos salió, dejando solo a Enrique con el sonido del ventilador. Arrugó el vaso, ya vacío, y lo tiró a la papelera antes de salir.

X

El vehículo aparcó frente a una de las casas del barrio de las ochocientas.

-Vaya nivel- comentó Enrique al bajarse- Coche nuevo.

Carlos y él avanzaron en dirección a un portal. El barrio estaba tranquilo a excepción del sonido de una pelota y unos niños jugando al final de la calle. Dos pisos por encima de los policías, una vecina tendía la ropa.

Pasaron junto a un pequeño jardín recién regado, sintiendo una pasajera sensación de frescor.

-Gracias- dijo Belén, una mujer de mediana edad muy bien vestida a la que le sujetaron la puerta, dejando que saliera con un carrito de bebé. Enrique la miró mientras se alejaba.

-Déjame llevar el interrogatorio a mí- dijo Carlos mientras subían por la escalera. En la puerta del ascensor podía leerse un cartel de «averiado´´.

Enrique no protestó. Siguieron subiendo, escuchando el sonido de sus pasos en los escalones. El portal estaba impregnado de olor a comida.

A Enrique le pareció pasta.

– ¿Te has fijado en la tía esa? La del carrito.

– ¿Qué pasa con ella?

-Pues que parecía un catálogo andante del Mango. ¿No le viste la ropa?

-Es aquí- dijo Carlos cuando llegaron al tercer piso. Se acercaron a una puerta y tocaron el timbre.

-No sé- comentó Enrique mientras esperaban- No pegaba con el barrio.

-No me he fijado.

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